domingo, 30 de junio de 2019

Nº 98. A PÁRRAFO POR ESTACIÓN

Llega el verano. No el del shakesperiano sueño de una de sus noches. Hace calor. Vaya, vaya, aquí sí hay playa. Mueve tus caderas también cuando algo vaya mal. No soy yo, eres tú. La belleza está en el exterior. El roce deshace el cariño. Nuevas glorias llegando. Viejas glorias marchando. A vivir que son dos días…. qué el mundo se va a acabar. Hoy te quiero más que ayer y mañana, a saber. El fuego quema o purifica en ritos ancestrales reconvertidos por el poder. El orgullo del orgullo. La orfandad desolada del vello de punta, ante la globalización del laser depilatorio. El hastío se asfixia en el estío. El aire engullendo sal con agua y arena.
Llega el otoño. Pero no el que alcanzó al patriarca Aureliano Buendía. La hora se cambia a deshora. Las castañas en batalla contra las calabazas. La vanguardia turronera luciendo palmito en hiper y mercados. Inicio de las rutinas tras su abandono ficticio .La ventolera interna emergente, el silencio externo batiéndose en retirada. Irse de puente en los puentes, tautología viajera. Nuevas glorias llegando. Viejas glorias marchando. La noche asilada en la tarde. El desamor rancio engordando las cifras de la morgue .El día de abril que va a llegar a los finales de noviembre .La niebla empañando los ojos. Lo caduco se deshoja.
Llega el invierno. No solo en Lisboa. Sábanas de franela, extendidas con ilusión, arrastradas con pasión. El gordo navideño cada vez más famélico. El fin del fin para volver a empezar. Control digitalizado envuelto en papel de regalo en la noche monárquica. La paz, paloma cubierta con un sangriento sudario. Trajín carnavalero con sabor a lentejuela .Nuevas glorias llegando. Viejas glorias marchando. El clima, uniformado y radical. Anticipo ansioso de la próxima estación en el tajo británico.
Llega la primavera. No la palaciega de las sonatas del marqués de Bradomín. Las agujas del reloj ahítas de tanto pa’ lante y pa’ tras. La revoltura existencial, a lomos de los alisios. El duelo, disuelto en la muerte y resurrección; o en efímeras estancias en puertos y aeropuertos. La luz brillante paridora del naranja púrpura crepuscular. El libro de fiesta en la Feria. El enrale asomando, primero, el hocico; después, el cuerpo entero. Nuevas glorias llegando. Viejas glorias marchando. Versátiles siluetas de futuribles huellas, perennes o pasajeras. Y de fondo, en cada momento, la banda sonora de cada cual. Buena semana.



