Ella paró su andar. Llegó
a aquel lugar que barruntaba misterio parido a golpe de piedra, más de cinco
siglos atrás. Se sentó. Tomó resuello y le dio por pensarse.
Ella recordó un aforismo de Tagore que había cosido con puntada certera,
palabra a palabra, a sus pensamientos en otra época en la que el planeta era
más joven y que desde entonces le graduaba la visión de lo novedoso. ”Para
quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de infinito. Se hace tan
pequeño como una canción, como un beso de lo eterno” decía la sabiduría hecha
sentencia..
Ella se refrescaba con estas palabras, cuando el calor de lo cotidiano,
derivaba en átona monotonía y le oprimía.
Ella encontraba un cálido agasajo en este juntar letras, como quien alinea
troncos en la chimenea, cuando el frío de la desesperanza le hacía recelar de
que hubiera lugar fértil por desbrozar más allá de la agonía presente.
Ella amaba el decir y el escuchar. Y cuando el habla quedaba en barbecho, amaba
el silencio.
Ella respiró en aquella cueva de cuatro puertas artificiales. Sus pequeños pies
pisaron ahí donde hombres y mujeres de antaño tal vez custodiaron el grano, la
infancia femenina, el saludo y despedida del sol, el cuerpo postrero desecado;
su espalda se apoyó en la misma pared que amparó el balar de cabras y ovejas,
el pánico de los huidos tras la guerra civil, el primer beso de amor hecho
deseo juvenil; su ojos recorrieron el reino de la toba volcánica desbastada
donde de marzo a septiembre fijó residencia la vida en forma de alisios.
Ella conectó su dispositivo móvil. Fotografió el lugar. La imagen fijó el
presentimiento a la tierra, la conjetura a las enigmáticas cazuelas que
horadaban suelo y paredes con exactitud geométrica. La sospecha se dispersó en
arenilla levantada por el viento.
Ella contempló la instantánea. La suposición trocó en certeza y el mundo, sin
careta, trocó en intuición. Buena semana.domingo, 30 de septiembre de 2018
domingo, 23 de septiembre de 2018
Nº 56. DEJA QUE LA PREGUNTA HAGA SU TRABAJO.
Él abrazó a la pequeña que se despertaba risueña. La siesta había durado
una hora. La tarde de otoño, aún con el
horario de verano, se presentaba inusualmente calurosa y en nada auguraba que
el invierno llegaría en pocos meses; las horas previas al crepúsculo se tiñeron
con la claridad propia de una primavera de manual.
Él pellizcó los cachetes regordetes de la niña al tiempo que repetía su nombre
acompañado de un sí tan rotundo que no dejaba lugar a dudas .El nombre propio y
el adverbio de afirmación eran acogidos por
una sonrisa que, pronto, trocaba en carcajada.
Él repetía el mantra del cariño diciéndole, con el más estudiado de los
histrionismos, que era una cosa muy seria. Y su hija reía, reía y reía.
Él aprovechaba para hacerle cosquillas con la banda sonora de la
autoestima de fondo. Era una rutina que formaba parte de las deliciosas y
nutritivas tradiciones del amor. Y casi sin darse cuenta pasaron los años.
Él se encontraba aquella mañana despertando a la adolescente que tardaba
en abrir los ojos pidiendo una prórroga de cinco minutos. Acarició sus mofletes
que ya no eran rechonchos y lucían una orografía
afilada. La joven remolona se desperezaba. El adulto le repetía la afirmación
nominal y ancestral. Brotaba, otra vez, la magia de la sonrisa mezclada, esta
vez, con la confusión de las hormonas
por ubicarse en aquel cuerpo que ni era infantil ni era maduro.
El atisbó una sombra de tristeza en aquellos brillantes ojos. Parecían
interrogarle sobre todo y sobre nada. En un abrazo por asalto la chica se le asió
al cuello y de forma casi inaudible le
susurró al oído “¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?”.
Él guardó silencio. Respiró. La estrechó en sus brazos. Repitió su
nombre. Hilvanó tres síes consecutivos con el hilo de la confianza y de forma
queda musitó “Deja que la pregunta haga su trabajo. Date tiempo”. Buena semana.
domingo, 16 de septiembre de 2018
N 55. LOS IMPREVISTOS Y EL DESEO
Ella conducía pensando en la ducha de agua fresca que se iba
a dar en cuanto llegara a su casa. Tan
concentrada estaba en la anticipación del refrescante placer, que confundía el
sudor, tibio y salado, que se expandía por su cuerpo sin apenas resistencia, con
el líquido frío, real solo en su
imaginación y que le hacía la boca agua.
