domingo, 31 de diciembre de 2017

Nº 18 LA GRIETA

Él no disimuló su contrariedad cuando en la pared apareció la grieta. Maldijo haciendo gala de un vocabulario de dudoso gusto pero que reflejaba a la perfección su estado de ánimo. Se sintió impotente, de pie, con el taladro en la mano y un mosquitero a la espera de encontrar su lugar y desempeñar su función en aquel paraje de temperatura tibia y ambiente caldeado.
Él se sentó para tomar resuello. Estaba agitado y mantenía una lucha sorda para el exterior pero amplificada en su cabeza que una y otra vez le hacía sobredimensionar la grieta, esa raya torcida que brotó sin ser llamada y que daba al traste con todos sus esfuerzos.
Él salió a la puerta. Sintió el sol en su cara como un recuerdo de la urgencia de la tarea por concluir. Pronto las moscas se apoderarían del espacio y, sabía por experiencia, que terminarían por invadir el salón y cuanta estancia encontraran libre del siniestro y ensangrentado matamoscas o del insecticida que las emborrachaba precipitando el final de su efímera existencia en regurgitaciones resacosas.
Él se consideraba una persona habilidosa y resolutiva. Aunque no había encontrado la ocupación acorde a sus capacidades tenía claro que solo era cuestión de tiempo. Mientras tanto, escapaba con apaños que le permitían sobrevivir, lo cual dada las circunstancias, no era poco; estaba a la espera de la gran oportunidad, la idea feliz, que marcaría un antes y un después en la que, suponía, sería, a partir de entonces, una vida dichosa.
Él torció el gesto. No había contado con la dureza de la pared. Ahora tendría que replantearse cómo abordar la reparación. No cedió a la familiar tentación de dejar todo y mirar hacia otro lado, aquel en el que celebraran su pericia para reivindicar la adolescencia como ideal de vida donde el egocentrismo convertía en opacidad todo lo que le contrariaba o a lo sumo le otorgaría una traslúcida presencia.
Él contempló la rendija trocada ya en boquete. Y no pudo reprimir las lágrimas que brotaron desde un profundo manantial de tristeza hasta que no quedó poro en su rostro por regar. Hipó, moqueó y le dolió el corazón. No era el aviso de un infarto. No era un síntoma de un padecer físico. El pozo por el que se aventuró le transportó a un páramo de angustia en el que divisó a un pequeño que jugaba con una piedra marina en forma de delfín. El peque le miró a los ojos y en sus pupilas se vio a sí mismo, inocente.
Él seguía petrificado ante el hueco de la pared. Pero ya no lloraba. Triste, aún pero con serenidad, comprendió que había mucho por hacer, mucho por restaurar, modificar, cambiar; no quería repetir el error de considerar que había una solución final a los males y que ésta pasaba por dejar atrás sin mirar; había aprendido que terminaba por volver a la misma situación una y otra vez y que en cada ocasión, la brecha era más profunda.
Él se dijo que pondría todo su empeño en conciliar “lo imposible soñar” y “enmendar el error” dos frases que llegó a sus oídos, en forma de canción, por una ventana vecina y retumbaron en su mente y en su corazón.
Él se sintió como si estuviera a punto de celebrar las doce campanadas de Año Nuevo, sintió que la vida remaba a su favor; sintió que el tiempo salmón había concluido y tocaba …. margullar atravesando la grieta. Buena semana.


