domingo, 22 de julio de 2018

Nº 47. NO SÉ.


Ella abrió los ojos y parpadeó. Se había quedado dormida en la hamaca de la playa bajo una amplia sombrilla que la protegía de un sol de justicia.
Ella había descansado  la media hora larga de siesta profunda; esa que deja un pequeño rastro transparente trocando, por momentos, a blanquecino, en la comisura de los labios, cuando su boca reposaba sin tener que hablar o masticar lo escuchado. Solo descansaba.
Ella despertó sin saber qué hora sería. Somnolienta aún observó que la playa mostraba la actividad propia de la estación veraniega a media tarde. En la hamaca contigua un rostro familiar y querido roncaba.
Ella desconocía cuánto tiempo había estado dormida. Mientras borraba todo resto de baba de su rostro le dio por pensar en  las cosas que no sabía, que no había aprendido y en las que probablemente no aprendería en su vida.
Ella estaba interesada por comprender el funcionamiento de lo que la rodeaba. Se interrogaba sobre el para qué de las cosas, de los hechos, de los pensamientos, de las emociones, de los sentimientos; en fin, indagaba en la finalidad de la vida si bien en muchas ocasiones dudaba de que hubiera un objetivo que alcanzar más allá del propio vivir.
Ella estaba descansada. Había comido bien, el sueño fue reparador y una hora antes había nadado en el mar que impregnó su piel con una mascarilla salada. Sería por eso por lo que su cabeza siguió cuestionándose hasta dónde llegaría a descifrar en su paso por la vida.
Ella se dijo que el conocimiento estaba muy valorado en la sociedad y que en base a su posesión se dividía a las personas en un orden jerárquico. Claro que bien pudiera ser que dicho orden solo fuera imaginado, tal como Harari planteara en Sapiens afirmando que  su percepción como real le fuera conferida por sus características, a saber, estar incrustado en el mundo material, modelar nuestros deseos y ser intersubjetivo.
Ella disfrutaba conociendo, llegando a una meta que, tras alcanzarla, se convertía en punto de partida para otro empeño. Incluso cuando optó por el autoconocimiento que, en teoría, solo demandaba un volverse hacia sí, una vez que el aire tomaba la forma de la respiración entrenada, brotaban por doquier más interrogantes que  entretejían las horas en las que se  entretenía pero no se distraía.
Ella concluyó  que desconocía las excepciones en beneficio de las reglas. Sintió un profundo interés por las voces que no tenían voz, incluso cuando la voz  real por decreto hablara de ellas. Y en este punto lo poco que quedaba de un pensamiento lineal y ordenado saltó por los aires, cayendo cascotes, embriones preñados de otras miradas, otras propuestas, otras palabras y otros silencios.
Ella fue al mar. Sus pies sintieron el escalofrió que produce cambiar de temperatura, adaptarse a otro medio. Y, viva, se dijo… a por las excepciones.  Buena semana.



domingo, 15 de julio de 2018

Nº 46. EL NIEBLAJE.