Ella no estaba caliente; estaba calurosa.
Ella había tenido una mañana de trabajo a cámara lenta pero
sin descanso. El polvo en suspensión que había teñido de una capa amarilla el
horizonte, también impregnó la jornada laboral, secando el aire, secando las gargantas,
secando las horas. Y las conversaciones trocaron en jareas dialécticas, que
iban desde afirmar lo evidente (qué calor
hacía ) pasando por la añoranza de la época
en la que el aire gélido besaba
el rostro ( qué bueno el viento cuando sopla fresco) hasta llegar a la petición
reiterada de que la calima y su compañero inseparable, el bochorno, se alejaran
lo más rápido posible (qué cambie el tiempo, por favor)
Ella enfiló el tramo final que le llevaría al hogar. La
cercanía del mar anaranjado aumentaba la
sensación pegajosa de la que pronto, estaba segura, se desprendería.
Ella aparcó, abrió el buzón y encontró la notificación de Correos
en la que se le indicaba que se le había ido a entregar un paquete a su nombre pero que al no estar en el domicilio debía acudir a la oficina.
Ella tardó solo unos pocos segundos en decidir ir a buscar
el cuenco tibetano que al fin había llegado tras una larga espera y que sería
el regalo para su abuela en su noventa cumpleaños.
La viejita le había dado instrucciones precisas sobre los
metales que habrían de componer el artefacto que, aseguraba
con auténtico convencimiento, canalizaría su energía hacia una instancia
superior. Y la celebración del
cumpleaños era esa tarde.
Ella regresó al hogar tres cuartos de hora después con la
ropa húmeda pegada al cuerpo y con el deseo de la ducha a flor de piel. Entró
en la casa y al depositar el artilugio de cobre, plomo, estaño, hierro, oro,
plata y mercurio, reparó en una nota que desde una coqueta mesilla y en
mayúscula le informaba de que el grifo de la ducha se había estropeado. La
remitente era la persona que realizaba las tareas de la casa dos veces por semana.
Ella no sabía si ponerse a tocar el cuenco o darse con el
mazo en la cabeza. Tenía mucho calor y ansiaba darse una ducha. A poco estuvo
de rendirse a los designios fatídicos pero solo a poco.
Ella fue al baño, fotografió lo que había que reparar, tiró
para la ferretería, compró los repuestos, retornó a la casa echa un mar muerto y arregló el accidente doméstico. Una
vez más, como otras tantas. Eso sí, antes de iniciar la reparación llenó un
balde de agua en el fregadero y se lo echó por encima.
Ella, sin calor, sin ropa, sin agobio, arregló lo estropeado;
y aún le dio tiempo para tocar el cuenco siguiendo las enseñanzas de la
matriarca nonagenaria. Buena semana.
domingo, 9 de septiembre de 2018
N 54. PIEL CARCELARIA
Él anduvo con paso titubeante. Casi
un anciano, de los de principios del siglo XXI, era octogenario. A pesar de su avanzada edad disfrutaba de una buena salud física. Lo
mental era harina de otro costal. La inseguridad en el andar se debía a que le
faltaba fijar la atención en el camino. Su fuerza, su energía, se concentraba en su mano derecha que con
regularidad dirigía hacia la cara como si quisiera quitarse alguna pelusa, mota
de polvo o resto de comida.
Él arrastraba sus pies en un
zigzageo distraído mientras su diestra impactaba una y otra vez contra sus
mejillas. Y así llevaba años que de pronto fueron décadas.
Él había transitado por el siglo
anterior cargando un lastre, intangible
a ojos ajenos pero que le pesaba como una losa y le había detenido en una
contienda lejana que revivía una y otra vez, mientras dormía o en la vigilia.
Él no podía olvidar las manos que
se aferraron a su pechera, los ojos aterrados y la maldición en forma de saliva
antes de que el fornido prisionero cayera por la tristemente famosa sima,
después de que él diera la orden. Recordaba haber limpiado la baba moribunda.