domingo, 24 de diciembre de 2017

Nº 17. LA EXPERIENCIA, LA ESPERANZA

Ella se encontraba en el vivero; flanqueda por plantas de altura desigual y estatuas de la más variopinta estética, transitaba por sus calles, pequeñas avenidas de gran oxigenación.
Ella inició la elección de las macetas que al día siguiente plantaría en su jardín para homenajear a sus seres queridos que no cenarían en la Nochebuena; ni con ella, ni con nadie.
Ella propuso ese ritual a los comensales que compartirían, plato y mantel el 24 de diciembre. Todos aceptaron, aliviados de poder conciliar presencia con ausencia, placer con dolor, Aunque respirando extrañeza, incertidumbre y desconcierto, juntaron fuerzas para sumarse a la plantación nocturna.
Ella, en el invernadero, arrastraba un carrito rectangular, que se pobló de los colores de la petunia, el geranio, el clavel, del olor de la lavanda, el romero, el hierbahuerto, de la alegría de la margarita y de las ganas de vivir.
Ella andaba entre miradas hieráticas de seres mitológicos, animales en yeso o policromados, figuras creadas para el adorno de una fuente o un espacio ajardinado. Esas pupilas mudas y cómplices le acompañaron en silencio hasta que la selección fue completada.
Ella miró con serenidad aquel pequeño vergel; había una planta por cada una de las personas que acudiría, en la noche siguiente, a su hogar para preparar la cena, imposible en otro momento del año. Llegaban de diversos lugares físicos, mentales y emocionales. Tal vez apenas coincidieran en los 365 días venideros. Pero esa noche, sí.
Ella comprendía que la vida no es controlable, sino una gran sorpresa donde cada cuál va configurando su huella que poco tiene que ver con la digital inicial. Comprendía que no quería olvidar a las personas ausentes, sino recordarlas sin sufrimiento. Por esto se le ocurrió plantar, sembrar; era una forma de darles su espacio a quienes no estaban, al tiempo que se permitiera a quienes continuaran, abrirse a otros momentos por venir. Plantarían. Después cenarían.
Ella tenía experiencia pero también…. esperanza. Buena semana.



domingo, 17 de diciembre de 2017

Nº 16. LA VULNEHABILIDAD


Él acercaba la pala al cepillo intentando abarcar el mayor número de cachitos de cristal que, hasta minutos antes, componían un espejo de diseño.
Él se armó de paciencia. No le inquietaban los siete años de mala suerte que cierta tradición derrotista auguraba. Comprendía que poco o nada tenía que ver el accidente doméstico con hipotecar la buena fortuna venidera en  tan preciso plazo.
Él, no obstante, se sentía inseguro. Del dedo corazón de su mano derecha brotaron pequeños puntos carmesí que pronto devinieron en hilos de sangre.
Él tomó un paño y siguiendo otra tradición, más eficaz y en sintonía con la reparación sanadora, taponó los pequeños cráteres enrojecidos.
Él terminó de recoger. Minutos antes se estaba afeitando cuando sin saber por qué, la imagen que le devolvía el espejo se deshizo, literalmente, en pedazos. Observó la montaña de vidrios diminutos y siguiendo un impulso, los extendió sobre la mesa en forma de luna acuosa en la que no lograba encontrarse.
Él no era hombre de muchas palabras. Pero sí de muchos pensamientos, palabras mudas. A lo largo de su vida el adiestramiento en la parquedad y una inhibidora definición de lo masculino, le identificaron con el silencio. La desconexión de sus emociones se convirtió en una estela pegajosa que desde pequeñito nubló su mirada.
Él se sintió cansado. Echaba en falta poder llorar, quejarse, sentir su flojera sin que se cuestionara su identidad. El abatimiento no se debía al reciente incidente. Era  fruto de una semilla plantada casi desde el nacimiento que había sido abonada regularmente y que ahora le hacía parecer un roble cuando en realidad por dentro, se sentía hoja al viento.
Él echaba en falta una educación emocional en modo junco que le dotara de la flexibilidad necesaria para poder aceptar su fragilidad y le permitiera mostrar el enfriamiento que las tormentas vitales le producían, aunque no lo expresara. En cierta ocasión leyó que el término junco venía del latín junguere, que significaba que vinculaba y hacía alusión a la utilización de esta planta en la artesanía como materia prima en la elaboración de cestas y otros aparejos a base de entrelazar sus tallos. Recordaba que le gustó la palabra en cuyo sentido deseó instalarse.
Él reconoció, por primera vez que carecía de habilidad para relacionarse con su vulnerabilidad. Casi lloró. Casi entrevió una mirada de complicidad cuando se asomó a la deconstrucción de un espejo de diseño que se desparramaba en cientos de esquirlas cristalinas. Fue el comienzo. Buena semana
.