domingo, 23 de junio de 2019

Nº 97.ELECCIÓN SOSTENIBLE


Aquella familia tomó posesión en la playa recién concluida la siesta. Desplegaba toallas sobre las que esperar la despedida del sol, los fuegos artificiales y compartir el ritual, que en su entorno era ancestral y con el que, metafóricamente, soltaba el lastre para continuar el viaje de la vida.
Los mayores recordaban cómo aprovechaban esta fiesta, tiempo atrás, para quemar los muebles y trastos a los que ya no les era posible prorrogar la existencia. Compartieron que era tradición mirarse en una palangana con agua para confirmar, si el agua no estuviera turbia, un año mas de vida; así como que las chicas saltaran el fuego para encontrar novio con el que casarse ; e incluso poner tres papas debajo de la cama (una pelada, otra a medio pelar y otra sin pelar ) para adivinar cuán próspera iba a ser el porvenir. ¡Eran tiempos donde la vida se vestía de fragilidad, la manutención femenina pasaba por un buen casamiento y la prosperidad escaseaba! Después, con el pasar de los años, empezó el espectáculo y las aglomeraciones costeras. Y a partir de un momento, engullido por la voracidad de la historia, se desbordó la celebración, reinando el despiste en relación al significado del encuentro festivo: la versión más aceptada era la que unía el nacimiento de San Juan Bautista con el solsticio de verano y por ende, con la noche más corta; dentro del contexto del cambio de calendario, por el que el juliano trocó en gregoriano; por eso, al principio de nuestra era y antes de que se aplicara una corrección, el solsticio de verano podía caer en el 23, 24, o incluso el 25 de junio.
Uno de los peques preguntó por esa palabra tan rara de pronunciar, SOLSTICIO. Y fue una joven del grupo quien le explicó que el solsticio de verano ocurre cuando el Sol, visto desde la Tierra, alcanza su máxima declinación Norte (+23º 27’) y su altura extrema a mediodía apenas cambia durante varias jornadas; solsticio significa SOL QUIETO; es el momento en el que empieza el verano en el hemisferio norte y el invierno en el hemisferio sur. 
También hubo quien recordó cuando se puso de moda tirar objetos y comidas al mar para abandonar el pasado pesado y propiciar un futuro venturoso. ¡Qué facilidad tenemos los seres humanos para dejar nuestro destino en manos de ajenas! - concluía. A lo que apostilló la voz de la socarronería ¡Será en las del personal de basura! 
La familia asistió a la exhibición pirotécnica, que brillaba en el cielo, mar adentro; fue, como era habitual, espectacular; pero por primera vez, silenciosa, en deferencia a las mascotas del lugar; los mayores se bañaron en la orilla, los jóvenes tiraron para el concierto, la chiquillería jugaba. Después, las distintas generaciones, se fueron sin dejar en el espacio que ocuparon ningún añadido a lo que encontraron a su llegada. Bien al contrario, depositaron en la papelera alguna colilla y otros objetos sedentarios no identificados abandonados; restos como rémoras.
Hubo quien se marchó con mas ligereza, hubo quien cargó con su pesadez, cuestión, en ambos casos, de elección. Y cada cual siguió construyendo su vida con los materiales de su elección, depositando sus escombros, también de su elección, en los puntos limpios habilitados para tal efecto. Si era esa su elección. Buena semana.

domingo, 16 de junio de 2019

Nº 96. TODO PUEDE PASAR


El pequeño rasgó el sobre sorpresa con la ilusión maquillándole el rostro. La expectación se aderezaba con gotitas alegres de saliva y una risa nerviosa, chasquido de lengua incluido. No podía cerrar la boca, ni dejar de emitir sonidos estridentes .Los ojos buscaban otra frontera allende las órbitas, El olor a lavanda perfumaba el momento. Las manos, pequeñas y expectantes, se apresuraban a desvestir el regalo sin otra brújula que la curiosidad. Escuchaba su corazón latir. Era domingo. Hacía sol. Era un momento feliz. 
El recuerdo se le pegó por dentro y durante décadas erró el rumbo y se perdió.
De adulto construyó una vida de rutinas marcadas, exclusivamente, por el deber, que le pintó arrugas entristecidas en el ceño. El estatus que saboreaba alejó la lluvia fresca de su boca y la volvió páramo extenso, amargo y silencioso. Los párpados fueron cayendo, cada vez más pesados y le costaba tanto mirar que terminó por no querer ver lo que tenía delante. Envuelto en un aire contaminado desarrolló alergias variopintas que le hacían temer el cambio, en general y el de estación, en particular.. Las manos se especializaron en firmar documentos importantes que engordaban su patrimonio. Asistía a la ópera como parte de su aséptica y poco escéptica vida social pero no logró sentirse atrapado por la pasión que se desbordaba en el escenario. El sístole y el diástole de su corazón le producían indiferencia ya fuera lunes o domingo. Se vivía en una eterna y asfixiante panza de burro.
Y cuando su vida parecía la estricta regla confirmada por la excepción el recuerdo encontró la salida del laberinto del dolor. Y él se halló. Y disfrutó con avidez de la ilusión, la risa, las pupilas despiertas, el olor a lavanda y la sorpresa de un cuerpo femenino que desvestía sin otra brújula que la curiosidad. Atesoró latidos, propios y ajenos; atesoró domingos soleados; atesoró momentos felices sabedor de que en la vida todo puede pasar. Y pasa.Buena semana.