Recordaba que aquella fue la primera de las noches en las que el sueño se
vistió de sobresaltos gelatinosos que terminaban haciendo diana en su cara.
Él era conocido en su pueblo. Durante
mucho tiempo fue temido por la crueldad arbitraria con la que imponía su
voluntad gracias al poder que detentaba; después, con el pasar de los años, y
su caída en desgracia, fue despreciado; y en el momento que enfilaba la recta
final de su periplo vital era, simplemente, ignorado, experimentando el ostracismo más feroz.
Él, en su infancia, quiso sentirse
especial; en su juventud se arrimó al sol que más calentaba; durante gran parte
de su vida, jugó a ser Dios sin importar el sufrimiento que provocaban, un día sí
y otro también, sus acciones sobre sus semejantes; y en su vejez no parecía lograr firmar la tregua que borrara la perenne y nítida huella de unos ojos
aterrados, unos brazos aferrados y un esputo acusador; preso triste en una siniestra
piel carcelaria. ¿Llegaría a tiempo el armisticio? Buena semana.
domingo, 26 de agosto de 2018
Nº 52. ESCENIFICACIONES PERFECTAS
Él tenía en sus manos los papeles que certificaban que el vehículo, tanto
tiempo anhelado, era suyo. Sentía una profunda satisfacción al comprobar que las
cifras y letras de aquellos folios eran su pasaporte para la felicidad.
Él no podía cerrar la boca. La sonrisa se le desbordaba en el gesto, como
escapista con pericia. Se sentía grande, alto, fuerte, capaz y por encima de
todo, tenía unas ganas incontrolables de reír.
Él estaba entusiasmado. Dentro de sí había prendido una potente llama que le garantizaba la llegada al reino de lo imposible. No es que le gustara el histrionismo; bien al contrario prefería pasar desapercibido y dejar el protagonismo para quienes preferían mostrar. Pero ahora no cabía en sí.
Él nunca había sentido ese poder, magma ardiente que brotaba en su interior. Se asombraba cuando se sorprendió dando brincos de alegría. No era el hecho de tener ese coche nuevo el responsable de la fogata que prendió allá dentro. Era que se había propuesto algo, en otro tiempo inaccesible y que a base de peldaños de ilusión, en muchas ocasiones contracorriente, a partir de ahora formaría parte de su cotidianeidad.
Él se despidió del auto anterior. Le agradecía sus 14 años compartidos y las sendas desbrozadas en su compañía. Le dijo adiós al color gris metalizado. El nuevo automóvil era rojo y solo con verlo la sangre le fluía juguetona y contenta.
Él se permitió gozar de lo que llegaba y despedir lo que se iba con la serenidad y lucidez de que aunque, de algún modo, todo queda, de otro que cobra cada vez más presencia, todo pasa. Recordó unas líneas de Sándor Márai en "La mujer justa" que reflejaban a la perfección lo que llevaba años barruntando y desde meses atrás se había convertido en una certeza. Decía uno de los protagonistas “Hay una ordenación invisible en la Vida: cuando la situación requiere que se lleve a cabo algo determinado, las circunstancias se convierten en cómplices, sí, e incluso el lugar y los objetos, y las personas cercanas se ponen en connivencia inconsciente con la situación…..Cuando quiere crear algo, la vida realiza escenificaciones perfectas”.
Él se comprometió consigo mismo a diseñar las escenificaciones perfectas por las que su deseo deseara circular. Metió primera y empezó a conducir, empezó a conducirse. Buena semana.
Él estaba entusiasmado. Dentro de sí había prendido una potente llama que le garantizaba la llegada al reino de lo imposible. No es que le gustara el histrionismo; bien al contrario prefería pasar desapercibido y dejar el protagonismo para quienes preferían mostrar. Pero ahora no cabía en sí.
Él nunca había sentido ese poder, magma ardiente que brotaba en su interior. Se asombraba cuando se sorprendió dando brincos de alegría. No era el hecho de tener ese coche nuevo el responsable de la fogata que prendió allá dentro. Era que se había propuesto algo, en otro tiempo inaccesible y que a base de peldaños de ilusión, en muchas ocasiones contracorriente, a partir de ahora formaría parte de su cotidianeidad.