Él  pensó. A veces no le quedaba más remedio. Otras,  su voluntad  tomaba la iniciativa y machete dialéctico en manos, cuando no sujeto entre los dientes, se disponía a desbrozar el laberinto mental en el que trocaba su vida de vez en vez.
Él sabía cómo empezaba la cosa. Principiaba con un empeño centrífugo que le hacía estar ausente de donde estuviera su cuerpo depositado. Daba igual lo atractivo del paisaje físico o humano circundante. Tampoco  había ninguna manifestación que anunciara  transformación alguna pero el caso era que, en cierto momento,  su figura adoptaba el modo automático. Para el mundo, él aparentemente era el mismo de siempre. Las personas le hablaban, saludaban, tocaban. Incluso su pareja le acariciaba como si de verdad estuviera. Aunque cierto era que se quejaba, a veces, de lo taciturno que se mostraba antes, durante y después de juntar jadeos placenteros. Bueno, no solo en estos momentos en los que vivía sin vivir en sí.
Él ambulaba por tierras de penumbras aunque para el resto imperara el más tórrido de los estíos. La bruma,  que no llegaba a ser opaca, le impedía estar en la misma sintonía que la rutina vital de la que hasta hacía poco, formaba parte.
Él, a base de experiencia, se acostumbró a reconocer los indicios de lo que terminó por llamar la época del nieblaje. No sabía si tenía que ver con cambios hormonales pero en esos días no quería nada del mundo salvo su desaparición. Tampoco quería hablar. Y menos escuchar. Solo deseaba envolverse en la niebla que de tan hondo, rebosaba por los lagrimales. Esto ocurría cuando estaba solo. Porque cuando veía venir la tormenta intentaba que no hubiera ojos físicos o virtuales que testimoniaran lo que no sería más que una nube, cíclica, pero pasajera.
Él sabía cómo acababa la cosa. A su tiempo, la palabra serena alojada en el corazón,  brotaba, con fuerza centrípeta. Sístole y diástole  tejían  pensamientos con los que zurcir aquellos agujeros que la incomprensión había agrandado por su uso excesivo; pegar cremalleras para cerrar lo que no era necesario dejar a la vista, subir los vueltos de los sueños cuando caían a ras del suelo con el riesgo de terminar arrastrados y bordar la belleza que alumbraría la acción diaria.
Él pensó que cada vez tenía más remiendos; que  cada vez se equivocaba mejor; por eso, de vez en vez, besaba sus costuras. Buena semana.


domingo, 8 de julio de 2018

Nº 45. EL LÁPIZ DE PUNTA BLANDA.


Ella trasteó por la mesa de trabajo. Se había despertado alegre, fresca, descansada. Habiéndole cogido la medida a  sus pretensiones se daba por satisfecha  por principiar el día de forma tan amable.
Ella dejó a un lado el portátil y abrió una carpeta que contenía bocetos de bocetos y algún que otro esbozo.
Ella sonrió. Le gustaba idear  una imagen y después perseguirla a base de borradores, rectas y curvas en consenso o disenso creativo hasta darle alcance en forma de silueta.
Ella saboreaba despacio el proceso creativo, prolongando el desenlace  todo lo que podía. Sabía que una vez concluida la delineación, toda variación estaría constreñida a los contornos prefijados. Por eso disfrutaba tanto al ralentizar la construcción de fronteras gráficas.
Ella observó los lápices que utilizara el día anterior. Le resultaba curioso lo contradictorio entre su apariencia y la tonalidad que parían. Tomó el lápiz duro para rellenar un dibujo inacabado  semanas atrás y que clamaba por alcanzar su fin. Repasó con un lápiz de punta suave los bordes y una vez ennegrecido el perímetro le dio por pensar que tal vez, la dureza vital,  a la larga, se disuelve en tonalidades borrosas de nebuloso e infausto recuerdo; mientras que lo trazado con el buen hacer de la serenidad,  alumbra aquello que resalta por su intensidad, externa o interna.
Ella se imaginó en sus tiempos de bruma, en medio de  tormentas físicas o de las otras y se sintió neblina también, trazo borroso que apuntara a su extinción. Volvió al carboncillo de punta blanda;  al sentir su tacto y la estela  viva que dejaba en sus dedos,  revivió momentos de sosiego en los que el bienestar no requería de un porqué o un para qué. Solo tocaba, entonces, entregarse al disfrute placentero mientras la vida se dejaba sentir en su versión de mayor intensidad, despejándose como si de incógnita para principiantes se tratara.
Ella dibujó durante  horas. Los lapiceros menguaron dando a luz nuevas formas a la búsqueda de colores Esa mañana en la que el tiempo había pasado de puntillas,  ella trocó en un lápiz de punta blanda dispuesta a que lo que quedara del día fuera digno de un buen subrayado. Buena semana.


domingo, 1 de julio de 2018

Nº 44. EL ENCUENTRO COTIDIANO.