domingo, 9 de junio de 2019

Nº 95 .HUBO UN MOMENTO




Hubo un momento donde el pasado se desvaneció y su recuerdo dejó de acudir a la llamada de cuanta persona lo convocara. El ayer era reinterpretado constantemente merced a la evocación azarosa.
En la ciudad reinaba la confusión, en el campo también, pero sin tanta ansiedad.
Las autoridades se vieron afectadas por la amnesia selectiva y díscola. En poco tiempo se deshizo la legalidad y la legitimidad del poder; su ejercicio y acatamiento fueron a varar a las costas del sinsentido. En el gobierno se discutía, alimentando bucles dialécticos hasta el más mortal sobrepeso mental. Nadie comprendía nada; nadie comprendía a nadie; nadie se comprendía.
Se borró toda huella pretérita. En el imperio de la desconfianza individual y colectiva se asumió internamente que solo era válido el presente. Toda verdad quedó atrincherada en los ángulos obtusos del aquí y ahora que paradójicamente se hicieron eternos. Se repitió lo semejante hasta la saciedad. La gramática del miedo desterró lo alternativo e instauró lo inamovible como oficialidad.
Lo posible era tan intenso que nadie pensaba en lo imposible.
Cada fin de jornada era solo un paréntesis cuyo despedida reiniciaba la jornada anterior, idéntica y perenne.
De la memoria, nadie se acordaba Buena semana.

domingo, 2 de junio de 2019

Nº 94. ADICCIÓN LITERARIA



Él leía mucho. Tanto que a veces no sabía si lo que recordaba era algo vivido en el pasado o la recreación de la lectura, presente o pretérita. Cuando se percató de esta confusión se sintió asustado. Se imaginaba perdiendo la razón trocado en un Quijote luchando contra molinos no sostenibles o atrapado en algún delirio semejante. Curiosamente, en esta recreación en el extravío no estaba acompañado por ningún Sancho Panza, grueso u oblongo.
Él se dijo que tenía que poner remedio a esa amenaza en ciernes, algo así como poner la tirita antes de la herida. Por esto se impuso un horario de lectura fuera del cuál padecía un síndrome de abstinencia tan brutal que se experimentaba viviendo en delegación, testaferro de sí mismo.
Él confió a su entorno el alcance de su adicción y el compromiso con su recuperación. La familia y la gente allegada se apresuraron a apoyar su empeño y diseñaron un plan de salidas compulsivas que le dejaban agotado y con calambres en los pies y con ganas de estar solo y en silencio un rato. Incluso los hijos adolescentes le sometieron a un tercer grado de series imprescindibles en las plataformas digitales, en constante compañía, donde el ritmo era marcado por las temporadas paridoras de cinco a ocho capítulos por camadas. Y realmente estaban tan bien hechas que se le pasaban las horas con el interés cosido a películas alargadas hasta la extenuación donde lo erótico y lo tanático vestían los ropajes de las leyendas, atávicas o futuristas. Se quedaba sin palabras pues el ritmo frenético no daba tiempo a la reflexión pausada.
Él tenía prohibido realizar prácticas de riesgo. Debía evitar caer en la tentación. Así que huyó de las calles en las que habitaban las librerías, auténticos santuarios hacia los que peregrinaba semana sí y semana también, aunque solo fuera por el placer de deslizar su mirada por las portadas recién nacidas. Se alejó, también, del libro electrónico y canceló la cita concertada en su anterior rutina en ese espacio que tanto saboreaba al caer la tarde y que reservaba para el texto que le atrapara de forma especial.
Él, gracias a su constancia, afortunadamente, no cayó en la locura. Aunque sabía que debería estar alerta de por vida, se podía considerar como una persona cuerda. Solo leía los prospectos de los ansiolíticos, analgésicos y antihistamínicos que le acompañaban en las dolencias y alergias que al tiempo brotaron en su nueva vida y que él achacaba a la edad; realmente su lectura le resultaba desagradable, prueba fehaciente de que el riesgo de la recaída era prácticamente nulo.
Él, años después de la extirpación del tumor literario, se despertó aquella mañana, desorientado, no sabiendo si estaba en la primera o última temporada de la serie en la que, a pesar de los títulos de crédito, no se reconocía como protagonista. Buena semana.


domingo, 26 de mayo de 2019

Nº 93.DIEZ CENTÍMETROS DE DISTANCIA.