Él se despidió del auto anterior. Le agradecía sus 14 años compartidos y las sendas desbrozadas en su compañía. Le dijo adiós al color gris metalizado. El nuevo automóvil era rojo y solo con verlo la sangre le fluía juguetona y contenta.
Él se permitió gozar de lo que llegaba y despedir lo que se iba con la serenidad y lucidez de que aunque, de algún modo, todo queda, de otro que cobra cada vez más presencia, todo pasa. Recordó unas líneas de Sándor Márai en "La mujer justa" que reflejaban a la perfección lo que llevaba años barruntando y desde meses atrás se había convertido en una certeza. Decía uno de los protagonistas “Hay una ordenación invisible en la Vida: cuando la situación requiere que se lleve a cabo algo determinado, las circunstancias se convierten en cómplices, sí, e incluso el lugar y los objetos, y las personas cercanas se ponen en connivencia inconsciente con la situación…..Cuando quiere crear algo, la vida realiza escenificaciones perfectas”.
Él se comprometió consigo mismo a diseñar las escenificaciones perfectas por las que su deseo deseara circular. Metió primera y empezó a conducir, empezó a conducirse. Buena semana.
domingo, 19 de agosto de 2018
Nº 51.EL ROSTRO RECIÉN NACIDO.
Ella contempló el rostro, recién nacido, sereno, dormido. Se diría que
estaba haciendo acopio de fuerzas para la larga vida que se abría de par en par
al compás de su respiración.
Ella estaba embobada ante esa carita arrugada que, con solo un día de vida,
aunaba niñez y vejez, alfa y omega, en un gesto que parecía decir “esto es la
vida”.
Ella apenas rozó sus pequeños dedos y se maravilló ante todas las cosas que asirían,
las caricias que darían; semejaban eslabones del puente que se extenderían en
múltiples bifurcaciones y que le permitirían alcanzar la vida que deseara.
Ella percibió que los ojos, rayas bien delineadas mientras reinaba el
sueño, se abrieron y aún, sin ver, lucían inteligentes.
Ella vivió unos de esos momentos en los que la vida muestra su cara más
amable, cuando todo está por construir; la fundación del imperio de la ilusión,
la instauración de la república del soñar, el establecimiento de la federación
de los imposibles, tomando forma de un
cuerpo de 3 kilos y medio.
Ella se reflejaba en ese pequeño ser y se vivió en diminuta, como en el
principio fue y recuperó la frescura de lo sencillo y la curiosidad ante un
mundo por descubrir.
Ella, ese día, tras sumergirse en el mundo de lo pequeñito, emergió más
grande. En su interior quedó la imagen de la ternura hecha ínfimo semblante que le narraba
utopías cálidas, bellas, perfumadas, sabrosas y armoniosas. Un mundo por
construir en cada rostro recién nacido; ese que una vez fuimos aunque con
frecuencia hemos relegado al olvido; pero que pide ser reconocido, empeñado en trazar el
camino hacia la felicidad. Buena semana.
domingo, 12 de agosto de 2018
Nº 50. LUGAR Y TIEMPO
Él miró la piedra menuda en forma de confite, de color blanquecino, con leves visajes dorados; sabía que era una calcificación de algas; sabía además que el pétreo caramelo se utilizaba para afilar los picos de las animales en la otrora popular pelea de gallo.
Él paseó por aquel lugar costero, a diez minutos del bullicio de la ciudad. Era temprano, la marea estaba baja; el sol aún estaba tibio; el silencio solo era interrumpido por el viento que soplaba racheado.
Él contempló una acumulación de piedras; semejaba un muro a medio derruir; formaba parte de la desaparecida salina que abasteciera a gran parte del lugar hasta mediados del siglo pasado. No quedaba nada del pozo, el molino de viento, los canales de distribución; la pared, a duras penas en pie, era el último vestigio del pasado con textura salada.
Él inspiraba el aire fresco mirando el batir de las olas que, aun tímidas, empezaban a hacer acto de presencia. A su espalda había un yacimiento de los aborígenes cuya investigación estaba por concretar. Era un enigma la vida de los habitantes del lugar medio milenio atrás; la lejanía del espacio en relación al núcleo poblacional más cercano sugería que tal vez los ocupantes de aquellas cuevas fueran profesionales que en su quehacer laboral trataban con sangre o con muertos, los trasquilados, intocables según la tradición. Mirladores, enterradores, carniceros podrían haber contemplado ese mismo mar atados a un trabajo que les condenaba al ostracismo.