domingo, 10 de diciembre de 2017

Nº 15 EL DÍA LIBRE

Ella anduvo por la ciudad en un día laborable.
Ella trabajaba y vivía en un lugar que celebraba las fiestas patronales. Por esta razón, a media mañana, se había dirigido rumbo a otra localidad donde se respiraba la rutina del trabajo.
Ella se sentó en una cafetería, en el ángulo derecho; desde tal curiosa garita, el gran ventanal que se abría ante su vista convertía en escaparate el devenir cotidiano de la población y a ella en privilegiada espectadora.
Ella, turista por unas horas, se sintió ajena a la obligación, a la urgencia por llegar a un lugar, al descuido de los detalles en el trayecto, a la anticipación del deber, a los rostros enmascarados tras lo establecido que, generalmente de perfil, transitaban ante su mirada.
Ella pasó la lengua por los dientes. Lo hacía cada vez que se sentía libre. Según la tradición familiar, la abuela paterna fue su antecesora en la expresión mímica emancipadora.
Ella tomó un té rojo con manzana y un trozo de tarta de piña. Reía por dentro. Casi se le salía la sonrisa por fuera. Le maravillaba el cambio de perspectiva que unos kilómetros y el calendario oficial producían en su estado de ánimo y en su pensamiento. 
Ella se fascinaba ante la realidad, en su catálogo más variopinto, desde la sencillez de la ameba a la complejidad de los números primos gemelos. El deseo de conocer la hechizaba.. ¡Y había tanto que aprender!.
Ella disfrutaba de la compañía trocada en conversación y silencios. No obstante, con el tiempo, había aprendido a saborear los instantes de ese placer único , voluntario, que experimentaba cuando el silencio y la palabra conformaban un diálogo consigo misma.
Ella estaba, esa mañana, viviendo uno de esos momentos. La lengua, al recorrer los dientes, se volvió, feliz, manzana y piña. Buena semana.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Nº 14 LA MUJER ROLLIZA

Él  repitió en voz alta “una querencia de cornisa cayendo de las axilas a la cintura” y se le hizo presente el cuerpo de su amada. Dejó el libro. La deseaba. Tomó el móvil y la llamó. Al otro lado del teléfono contestó una voz aguda. Ella le contó que estaba a punto de iniciar una sesión y que  no podría hablar mucho tiempo.
Él  imaginó el cuerpo de su compañera. Era fisioterapeuta. Trabajaba en una piscina de la localidad. Ella cada día se entusiasmaba con  los progresos, mínimos para los profanos, de  quienes compartían  el recinto deportivo y el eficaz hacer de sus manos.
Él dejó de imaginar. De regreso al redil de la templanza, le dijo que había sentido un impulso inevitable de escuchar su voz. Ella guardó silencio mientras sonreía, más allá de las ondas.
Él finalizó la llamada. Hoy se encontrarían a mitad de la tarde y pasearían sin prisas hasta la playa de la ciudad desde donde contemplarían la puesta de sol, enredados en un silencio cómplice. La palabra y el sexo llegarían después, tras el retorno al hogar.
Él terminó un café deliciosamente amargo y se dirigió al trabajo sintiéndose funambulista en busca de voladizo descendente. El cuerpo de su mujer era una de las razones por la que amaba la vida. Cuando la conoció  albergó el secreto anhelo de convertirlo en su morada permanente. Con el paso del tiempo la urgencia devino en sosiego que trocó el deseo en mullida y placentera residencia.
Él llegó al edificio  donde le esperaba un repertorio de obligaciones que le tendrían ocupado las horas siguientes. Antes de entrar en el ascensor, volvió a pensar en ella; esta vez se la imaginó  sentada en el borde de la piscina mientras alentaba a quienes, dolientes,  entrenaban para obtener su anónimo trofeo: volver a disponer de un cuerpo en condiciones, retardar lo más posible el  deterioro óseo o muscular, ó tal vez, ambos.   Sus logros serían celebrados por ella con un alegre movimiento de sus” tres o cuatro cinturas sobrenadando el vientre” como diría Kurt K .Y con esa  hermosa  imagen de su rolliza   mujer, inició la jornada laboral.. Buena semana