Ella abrochó con eficacia el cinturón de seguridad según se acomodó en el asiento del avión,  en  el que permanecería las próximas tres horas. A su izquierda,  quedaba la ventanilla. A su derecha,  se sentó un hombre de mediana edad, tez morena y con un portátil que, desde que concluyera el despegue, acaparó  toda la atención de su propietario.
Ella supuso que su compañero de viaje tendría un trabajo ejecutivo de cierto calado a juzgar por la seriedad con la que tecleaba de continuo en el folio virtual que pronto dejó de ser inmaculado.
Ella saludó empleando   las palabras  de rigor que se resumían en el vocablo cordial, cuando se produjo el fugaz contacto visual. Después, el  total desconocimiento de alguien con el que compartiría  el espacio en un trayecto vital, en este caso fortuito, codo con codo.
Ella se quedó rumiando la paradoja que igualaba cercanía y lejanía en la mayor parte de las relaciones humanas haciendo trizas la tríada temporal: pasado, presente y futuro.
Ella pensó en aquellos momentos en los que los recuerdos trocaban en  restos desenterrados  por la arqueología emocional y lucían lustrosos en las vitrinas que el corazón ofrecía y en las que quedaba atrapado. En estas ocasiones, lo cotidiano  no llegaba ni siquiera a silueta y la vida era una eterna involución a ninguna parte.
Ella también recuperó aquellas situaciones en las que el devenir plantaba banderas y estandartes como señuelo que perseguir, en una carrera perpetua cuya meta siempre quedaba tras la próxima curva.
Ella regresando al presente se dijo que era un prodigio que nuestra mente y nuestro corazón ocuparan el espacio actual, cual tronco robusto, agradecido a las raíces que llegaron del pasado para vitalizar el ahora; cual tallo firme, sostén de  las ramas, flores y frutos del porvenir. Sin más. Lo sencillo se había vuelto complejo.
Ella comprendió que en la segunda decena del segundo milenio,  las prisas apresaban. Las sensaciones ocupaban el lugar del sentido, la acción el de la reflexión y lo efímero, reinando  en las procelosas aguas de  la incertidumbre, devoraba sin digerir.
Ella, a punto de aterrizar en su destino, contempló los diez centímetros de distancia que le separaban del ocupante contiguo y sonrió pensando que la cercanía y la lejanía  no eran cuestiones exclusivamente matemáticas. Buena semana.