Él pensó en todos los enigmas por descubrir, en las posibles explicaciones del pasado presente y futuro. En lo que permanece y lo que cambia. En lo que está, aunque no estemos. En lo que estuvo aunque no estuvimos. Cerró los ojos y le vino a la mente una fotografía del pie de la montaña que quedaba a su derecha. Casi podía tocar la ingente cantidad de pescado que se secaba sobre las piedras y que a base de sol acompañaría como nutritivas jareas a pescadores y marineros en las largas y solitarias travesías. El recuerdo de la imagen, en blanco y negro, le hacía salivar como si masticara una tira del endurecido y canelo pescado.
Él anduvo por el yacimiento marino que mostraba el reinado fósil del Hemicycla saulcy, caracol que estuvo en aquel lugar pero en otro tiempo.
Él agradeció estar allí en ese tiempo. Y deseó estar en el tiempo por venir. Buena semana.
Él paseó por aquel lugar costero, a diez minutos del bullicio de la ciudad. Era temprano, la marea estaba baja; el sol aún estaba tibio; el silencio solo era interrumpido por el viento que soplaba racheado.
Él contempló una acumulación de piedras; semejaba un muro a medio derruir; formaba parte de la desaparecida salina que abasteciera a gran parte del lugar hasta mediados del siglo pasado. No quedaba nada del pozo, el molino de viento, los canales de distribución; la pared, a duras penas en pie, era el último vestigio del pasado con textura salada.
Él inspiraba el aire fresco mirando el batir de las olas que, aun tímidas, empezaban a hacer acto de presencia. A su espalda había un yacimiento de los aborígenes cuya investigación estaba por concretar. Era un enigma la vida de los habitantes del lugar medio milenio atrás; la lejanía del espacio en relación al núcleo poblacional más cercano sugería que tal vez los ocupantes de aquellas cuevas fueran profesionales que en su quehacer laboral trataban con sangre o con muertos, los trasquilados, intocables según la tradición. Mirladores, enterradores, carniceros podrían haber contemplado ese mismo mar atados a un trabajo que les condenaba al ostracismo.
Él pensó en todos los enigmas por descubrir, en las posibles explicaciones del pasado presente y futuro. En lo que permanece y lo que cambia. En lo que está, aunque no estemos. En lo que estuvo aunque no estuvimos. Cerró los ojos y le vino a la mente una fotografía del pie de la montaña que quedaba a su derecha. Casi podía tocar la ingente cantidad de pescado que se secaba sobre las piedras y que a base de sol acompañaría como nutritivas jareas a pescadores y marineros en las largas y solitarias travesías. El recuerdo de la imagen, en blanco y negro, le hacía salivar como si masticara una tira del endurecido y canelo pescado.
Él anduvo por el yacimiento marino que mostraba el reinado fósil del Hemicycla saulcy, caracol que estuvo en aquel lugar pero en otro tiempo.
Él agradeció estar allí en ese tiempo. Y deseó estar en el tiempo por venir. Buena semana.
domingo, 5 de agosto de 2018
Nº 49. FAITA, FAITA..
Ella llegó a ese día como si hubiera transitado por un árido y desértico paraje. Tenía sed y estaba cansada.
Ella deseaba sentir el agua en su boca y la anticipaba fresca, casi fría, meandros que sortearían resecos rincones en forma de lengua, dientes y paladar petrificados.
Ella arribó a las costas de ese amanecer, exhausta, con el corazón hecho trizas pero aún latiendo.
Ella acudió a la cita con la aurora, ávida de que el cielo clareara la oscuridad, abriéndose paso por los resquicios de los muros tras los que su mente había quedado emparedada.
Ella había superado la barrera del dolor que, al trocar en nocturno, se expandía como sombra envolvente y siniestra.
Ella, al rayar el alba, abandonó el lecho insomne sin volver la vista sobre una orografía abrupta de sábanas y almohadas retorcidas
Ella, al fin, despuntó, como el día que principiaba. Había reunido el valor para traspasar la negrura. Le acompañaban en esta aventura sus ancestras, cuyos rostros serenos reflejaban un futuro exitoso; le acompañaban en esta aventura sus ancestros, cuyas miradas comprensivas le hablaban del poder de la vida. El mensaje procedía de una lengua surgida de la piel profunda, de otra época, que retornaba para insuflarle el coraje necesario para seguir adelante.