Él se agachó para sacar una piedrilla de su sandalia derecha. Andaba sin un rumbo fijo. En el terreno fijaban residencia escasos habitantes vegetales y bichillos; humanos y animales domésticos, solo estaban en tránsito. Desde hacía una década , paralelo al desarrollo urbanístico del lugar, el descampado se reconvirtió en un ágora humana y canina que, como todo punto de encuentro, tenía sus momentos álgidos y otros de absoluto vacío.
Él paseaba a primera hora de la mañana, cuando el sol estaba aún por inventar un nuevo día .A su lado, trotaban, rabos inhiestos, dos perros mestizos que se alejaban, de vez en vez, para iniciar su particular senderismo.
Él, en cómplice y entrañable compañía, desde hacía seis años, repetía lo que llamaba el ritual de bienvenida a la vida.
Él, enfilando el medio siglo, sonreía socarrón, imaginando la respuesta que habría dado, tiempo atrás, si alguien le hubiera propuesto levantarse cada día antes que el día y salir acompañado por un par de canes a deambular por una llanura trocada en erial. De cinco palabras que dijera estaba seguro que seis hubieran sido exabruptos.
Él observó el color del astro rey a medio nacer y el cielo se le antojó placenta tornasolada. Era un día más. Esa vez haría bueno. Extrañamente en esa jornada coincidirían clima y estación.
Él comprendía que ese momento de asueto solitario, en zigzagueante compañía perruna, era la gasolina que durante el día le llevaría, en apariencia, a trabajar sin parar, a decir sin parar, a escuchar sin parar, a querer sin parar; en apariencia, a vivir sin parar.
Él sintió, a su espalda, la mano que acarició, tierna, su hombro. Era el momento del retorno. Ocho partas y cuatro pies dejaban sobre sus anteriores pisadas, huellas del revés. Volvían a casa.
Él acababa así, una vez más, el sencillo ritual que propiciaba el encuentro consigo mismo. Estaba preparado para, en apariencia, la tormenta cotidiana de ese día, en el que extrañamente coincidía clima y estación.Buena semana.




domingo, 24 de junio de 2018

Nº 43. LA NOCHE DE SAN JUAN

Ella miró el firmamento. Lucía una luna gibosa creciente Tenía forma cóncava, por ambos lados, en su parte luminosa. Inusualmente no había viento en esa playa referente para el surf y sus variantes.
Ella mojó los pies en el agua fresca que a ratos y de forma efímera se volvía invisible dependiendo de la ruta de las nubes. Tomó aire y respiró. A pesar del bullicio exterior se hizo un silencio en su interior y con la palabra pensada a modo de cincel grabó en su corazón en letras grandes, sin ornamento, RESPIRO, AGRADEZCO Y CONSTRUYO UNA VIDA SERENA, EFICAZ Y ALEGRE.
Ella retrocedió unos pasos y se sentó en la playa de adoquines irregulares. Era un lecho pedregoso pero lecho al fin y al cabo. A su izquierda varias personas de diferentes edades, a la luz de la linterna de un móvil escribían, como si de silenciosos copistas medievales se tratara, en unos pequeños papeles; una vez concluida la tarea doblaban meticulosamente las cuartillas para finalmente irlas depositando en una mitad hueca de coco trocada en pira que pronto comenzó a arder como pequeña hoguera tropical. Pasaron minutos hasta que la grafía se volvió ceniza, polvo gris como los vocablos que la gestaron. Después, el residuo grisáceo fue a dar a la mar “que es el morir” y con él se disolvía el sufrir. Empezó el espectáculo pirotécnico acuático. Luces de distintos colores brillaron fugaces. La esperanza olió a pólvora pacifista. El entusiasmo parió futuro.
Ella disfrutó de aquella noche mágica, aquella Noche de San Juan ,en una playa referente mundial para la práctica del surf y sus variantes que, inusualmente, estaba en calma. Buena semana.

domingo, 17 de junio de 2018

Nº 42.SON 629 PERSONAS.