domingo, 19 de mayo de 2019

Nº 92. DISFRUTE


Él entró en la cafetería aquella tarde en la que el sol se resistía a despedirse del día, con rayos pero sin truenos. Hacía calor. Se sentó junto a la ventana y pidió una cerveza fría cuyo primer trago le dejó un efímero y encanecido bigote que se deshizo ante la potencia del ventilador que refrescaba el ambiente a diestro y siniestro.
Él había recibido una propuesta de trabajo, largamente anhelada. Estaba contento pero la lengua y el paladar se atoraban con el sabor agridulce del caos que le habitaba, contradictorio,como si de una mermelada de naranja amarga se tratara.
Él reflexionó y concluyó que abrir y cerrar, comenzar y acabar, dar la bienvenida y despedir, eran las dos caras de una misma moneda: una, el pasado o el futuro de la otra; y ambas, el presente desinquieto , cuyo asiento era solo apariencia.
Él contempló, a través de la cristalera, la amplia rotonda alrededor de la cuál giraban vehículos de toda clase. Observó que, una vez incorporados al lugar, cada uno iba a desaparecer por alguna de las cinco salidas posibles; era cuestión de decidir : había quien lo hiciera a la primera; había quien necesitara dar otra vuelta antes de encontrar la salida deseada; había, incluso, quien tomara un rumbo, recalando , minutos después, nuevamente, en el punto de encuentro redondo, de decoración austera y enigmática y trocara su rumbo. Pero ninguno permanecía por mucho tiempo. Transitaban. Era un lugar de paso.
Él terminó la cerveza, un poco menos fresca que al inicio y sin la  volátil espuma que rebosara el vaso . Pagó la cuenta. Recogió sus atarecos y al rodar la silla se fijó en un cartel en la pared, escrito a mano, en mayúsculas y con la tilde puesta .De forma sencilla sugería una posibilidad de estar en aquel rincón de la cafetería, desde el que se observaba una encrucijada con muchas salidas, en una tarde cálida, donde el sol quería mantener su residencia.
Él sonrió. Salió del local dispuesto a acceder a la inminente rotonda vital por la que conducirse. La salida por la que optara vendría indicada por la señal de tráfico que reprodujera el cartel que le hizo un guiño, desde la pared de la cafetería, minutos antes, a saber, DISFRUTE SU PASO POR AQUÍ. Y lúcido, eso hizo. Buena semana


domingo, 12 de mayo de 2019

Nº 91. ¿MAMÁ?

Ella no era mujer de exclamación fácil. Tiraba más hacia la interrogación. Desde que podía recordar su mente andaba rondando un acertijo por desvelar.
Ella había aprendido mucho a base de habitar el enigma. Pero cada verdad a la que arribara desplegaba ante su mirada una cartografía de cuestiones por resolver y allí se encontraba, otra vez, cuál Sísifo en versión femenina u ordenador díscolo,en versión femenina también, reiniciando la tarea.
Ella comprendía la vida como interpelación, consciente de todo lo que ignoraba , sabedora de que se convertiría en polvo de estrellas, sin apenas adquirir un conocimiento de andar por casa . Pero lejos de sentir impotencia, experimentaba un estado de curiosidad genuina que la llevaba de la Ceca a la Meca y así, con estos andares dejaba su huella allá donde la causalidad o la casualidad tuviera a bien encaminarla.
Ella, en su ambular despierto, transitaba también momentos en los que sentía estar caminando por el filo de la navaja y en varias ocasiones concluyó el trayecto con alguna cicatriz y unos cuantos rasguños que desde entonces le recordaban que no siempre la línea recta era el camino apropiado y que las estalactitas florecen en el corazón en todas las estaciones.
Ella, novelera por vocación, estudiaba la construcción histórica en la que el inicio de una Edad suponía la aparente aniquilación de la anterior. Pronto entendió que existían dos maneras , que corrían parejas, de contar lo acontecido; una, evidente, en el lado de la claridad oficial y otra, latente, en la oscuridad de la derrota. Interpretaciones antagónicas que se alimentaban paulatinamente, a fuego lento, hasta que se superponían, aflorando lo desterrado. Era cuestión de tiempo macerado en inteligencia y dignidad.
Ella se reconocía híbrida, ciudadana del mundo. No le importaba el tanto por ciento que correspondiera a cada pueblo que la configuraba. Pero sí honraba a las diferentes culturas (las conocidas y las intuidas) con las que, con el correr de los años, establecía cada vez más, una peculiar isomorfía.
Ella entendía lo universal desde lo local. Dentro de sí se emocionaba con las letras trocadas en vocablos que venían a dar en gritos atávicos, estableciendo una línea fija discontinua, desde el origen de la humanidad hasta su momento presente. Resonaba especialmente el felizmente rescatado Hai tu datana con el que sus antepasados se encomendaban a los ancestros, antes de iniciar la batalla y se preguntaba, maravillada, por la fuerza de las palabras.
Ella agradecía la existencia de quienes le precedieron .Y lo manifestaba en acciones que fue convirtiendo en deliciosas rutinas. Por esto había reservado una habitación cinco estrellas, en el latir de su corazón, destinada al acomodo exclusivo de un signo y un término bisílabo ¿mamá?
Ella, tras la despedida de su progenitora, grito desgarrador incluido, había establecido un ritual entrañable y sencillo en el que se encomendada a su madre cuando su vida llegaba a un punto y aparte y se imponía iniciar otro párrafo. Bastaba con estar en silencio, tocar con la punta de la lengua el paladar superior, respirar por la nariz y aceptando que adentro están quienes ya no están, dibujar la sílaba repetida entre el comienzo y final de la interrogación. Luego solo restaba escuchar. Mamá siempre respondía. Buena semana.