domingo, 26 de noviembre de 2017

Nº 13 LA VELADA

Ella pasó, una vez más, la velada callada, temerosa de meter la pata; aunque poseía una cultura media, no se sentía capaz de hacer un comentario ocurrente. A veces, las palabras se atascaban en su boca como polvorón de Navidad engullido a palo seco. A veces, de su mente bajaban ideas ingeniosas que burbujeaban en su lengua hasta que se evaporaban. Escuchaba con mucha atención los comentarios del resto de comensales. Realmente su atención era plena, tanto, que podía leer los labios y comprender sus mensajes aún cuando se suprimiera el sonido de los vocablos pronunciados. Tal era la presión que optó por no decir nada. Especialmente después de aquella vez en la que se aventuró a comentar sobre la corrupción política del país. Sus palabras fueron fulminadas por una catarata de menosprecio que le hizo vivir en diminutivo a lo grande. Él dijo “Menuda gilipollez, qué sabrás tú de política…mira que eres necia” .Ella comprendió que la opción era callar, sonreír, elegir el vestuario adecuado para la ocasión, ése que realzara sus generosas curvas y ocultara los kilos de más. Y acompañar a su pareja, alma de su vida , sentido de su existencia, la razón por la que vivía cada día. "No era perfecto" - se decía-"pero quién sí" era. Era un poco Bestia pero allí estaba ella para ser Bella por los dos….
Ella, con algo de suerte no formaría parte del obituario siniestro de muertas a manos de su pareja. Por desgracia, ya engrosaba la estadística de muertas en vida, ese listado brumoso que volvía invisible a las personas y que, por no contar, ni siquiera se recogía en dígitos. La lista etérea de la cotidianidad donde en sus señas de identidad primaría su sexo sobre su intelecto, la sumisión sobre la libertad, la traición sobre la sororidad, la limpieza sobre el aire fresco y el silencio sobre la voz. 
Ella, por el momento, desconoce la existencia de veladas placenteras. Cuando se acercó la dueña del restaurante a saludar y preguntar si todo estaba correcto, ella desconoce, también por el momento, que esa mujer poderosa, segura, a todas luces elegantemente atractiva, pasó muchos años de veladas sin voz hasta que aprendió a hablarse , hasta que aprendió a hablar. Buena semana..

domingo, 19 de noviembre de 2017

Nº 12 EL PERIOSTIO


Él no se dio cuenta de que el libro de Walsh, “Isabel la Cruzada” había quedado colocado en el borde de la estantería manteniendo un equilibrio tan frágil que cuando la ventana se cerró por el viento con estruendo incluido, el ejemplar que contenía la biografía de la reina medieval cayó sobre su cabeza.
Él estaba sentado en su sillón para leer mientras en una mesilla menguaba el té manchado con leche , parte del ritual de cuatro a cinco.
Él sintió un golpe seco, inesperado y se llevó la mano derecha a la zona dolorida. No había sangre. Tampoco hinchazón. Aparentemente todo había quedado en un accidente sin mayores consecuencias.
Él era muy terco; más que una mula, le decía su familia. Por supuesto no compartía la opinión del clan y se mantenía en sus trece, confirmando lo que pretendía negar.
Él notó con el paso de las horas que brotaba una molestia que fue creciendo llegando incluso a dificultarle el sueño. Parecía que su cabeza era menos dura que lo que su actitud mostraba. Al día siguiente, la incomodidad persistía por lo que consultó a un médico con el que coincidía semanalmente en el gimnasio. Su compañero de ejercicio le tranquilizó explicándole que el hematoma producido por el choque libresco estaría en el periostio, esa membrana de tejido vascular, fibrosa y resistente que cubría los huesos y que era la responsable, a través de sus vasos sanguíneos y nervios,
de la nutrición y sensibilidad ósea Se tranquilizó al ser consciente de que contaba con un elemento más en la defensa contra accidentes que le dañaran.
Él se encontraba en esos días en una cruzada mayor que la isabelina y con menos lucidez que la castellana. No lograba tomar las riendas de su vida de forma que pudiera conjugar cariño, compañía, seguridad, disciplina coherente, ilusión, sentirse único y ser capaz de poner límites claros ante los últimos vuelcos del corazón.
Él, por aquella época, solía perder los nervios con frecuencia, que únicamente una eficaz educación en la contención recibida en su infancia, lograba enmascarar tras la ironía. Sólo después de salir del gimnasio se sentía algo mejor, descargado ; aún así una profunda sensación de impotencia le acompañaba como sombra cosida a su pesar..
Él deseó tener un periostio emocional para que amortiguara los reveses de la vida; y a fuerza de intentar tejer soluciones, bordó una resistente malla protectora a base de baños duraderos, arroparse bajo una manta, abrazar, abrazarse y dejarse abrazar, escuchar nanas de su cultura y de otras lejanas, escribir listas de cosas que le gustaría tener, practicar la negación ante lo que le disgustara y desde la amabilidad, dejar aflorar qué necesidad era la que a gritos le estaba pidiendo que le prestara atención.
Él sanó su cabeza a medio plazo; del golpe del libro se recuperó un poquito antes. Buena semana.