Él limpió las 5 zanahorias con el cepillo y las cortó en trozos de 5 a 7 centímetros. Cortó la manzana en rodajas finas. Cortó el rizoma en finas rodajas y pasó todos los ingredientes por la licuadora .Minutos más tarde aquello se transformó en un revitalizante jugo de zanahoria, manzana y jengibre.
Él acababa de regresar de un viaje en barco por motivos de trabajo. Estaba resfriado. Además, unas náuseas le acompañaron como pegajosa baba de caracol, casi desde que partió del puerto vecino.
Él había tenido un viaje movidito. El mar, caprichoso, se alborotó sin motivo aparente y pronto se hizo una cola zigzagueante , a la puerta de los baños de rostros variopintos, que iban desde lo cetrino a lo amarillento, pasando por un blanco despojado de sangre. Aunque la travesía duró poco, se le hizo eterna.
Él sorbió el zumo de colores alegres y sabor ligeramente picante. Sabía que en breve su cuerpo estaría repuesto, especialmente después de dormir varias horas en su dormitorio fresco, tranquilo, con las sábanas limpias y una nota de bienvenida de su cómplice vital.
Él se dio una ducha caliente y frotó su piel, anticipando el placer que otorga el sueño reparador. Seco y sin pijama, desconectó el móvil y se introdujo en la cama. Pronto estuvo dormido en paz. Varias horas después se reunió con su familia para acabar el día acompañándose, queriéndose, escuchándose disfrutándose, compartiendo los buenos y no tan buenos recovevos de la cotidianidad. La familia estaría, obviamente, arraigada en su lugar de residencia.
Él y su entorno familiar estarían fuera de la lista de los 629 nómadas, marinos involuntarios que, huyendo de la guerra y del hambre, no tendrían zumo que calmara las náuseas producidas por la mala mar, física y humana. Por fortuna, gracias al buen hacer, que haberlos, hailos , 629 errantes,pasajeros accidentales , tendrían un Acuarius, de paradójica y casual homonimia con la afamada marca de refrescos y que trocaría en el mejor antídoto posible contra la estupidez, el miedo y el egoísmo miope que sumergen a la humanidad en un vértigo de difícil sanación.
Él descansó y, sin pesadillas, disfrutó de su sueño. Al despertar ya no estaba mareado. Puso los pies en el suelo.Pisaba tierra firme. Buena semana.


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lunes, 11 de junio de 2018

Nº 41. LA FLEXIBILIDAD.



Ella giró sobre sí. Seguía las indicaciones de  la monitora, en aquel taller de baile, que se retorcía en cada paso. A pesar de ser una mujer corpulenta, al ritmo de la música de los tambores, su figura se desdibujaba rompiéndose y recomponiéndose en pocos segundos.
Ella sintió el calor del sol en su piel blanca. Tenía sed. Pero se resistía a dejar la improvisada pista  en donde       música, danza, sudor y alegría se mezclaban en alegre silueta móvil.
Ella intentaba copiar los gestos de la mujer alta, ancha, negra que, risueña invadía el espacio a golpe de movimientos cimbreantes y sonrisa amplia.
Ella repetía la letanía gozosa y su cuerpo se volvió volcán. A su lado, otras personas de similar o diferente edad a la suya componían una efímera coreografía en la que cada cual tenía su lugar.
Ella creyó que flotaba cuando tras tocar el piso , levantó el pie derecho con una fuerza desconocida pero que fluyó con naturalidad. No había competición, solo ganas de danzar. No había comparación que catalogara lo diferente como deficiente; solo había creatividad.
Ella trocó en junco y, flexible, comprendió que lo mismo besaba el suelo que tocaba el cielo. A fin de cuentas, la vida era bailar y cuanta más flexibilidad, más posibilidad de saborear la cadencia propia y ajena. Buena semana.