domingo, 5 de mayo de 2019

Nº 90. MOMENTO FILIBUSTERO



Él sentía la sangre agolparse en sus mejillas. Estaba enfadado. No quería hablar ni que le hablaran. Deseaba pegar puñetazos y patadas a diestro y siniestro. Estaba harto. En vano intentó  relajar la mandíbula postiza, otrora portadora de  una generosa sonrisa. Y por mucho que se empeñara tropezaba con la rigidez como férreo coselete que mantenía los dientes apretados y sellados a cal y canto. La saliva se volvió agria. Percibía el aroma patibulario de su propia carne  quemada en el combate que libraba contra sí mismo .Y en sus oídos retumbaba una y otra vez el ancestral grito de guerra: Datana.
Él miró a su alrededor y contempló el paisaje exterior que no sintonizaba con el de su interior. La vida, que  veía pasar, transcurría por los cauces habituales; el cielo alternaba sol y panza de burro siguiendo los dictados de los alisios. Fuera, habitaba el orden. Dentro, reinaba el caos.
Él  recordó  cómo empezó el derrumbe esta vez. Tenía la certeza de cuál  era la constante en su existencia  y así lo asumía: vivir  una época en la que su vida era una sólida  montaña hasta que trocara  en duna merced a la acción conjunta del tiempo y de los avatares azarosos o no. Tenía experiencia. Era un perito en al arte de resignificarse y en el del bosquejo de nuevas siluetas arenosas.
Él se echó a correr pero al poco  caminó con la ligereza que le permitieron sus piernas. Había aprendido que en  momentos de rabia sentir el suelo bajo los pies  era un buen remedio. Sin mirar atrás. Hasta que se permitió la serenidad.
Él aminoró su paso. Respiró. Primero con dificultad. Después con suavidad. Y lloró. Se volvió manantial salado. Y en su corazón, nuevamente,  acudieron las historias de sus héroes infantiles que leía y releía de pequeño y  le hacían vivir  mundos de colores inimaginables. Recordó también aquel libro de nombre exótico, Aitu Catana, que  trajera a casa, su hermano mayor cierto día invernal  y desde el que se asomaban piratas de finales del siglo XVI empeñados en asaltar un codiciado archipiélago atlántico.
Él comprendió que su corazón se rebelaba contra la ilusión perdida porque una vez más se  había  despistado en el diseño de la huella que cincelara cada minuto, y no había hecho inventario de  las arrugas en las comisuras de los labios olvidando regarlas  con la risa.
Él supo que era el momento de recuperar su traje de filibustero y partir rumbo al abordaje de lo porvenir, sabedor de  que  siempre era el momento adecuado si se vivía adecuadamente.
Él tenía 80 años y quería vivir. Buena semana.