domingo, 12 de noviembre de 2017

Nº 11 LA FLORACIÓN

Ella contempló la limonada fresca, recién hecha y anticipó su gusto donde lo agrio se mezclaba con lo dulce, dejando un sabor agradable. Su boca salivó. Hacía un calor impropio de la estación. Así se repetía en conversaciones coloquiales y también en las sesudas.
Ella pensó en el orden de los acontecimientos, ora cotidianos, ora extraordinarios; tenía la impresión de que el devenir careciera de método más allá del sorpresivo catastrófico. Le parecía que la Naturaleza había caído en una amnesia profunda que le obligaba a confundir ciclos y estaciones; de madre Natura habría pasado a pariente lejano, sin vínculo estable con el planeta.
Ella tomó un sorbo del refresco casero. Siguió rumiando la cuestión climática pensando que si el medio ambiente no parecía tener orden ni concierto, las personas no parecían lucir mayor estabilidad. Se imponía, a su juicio, una revisión constante de las rutinas pretéritas para remodelarlas, cuando fuera posible ,o proceder al derrumbe total de cara a edificar otras más acordes con los nuevos tiempos. El problema era carecer, aún, de los planos necesarios para erigir a partir de sólidos cimientos.
Ella se dijo que había llegado el momento de una nueva fosforescencia aunque, cierto fuera, que se trataría de una floración atípica; sería un tiempo de apertura donde las flores que brillaran no fueran las más populares del momento en el que transcurría la especie humana.
Ella se empeñó en imaginar cómo podría ser ese nuevo brotar. Tendría que tenerse en cuenta los recursos disponibles para no malgastarlos; sería imprescindible alumbrar rituales de la sostenibilidad que generaran la cohesión necesaria para la supervivencia del planeta; habría que inventar otro modo de andar tal como hiciera el vetusto Australopithecus cuando bajara de los árboles y hubiera de adaptarse a una nueva realidad; se imponía profundizar en la ecuación CIUDADANÍA=CUIDADANÍA donde la protección, cura , sanación e integración de lo enfermo estuviera en la lista de las prioridades a la hora de definirnos como personas.
Ella saboreó el limón líquido que, en modo resiliente, había trocado en jugosa y apetecible limonada. Agarró un búcaro donde un ramo de ahelíes vivía su primavera en pleno otoño. Les cambió el agua, cortó un poco los tallos y con dulzura los reubicó en el florero alargado, alegría del salón.
Ella comprendía que a veces la floración de los seres vivos puede resultar extravagante, inesperada o ir acompañada de un tsunami, frecuentemente más emocional que físico. También compartía la idea de que en cada persona, sin que fuera preciso una estación determinada, se producía el resurgimiento una vez el pasado quedara reducido a polvos o cenizas.
Ella entendía la reinvención como el orden ante el caos cuyo protocolo:consistía en cambiar, cortar y con dulzura... reubicar. Buena semana.