domingo, 3 de junio de 2018

Nº 40 EL CONTENEDOR



Él tiró con fuerza a un contenedor, negro y medio lleno, una bolsa de papel. Le fastidió porque había estado preparando dos bocadillos con esmero una hora antes. Mientras cortaba el huevo duro, la rodaja de tomate, el aguacate, refrescaba una tierna hoja de lechuga y extraía el atún entero y jugoso de su lecho metálico, anticipaba el momento en el que disfrutaría del concierto al lado de su pareja.
Él dio con su gozo en un pozo cuando a la entrada del recinto le indicaron que no podría entrar su manjar casero, a pesar de que ni era tóxico, ni contenía objeto punzante y a pesar de que fuera solo efímero alimento que tuviera las horas contadas.
Él trató de convencer al hombre que, amparado en su uniforme reiteraba la negativa que la expresión de su rostro desmentía. Su miraba roló hacia la incomprensión del absurdo pero fue rápidamente engullida por el deber que se vestía con el equipaje de la autoridad y la disonante mueca de fastidio.
Él lanzó el paquete con la fuerza que lo hiciera el neozelandés Tomas Walsh .El bulto no recorrió 22’03 metros como hiciera el proyectado por el campeón olímpico. Su vuelo apenas alcanzó metro y medio. Pero la intención rabiosa de ambos lanzadores mantenía una curiosa isomorfía.
Él entró, ligero de equipaje, a la instalación reconvertida en espacio de eventos multitudinarios de otra índole que la estrictamente deportiva, como popularmente se la reconocía. Masticaba el jilorio que ya empezaba a tomar asiento en su vientre cuando se topó.de frente con una larga cola que venía a morir ante un mostrador donde, por tres veces su precio habitual, se podría obtener comida y bebidas que acompasaran los acordes de la música por sonar. De pronto, se quedó sin apetito. Era su reacción ante lo inaceptable por injusto. Su cuerpo, entonces, no sabía cómo digerir y se cerraba.
Él buscó, con la complicidad de su acompañante, el lugar desde donde vibraría con la magia de la música. Pero un trocito de sí buscó acomodo dentro de un cartucho perfumado con unas gotas de aceite de oliva y que en el mejor de los casos, sería la cena, como si se tratara  de la corrosiva y lúcida lotería de Babel ,pergeñada por Borges, para quien fuera agraciado entre los más de 200 sin techos que habitaban la ciudad. O como el vocabulario políticamente correcto definía, integrantes del grupo de sinhogarismo o de exclusión residencial.
Él respiró. Tres horas más tardes, el contenido del contenedor contentaría, tal vez, a cientos. Y el contenido del espectáculo, tal vez, a miles. Buena semana.


domingo, 27 de mayo de 2018

Nº 39 LA INTUICIÓN


Ella levantó la tapa del antiguo baúl y una nube de polvo se elevó hacia las alturas de aquel amplio desván.
Ella inició un concierto cuya directora de orquesta fue, en esta ocasión, la sinusitis. Se sucedieron los estornudos, el moqueo, los ojos enrojecidos a punto de la lágrima y la tos.
Ella sintió cómo su boca se convertía en una caja de resonancia. El paladar se volvió muro de las lamentaciones contra el que chocaba la alergia trocada en sonoro empuje. Los cachetes se inflaron como sopladeras de efímero esplendor y el rostro se borró, suplantado por una mueca, ora expresionista, ora picasiana.
Ella se enfrentó a ese momento en el que la intuición la envolvía. No era novedad su aparición pero sí su intensidad. Lo reconocía cada vez que la comida era deliciosamente picante; cuando la caricia de él inauguraba el día, dejando obsoleta toda alarma habida y por haber; en esos momentos en los que era consciente que principiaba un nuevo rumbo en su trayectoria vital...
Ella usaba la razón. Le concedía el valor relativo a la organización de lo que, sí o sí, habría de quedar registrado dentro del estrecho marco del orden. Era el instrumento ideal para la burocracia del día a día. Por ello no esperaba calidez fuera del estricto margen de la eficacia per se.
Ella usaba la intuición. Era el espejo en el que daba su mejor perfil sin tener que recurrir a maquillajes físicos o virtuales. Le bastaba con escuchar el latido de su corazón hasta que con la más genuina de las sonrisas comprendiera lo que debería y quería hacer.
Ella había recibido como parte de una herencia un arcón de tea en el que iba a descubrir las idas y venidas de un pariente lejano. Causas y azares se entretejieron para que la heredera estuviera a punto de iniciar un viaje apasionante por las raíces familiares. Periplo del que sabía que volvería fortalecida, lúcida y agradecida.
Ella miró dentro del arca y los objetos que contempló le hablaron; habría de empezar por leer la historia de aquel hombre casi desconocido, al que le unía lazos de sangre, acontecida décadas antes de su nacimiento; habría de poner en hora un pequeño reloj de metal que se había detenido en las diez y diez; habría de desentrañar el significado de aquella piedra de un azul espectacular que parecía tener mucho que contar; habría tanto por conocer, tanto por hacer….
Ella avistaba un mundo donde la creatividad pasada presente y futura se hicieran una. Lo intuía. Y estornudó. Buena semana.