domingo, 28 de abril de 2019

Nº 89. SU PRIMERA VEZ


Ella recibió varias cartas en las semanas previas a los comicios.
Ella terminó el almuerzo dominical tomando de postre una pera ercolina. Le gustaba saborear esta fruta que le recordaba la fiesta de San Juan; llegaba entonces la época en la que el mercado local brindaba a la vecindad un jugoso surtido del manjar veraniego.
Ella leyó la propaganda electoral que llegó a sus manos, comparó los diversos programas, presenció los debates televisivos, buscó la certeza, dudó y decidió.
Ella se encontró ante la mesa electoral después de recorrer los entresijos de la cabina en la que papeletas de variada condición desplegaban todos sus encantos seductores.
Ella votó. Era 2019. Era una señora porque era mayor de edad. En su gesto, a la hora de depositar los sobres en las urnas, su corazón y su mente, agradecieron, especialmente a Clara Campoamor, que, un siglo atrás, en 1931 conquistara ,con inteligencia, el derecho del que disfrutaba una centuria después.
Ella se sintió valiosa. Comprendió que tenía algo que decir en la construcción de un mundo mejor.
Ella salió del colegio electoral oyendo regaeton de Ida Susal cantado por Julia Botanz.
Ella tenía diecinueve años. Fue su primera vez. Buena semana.


domingo, 21 de abril de 2019

Nº 88 ETERNO RETORNO


Él puso el tiempo, se bajó del piso, secó el bajel y terminó el saco.
Él puso el saco, se bajó del tiempo, secó el piso y terminó el bajel.
Él puso el bajel, se bajó del saco, secó el tiempo y terminó el piso.
Él  puso el piso,   se bajó del bajel,  secó el saco y  terminó el tiempo.
Buena semana.



domingo, 14 de abril de 2019

Nº 85 PALABRAS COSQUILLAS


Nº 85 PALABRAS COSQUILLAS
Ella contempló los prismáticos en el escaparate recordando que de pequeña le hacía gracia la palabra. Al oírla se imaginaba una colección de prismas con asma, aún cuando no tenía muy claro lo que fuera un prisma ni lo que fuera el asma. Al escucharla por primera vez no sabía leer. Lo de imaginar vino después de sentir las cosquillas en el paladar al pronunciar las tres sílabas de corrido. Tal vez el ser esdrújula contribuyó a hacerla sonreír en aquella ocasión. Tal vez porque fue en primavera. 
Ella con la mirada fija en el objeto expuesto, lo nombró en voz alta, en medio del gentío propio de la hora punta urbana; y sus labios dibujaron una ligera mueca ascendente que se reflejó en la luna del escaparate del que se ausentó el rostro.
Ella siguió su camino, mirando a lo lejos, con el empeño de pronunciar cada día las palabras cosquillas que le hacían brotar la risa antes de imaginar la vida. A lo largo de los años había hecho acopio de ese valioso tesoro que le posibilitaba su uso sin que sufriera merma alguna. Y así tiró pa’ lante, palabra a palabra, paso a paso precedidos de las cosquillas . Buena semana

domingo, 7 de abril de 2019

Nº 84. DE VEZ EN VEZ

Él removió el vaso ancho donde un cardhu a golpe de sabor a barrica tostada en tierras lejanas, refrendaba la categoría anunciada en la etiqueta como Gold Reserve.
Él había renunciado a tener grandes expectativas .Procuraba ir momento a momento. Así, se había preparado un whisky escocés, cuyo origen se remontaba a 1881 gracias al hacer de Helen Cumming, la primera mujer del mundo a la cabeza de una destilería de whisky; según contaba el anecdotario, destacó además por avisar a la vecindad de la visita de inspecciones no deseadas, levantando una bandera. Razones ambas por las que en las botellas de esta bebida, se ha estampado una figura femenina enarbolando dicho emblema.
Él cultivó la paciencia esperando que el hielo se derritiera en un mar dorado que no era ni dulce ni salado pero que le trasladaba a un espacio sin lugar desde el que la vida se resolvía de tal manera que no requería de erudición académica , ni de palabra dicha o escrita para ser sentida.
Él se reservaba, de vez en vez, momentos de intimidad compartida con su pareja, que si bien prefería un buen vino blanco, claudicaba feliz ante el preludio erótico bañado en jugo de malta.
Él anticipaba el goce, paladando la espera, mientras el hielo era ya un recuerdo helado en aquel vaso ancho en el que ambos no ahogarían penas sino que reflotarían placeres que incluían más de un margulleo y entradas a zonas abisales. Buena semana.