domingo, 5 de noviembre de 2017

Nº 10 LA FILFA


Él no se consideraba un mentiroso. Estaba convencido de que el mundo se enriquecía con su visión creativa de cuanto acontecía. No lo hacía con premeditación ni alevosía; también  le era indiferente que luciera el sol o la luna.
Él tenía muchos problemas con los demás y algún que otro desacuerdo de cierta gravedad consigo mismo. Pero el caso es que se veía constreñido, por una necesidad imperiosa, una y otra vez, a maquillar su palabra con el embuste. No importaba tanto si la cuestión fuera baladí o trascendental.
Él tenía, sin ser consciente de ello, como referente de su infancia a Luisito, uno de los habitantes del universo de Pepe Monagas, siendo éste el personaje creado por el periodista y actor canario Pancho Guerra y a quien dotaría de voz, Pepe Castellano. Este Luisito, peninsular para más señas, era tan mentiroso que cuando contaba una verdad, decía “ya me equivoqué” y se quedaba colorado. Sus amigos conocedores de esta particularidad lo aceptaban y cada vez que llegaba el caso le hacían probar su propia medicina.
Él llevaba una existencia que era un sin vivir pero a la que se había habituado como el menor de los males. Cuando quería decir blanco, le salía negro; a lo sumo, gris. No lograba encajar palabra con su emoción correspondiente y se ganó la fama de simplón. Especialmente entre quienes comprendían que las cosas son lo que son y que en cuanto a las tonterías, mejor si eran solo las justas.
Él era stripper. Tenía un cuerpo en el que había invertido muchas horas de gimnasio. Poseía, además, otros atributos que le hacían idóneo para tal profesión. Cuando terminaba su jornada no podía dejar de maravillarse cómo el ser humano se transforma cuando halla la excusa que le permita expresar lo que también es. Llevaba tiempo constatando que el límite de lo considerado políticamente correcto padecía de osteopenia y en numerosas ocasiones de la más clara osteoporosis por cuyos huecos la vida se colaba aunque fuera con disfraces efímeros.
Él no sabía comprometerse con su corazón. Y menos con el ajeno. Se había forjado un coselete cuya materia prima era la filfa. Tanto tiempo utilizó la engañifa como escudo protector que terminó por considerarla una segunda piel que en ocasiones rivalizaba en identidad con su dermis y epidermis primitivas.
Él recordó una melodía y reconoció unos versos donde el desamor se hacía jirones. “Ojalá nunca sepas cuanto amaba / descubrirte los trillos de la entrega”. y murmuró “Hay que joderse con lo que le jode y no le no le jode a uno”. A continuación recompuso su gesto, momentáneamente descompuesto. Era su forma de decir “ya me equivoqué”. El camarero tras la barra le preguntó si todo iba bien porque su rostro, repentinamente, se había puesto colorado. Él no contestó. Subió al escenario donde se desvistió al ritmo de su cadera bamboleante. Su cuerpo estaba encendido pero su rostro había vuelto a la palidez habitual. Buena semana.





domingo, 29 de octubre de 2017

Nº 9. LA DISTANCIA DE HARMON


Ella no lograba enfocar las letras que danzaban y se volvían borrosas según el libro que las contenía sujeto entre sus manos, variara en la distancia que lo separaba de su mirada; esta intentaba una y otra vez fijar la vista y leer lo escrito.
Ella cerró el libro y el titular desde la portada, un título de seis palabras, cinco en negro, una en celeste llegó a su pupila sin dificultad.
Ella leyó en voz alta “LAS CARICIAS QUE NO ME DISTE” y tirando hacia arriba descifró el nombre de la autora Elizabeth López Caballero, escrito en letra rectangular, escrito en blanco sobre fondo oscuro y sugerente.
Ella se dijo que tendría que revisar la graduación de su gafas pues desde hacía cierto tiempo había renunciando de forma paulatina y casi imperceptible al placer de la lectura, cansada de luchar y perder a la hora de localizar el ángulo que le permitiera comprender las palabras escritas.
Ella cerró los ojos y se recostó en el sillón de piel marrón, su favorito. Resbaló un poco por la agradable superficie mientras deslizaba por su mente las palabras que él le dijera la noche anterior y que volvían, en modo noria, una y otra vez.
Ella unió la punta del dedo pulgar y el índice haciendo pinza y de forma casual pellizcó la mejilla derecha. Enderezó la cabeza y retomó la lectura en la página 157 .La protagonista con un asertivo “Será para bien” clausuraba el capítulo.
Ella tenía el libro a la altura del codo que hacía de base de una pendiente cuya cumbre estaba formada por los dedos pinzados.El codo también podría ser contemplado como el final de un recorrido en tobogán que se iniciara con el pellizco del cachete.
Ella reparó, entonces, que había encontrado la distancia adecuada para que la historia que se desarrollaba entre las páginas del ejemplar que sostenía, tuvieran sentido y no solo forma. No sabía qué era la distancia de Harmon cuyo dato morfológico supone, a menudo, una referencia que se corresponde con la distancia de lectura y escritura en la  cual la persona debe leer sin dificultad.
Ella saboreó un agridulce menú de palabras por las hojas que fueron  a dar allá por la página 190 en el vocablo FIN. Una vez satisfecho el placer de la lectura anduvo por las calles adoquinadas de una ciudad querida a donde el afecto le trajo para pasar unos días. Sentía la forma de las piedras a través de su calzado y mientras intentaba dibujar en su mente la geometría pétrea que se extendía a sus pies reflexionaba sobre la dificultad humana para encontrar la distancia adecuada a la hora de abordar pensares y sentires, propios y ajenos. Tal vez no era solo cuestión del mensaje sino de la posición, física y mental, desde la que se recibiera ; quizás habría que determinar una distancia de Harmon a nivel emocional; es posible que de esta guisa mejorara la agudeza visual, la capacidad de acomodación y nuestro comportamiento binocular endofórico o exofórico enfocara a favor de la felicidad, individual y colectiva. Habría, pues, que revisar la graduación de las emociones. Buena semana.