domingo, 20 de mayo de 2018

Nº 38 LA ALARGASCENCIA


Él llegó a la su casa y al poner los pies en el salón  sintió  un extraño chapoteo.
Convertido en involuntario marinero sin vocación ni atuendo adecuados para tal menester siguió el rastro líquido hasta que dio con el origen de aquel suelo acuoso, surgido mientras él y su familia estaban fuera del hogar, esto era, desde  cinco horas atrás.
Él se quedó parado ante la nevera trocada en níveo y extravagante  monolito adornado con imanes variopintos, recetas de cocina, calendario de impuestos municipales y dibujos  en modo Picasso infantil.
Él recordaba que no hacía más de seis años cuando trajeron el electrodoméstico en sustitución de otro más pequeño y que había durado quince años. Coincidió la compra con la incorporación a su nuevo, por entonces, trabajo, en el que había permanecido hasta el momento.
Él recordaba que el técnico, al retirar el objeto estropeado, comentó que ya no se hacían aparatos así. Con voz socarrona hablaba de que se construían  artefactos imprescindibles para la vida , con una fecha de caducidad que poco o nada tenía que ver con el uso o abuso que de ellos se hiciera. Poco después, rememoraba ahora, había conocido una expresión que, a su juicio, era diáfana expresión de la estupidez humana: la obsolescencia programada. O de la inteligencia distraída, según se mirara
Él comprendía que programar la vida útil de un objeto cuando la tecnología propiciaría innumerables resurrecciones, obedecía al ánimo de lucro sin tener en cuenta daños directos o colaterales, especialmente para el medioambiente.
Él, otrora,  había aprendido la palabra sostenibilidad que como eco eterno se repetía en toda conferencia internacional que intentara proteger el planeta del saqueo al que la desafección humana le estaba sometiendo. Y a colación de este término esperanzador se alumbró otro, que si bien prematuro en su nacimiento, crecía con gran fortaleza: la alargaescencia. Este canto al sentido común y solidario habría de encuadrarse en un orden social donde el consumo no implicara el derroche sino la apuesta por las segundas oportunidades en la que objeto y sujeto caminaran a la par.
Él se dispuso a secar el estanque improvisado en el que no hubo tiempo para que la vida surgiera. A golpe de  fregona absorbiendo el líquido ennegrecido, decidió que ya era hora de  colocar el valor de lo útil en el puesto que le correspondía; mientras el hielo derretido formaba conatos de microglaciares que  atenazaban sus pantorrillas, se sintió  como el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, momento en el que recordaría el día que su padre le llevó a conocer el hielo.
Él pensó que, a pesar de los pesares, quedaba la palabra, hablada o escrita, pensada o sentida, cuya  fecha de caducidad estaba, afortunadamente por descubrir.
Él, desde entonces,  se comprometió a retrasar el acta de defunción tanto como estuviera en su mano. Tal vez  un poco más. Buena semana.




domingo, 13 de mayo de 2018

Nº 37 EL INSTANTE

Ella depositó los envases en los contenedores de colores que prometían la resurrección en otros cuerpos, semejantes o diferentes de los actuales sin que el karma tuviera protagonismo alguno en otorgar otra oportunidad de vida. Plásticos, vidrios y cartón fueron colocados con sus iguales a la espera de un renacimiento donde la existencia establecía maridaje con la utilidad.
Ella, después, condujo satisfecha por haber distribuido lo que en su casa quedara relegado a la zona de  tránsito, embarque a otro destino, previsible pero aún desconocido. Los objetos habían agotado su tiempo y era el momento, para aquellos seres inertes y vacíos, de habitar en otras moradas a fin de conjugar el ostracismo que los convertían en desperdicios donde no tendrían precio ni tampoco valía.
Ella solía transformar el hogar con regularidad. Esta pasión por el cambio no era compartida por el resto de la familia que la tildaba de culo inquieto o ave sin nidar o gallina recién parida moviendo de sitio a sus gatitos.
Ella hacía oídos sordos a tales expresiones, consciente de que ese juntar palabras, como todo, tenía sus horas contadas. Igual ocurría con el apañar silencios, En ambos casos la eternidad pugnaba, protegida con el coselete de la desesperación, por hacerse hueco vestida con los ropajes de la importancia, la verdad, y la objetividad.
Ella andaba, buceaba, saltaba, intuyendo que bajo la apariencia de lo constante, lo único que, a su entender, permanecía, era el senderismo, cual funambulista, por el instante. Buena semana.






domingo, 6 de mayo de 2018

Nº 36 LA MITAD DE LA HISTORIA



Él giró su cabeza y vio descender una figura negra que fue a posarse en la rama más alta de un pino. Era uno de los treinta cuervos que quedaban en el lugar. Era un animal que tenía mala fama.
Él había visto un conejo muerto en el estrecho camino que transitaran, otrora, los carboneros en su cotidiano laborar, y que, en ese momento, había quedado relegado a la senda del olvido. El ave, todo vista y olfato se fue acercando a su alimento con la paciencia que da la sabiduría.
Él recordó el refrán que hablaba de no multiplicar esta especie de la familia de los ´córvidos, so pena de trocar, quien se dedicara a tal crianza, en involuntario Edipo. Afortunadamente también había una versión tautológica y divertida que solo informaba de que la familia crecería en diminutivo. Lo que tanto una como otra omitían era que la familia aumentaría a razón de tres a siete huevos azulados, cada vez, en febrero o en abril.
Él admiró el azabache de sus plumas que la creciente bruma iba ocultando. En su cabeza brotó como una erupción repentina la catarata de males adjudicados a tal avispado animal; esta lava incluía el ataque a cabritos, conejos y gazapos; el opíparo festín a base de huevos de codornices, frutas de los bosques, maíz de los sembrados y uvas de los viñedos; e incluso el robo, con premeditación y alevosía, de bocadillos a excursionistas de inteligencia distraída y de ropa y llaves a ingenuos turistas.
Él se alejó del lugar que pronto quedaría invadido por la oscuridad de la noche. Según avanzaba paso a paso se dijo que en esta ocasión, como suele ser habitual, faltaba la mitad de la historia. Se Imaginaba que quienes consideraban al cuervo una animal de mal vivir ignoraban que su existencia era un canto a la supervivencia donde venenos, en especial raticidas, el plomo de los perdigones alojados en cadáveres de conejos o palomas, los tendidos eléctricos o las aspas de los aerogeneradores y la falta de comida por la estabulación de los animales o el cierre de vertederos, eran pruebas fijas a sortear en su gimkana diaria.
Él se acercaba a lo que se conocía popularmente como la Ventana del Nublo , mientras el frío besaba de forma apasionada el rostro que no atinara a cubrir. En medio de la majestuosidad de aquel mirador natural realizó lo que consideró un acto de justicia, otorgando valor a la existencia del corvus corax canariensis. Talló con palabras, en su pensamiento, las virtudes de este ser despreciado por negro y ladrón (si bien considerado inteligente, lo que, paradójicamente, aumentaba su maldad) cual orfebre hiciera con el bello ónix antes de ser pulido. Así dio gracias por su incalculable labor como dispersador de semillas endémicas y limpiador de restos de animales muertos. Era la otra parte de la historia que al hacerse palabra (hablada o escrita) alumbraba la comprensión de un mundo en el que ni eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran. Buena semana.








martes, 1 de mayo de 2018

Nº 35 SILENCIOSO COMO UN NINJA



Ella no paraba de hablar. Deseaba guardar silencio pero no había forma de que su lengua se acallara. Había salido del mudo encierro; tiempo ha, casualidades tejidas a punto cruz con los hilos de colores políticos caídos en desgracia le habían condenado a varios años de presidio.
Ella firmó un contrato con la palabra hablada una vez traspasada la puerta metálica de alta seguridad que durante una década se convirtió en frontera inexpugnable. El pacto que se aprestó a rubricar era su manera de recuperarse de  un tiempo de silencio, en el que se había convertido en dura y seca mojama.
Ella se volvió palabra líquida. Ya no volvió a concebir la vida como parrilla candente avivada por verdugos solícitos; ya no pedía a los cielos o a los infiernos que la tostaran por el otro lado. Ya no ejecutaban los macabros funcionarios su petición por un siniestro sentido del orden.
Ella sintió, al recuperar el habla, que el desasosiego, silencioso como un ninja, se disolvía.
Ella no ansió más simetrías dolorosas. Concluyó su tiempo de silencio. Buena semana.