domingo, 22 de octubre de 2017

Nº 8. LA TRANQUILIDAD


El paseó por las calles de su infancia y se sentó en el banco que aún conservaba “algo parecido a un corazón” en el respaldo, en un pequeño lugar del ángulo inferior izquierdo. Tan diminuto era el grabado que pasaba inadvertido para la mayoría de la gente que se detenía por un tiempo a descansar en el banco de la plaza. Sin embargo, para él, que sabía dónde mirar, seguía latiendo con sus potentes diástole y sístole. Ahí empezó y acabó su faceta de escultor.
Él no solía recorrer esos lugares, tan alejados ya, de su infancia. Pero la vida, en forma de oferta laboral, le ofreció la excusa perfecta para retornar a la película de su ayer.
Él tuvo una infancia feliz. Aunque no lo supo hasta que fue mayor.
Él llevaba cosidos a su piel momentos de juegos, muchos instantes de complicidades inocentes vividas con solemnidad, emociones propias de un catálogo variopinto que iban desde la más exultante alegría a la más profunda tristeza, pero que duraban lo que el minutero en recorrer cinco veces, sesenta segundos.
Él contemplaba los primeros años de su vida a través del barniz de la complacencia, cierta nostalgia edulcorada y la camaradería que empezaba en la mano de su hermano mayor; lealtad que se iniciara en el recuerdo ahora actualizado y que sobreviviera a los bandazos de la vida que a veces situaran a los hermanos en costas, solo en apariencia, de fronteras enemigas.
Él miró la hora. No en el móvil sino en un reloj que su familia le había regalado años atrás y que marcaba la hora con la precisión de un Breguet Grande Complication, Marie Antoinette, si bien su diseño era más discreto y su precio quedaba muy por debajo de los 30 millones de dólares del considerado el reloj más caro del mundo. El de su propiedad tenía un valor añadido : al tocarlo, sentía la piel de sus seres queridos. Por eso, cuando estaba lejos, miraba con frecuencia la hora y acariciaba con ternura, cristal, corona, caja y manilla.
Él, mirando las manecillas ir y venir, sonrió pensando en cómo muchos años atrás, en el mismo escenario que el actual ,su hermano y él buscaban una explicación que convenciera a sus padres de que el retraso en la hora de llegada a casa, tras una tarde noche de juegos en la calle, no había sido culpa de ellos. Ardilando soluciones llegaron al acuerdo de retrasar cada uno, una hora su reloj y practicando durante el camino de retorno al hogar la cara de no haber roto un plato, se encaminaron dispuestos a ejecutar una representación creíble.
Él recuerda que de poco valieron sus dotes teatrales pues recibieron el castigo habitual en esas ocasiones: no saldrían a jugar a la calle en los dos días venideros. Recuerda asimismo cómo no percibieron la risa disimulada de sus progenitores ante tal ingenua creatividad. Recuerda que no comprendieron qué era lo que había salido mal en aquel plan perfectamente trazado y , a su juicio, bien ejecutado.
Él se levanta del banco. Continúa su paseo y se dijo que realmente su niñez fue el reino de la tranquilidad. Bueno, éste es el discurso que adoptó décadas atrás cuando, cansado de estar atrapado en un pasado de infierno al que había de pagar el tributo del sufrimiento, día sí y día también, decidiera inventar un pasado en el que las cosas ocurrieran tal como a él le hubiese gustado que fueran. Y a fuerza de repetir esa fantasía creada y guiada por y para él mismo, terminó por hacerla realidad para él y para con quienes la compartiera, mujer y descendientes incluidos. Había comprendido que todo pasado tiene gran parte de presente; planteamiento eficaz para saldar deudas emocionales pretéritas y actuales.
Él, ahora, es un hombre tranquilo. Buena semana.


domingo, 15 de octubre de 2017

Nº 7. LO FIJO

Ella escuchó un retazo de conversación mientras ascendía, paciente, por la escalera automática del centro comercial, improvisado refugio para la avalancha que huía de la pertinaz calima. Dos mujeres charlaban en un tono de voz generoso. La más alta preguntaba a su compañera si volvía a estar en el mercado. La interpelada contestaba con sencillez, desparpajo y un enigmático
“ no para el mercado común.”
Ella no supo el desenlace de aquel diálogo, cuyo alcance, privado o profesional, también desconociera. Las señoras, pues ambas superaban la mayoría de edad, alcanzaron la planta alta y raudas se alejaron en dirección a la tienda fija de telefonía móvil.
Ella paseaba pausadamente flanqueada por escaparates donde se exponían objetos oscuros o claros de deseo a precios acorde a su tonalidad.
Ella recibió un whatsapp. Sintió la vibración a través de su bolso que le indicaba la llegada de un mensaje. No tenía ganas de leer, comprender, pensar ni contestar a las palabras con o sin imágenes que , probablemente con la mejor intención, le enviara alguien de su entorno. Al tiempo que un paso seguía a otro por el simple placer de construir trayecto común recordó cuando solo existía el teléfono fijo; echando años atrás, evocó la época en que cada casa contaba con un único aparato que ocupaba el espacio delimitado por el cable, generalmente enrollado, que unía el auricular al receptor y emisor de llamadas. Asoció esto a la imagen del hogar en donde la tecnología de la comunicación audiovisual ejercía de pegamento social. Así, la televisión se convertía en objeto sagrado en torno al cual el grupo sanguíneo reía, lloraba, festejaba y sufría en familia.
Ella conocía , por experiencia propia , que la radio había cumplido esa función décadas atrás. Tal vez por esa razón, experimentaba una atracción irresistible ante una voz modulada y con cuerpo. Quizás por este motivo, su imaginación trocaba con facilidad vocablos sonoros en historias escritas. “¡Quién sabe!”- se dijo.
Ella era inteligente: entendía que el astro inmóvil de la comunicación brillaba en una época donde la identidad territorial se expresaba también en un prefijo y que poco o nada tenía que ver con el cosmopolitismo del momento. También entendía que la unidad familiar había sufrido una transformación, con anexión y pérdidas de sus fronteras donde el contacto devenía, preferentemente, en virtual en consonancia con lo errante del hogar al uso. Aún así entendía que la premura por hacer presente constantemente la actualidad ajena, aunque le permitía mayor cercanía virtual abría un abismo en el cuerpo a cuerpo.
Ella volvió a uno de sus momentos fijos, sanos rituales que conformaban su día a día. Hizo presente la voz, rota y remendada del poeta radiofónico dominical que, sin saberlo, compartía su desayuno cada siete días. De hecho,aún resonaba en su mente lo escuchado la jornada anterior al referirse a “los contenedores como panteón de los recuerdos”. 
Ella sabía que podría reproducir por primera vez la intervención lírica cada vez que quisiera a lo largo del día. Sin embargo, prefería no hacerlo. Por el contrario, se despertaba a tiempo cada domingo, ya fuera sola o acompañada, para degustar un oloroso café y abandonarse al deleite que supone la certeza de que, una vez más, la vida hecha domingo comienza con poesía. Buena semana.





domingo, 8 de octubre de 2017

Nº 6. EL FANTASMA ESCORADO


Él estaba perplejo. Como si no tuviera suficiente con el trajín cotidiano ahora, por arte de birlibirloque aparecía en su cabeza una y otra vez esa figura ladeada. Aunque ocurría cada cierto tiempo, siempre le sorprendía. 
Él sabía que estaba a punto de realizar un viraje vital pero ignoraba hacia qué puerto. Tocaba sumergirse y nadar a favor de la corriente. Por experiencia comprendía que de nada valdría ir en modo salmón remontando porque lo único que lograría sería remontarse.
Él echó manos de su filmoteca vital y se visionó pequeño ante un cielo otoñal que se cubrió de forma inusitada para romperse en una furiosa tormenta. Con la calma, ya nada volvió a ser como antes, dentro ni fuera. Contempló fotogramas en los que se fijaba un gesto, una mirada, un beso, un amor, un hola y un adiós. 
Él se dirigió al trasgo torcido y nómada, que anunciara un giro copernicano en su hacer; y haciendo acopio de fuerzas, sus palabras, trocadas en sabia ironía, sonaron al impulso que le haría abandonar el presente, convertido en pasado del futuro por transitar. El aire envolvió cinco palabras que contenían la complicidad alegre de quien confía en la vida “Me vas a hacer sudar” –dijo con una sonrisa, abrazándose. Buena semana
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