Ella blanqueó sus pesares con aquel vocablo exótico, aunque cercano , faita , que era lo mismo que gritar arriba d’ ellos , ten valor, confía en ti. Lo repitió hasta que cada una de sus células se transformó en coselete contra el miedo. Y el mundo, lúcido y templado, amaneció. Y ella también. Buena semana.
lunes, 30 de julio de 2018
Nº 48 QUÉ BIEN LO PASAMOS.
Él apretaba el dosificador del
protector en formato espray. Resultaba más cómodo y eficaz que el tradicional
envase en crema. Era perfecto para guarecerse de los efectos negativos del sol.
Siempre y cuando no hubiera viento. Y así fue en esa mañana, en una playa de
arena negra.
Él tardó en percatarse de que el
destinario del anti solar no era su hijo sino un señor que sentado a su derecha
había tenido la buena fortuna de estar en la misma dirección que el viento. Así
su espalda fue llenándose de pequeñas burbujitas refrescantes que al contacto
con la piel formaban una fina y brillante película. Y en su rostro, brotó una mueca
placentera.
Él se rió pensando que siempre había quien se beneficiara de lo que forma inesperada entraba en su vida
como oportunidad sin haber puesto
intención. Se trataba solo de haber estado en el momento y en el lugar
adecuados.
Él recordó a su madre, mujer refranera, de enjundia. Era de esas personas que parecía vivir en
delegación. Tardó en comprenderla y sobre todo en aceptarla. Aferrada a sus
cuatro paredes, salía en raras ocasiones y tenía que contar con la certeza de
que no habría ningún inconveniente que abortara su bienestar.
Él llegó a la conclusión de que su progenitora necesitaba que alguien le
garantizara que todo iría bien. Si iba de vacaciones, acumulaba malestares
varios y nervios de diversa índole que se alojaban en distintas partes de su
cuerpo: cabeza, garganta, estómago y en algún que otro esguince en el tobillo.
Él recordaba con asombro que el relato que su madre hacía, a posteriori, de las vacaciones a toda vista desastrosas, se dulcificaba y con el paso del tiempo y a base de
repetición quedaba tintado con el barniz
de lo idílico. Así tras retornar solía repetir” qué bien lo pasamos”. Por
supuesto, después de cruzar el umbral de su casa convertida en fortaleza
inexpugnable.
Él comprendía que su madre no podía disfrutar del presente salvo que este
quedara confinado en los férreos, aunque transparentes muros, techo de cristal
incluido, del recuerdo. También admiraba su capacidad narrativa que le hacía
disfrutar en la ficción lo sufrido en la realidad.
Él trajo su mente a la playa rocosa, al niño en busca de protección, a la
sonrisa socarrona del vecino de toalla,
al espray que había errado en su objetivo . Realmente se había sentido ridículo
por no prever la dirección del viento. Pero acto seguido se dijo que
probablemente cuando el hecho fuera transformado en anécdota lo que le había
supuesto desagrado, por obra y gracia de la fabulación, trocaría en diversión.
Él giró su posición y esta vez, acertó en lograr la protección deseada de
su vástago. Se sintió satisfecho .No hubo necesidad de esperar al instante
futuro. En ese momento tuvo consciencia del parentesco de la felicidad con
saber posicionarse ante la ventolera. Buena semana.
domingo, 22 de julio de 2018
Nº 47. NO SÉ.
Ella abrió los ojos y parpadeó. Se había quedado dormida en la hamaca de la
playa bajo una amplia sombrilla que la protegía de un sol de justicia.
Ella había descansado la media hora
larga de siesta profunda; esa que deja un pequeño rastro transparente trocando,
por momentos, a blanquecino, en la comisura de los labios, cuando su boca
reposaba sin tener que hablar o masticar lo escuchado. Solo descansaba.
Ella despertó sin saber qué hora sería. Somnolienta aún observó que la
playa mostraba la actividad propia de la estación veraniega a media tarde. En
la hamaca contigua un rostro familiar y querido roncaba.
Ella desconocía cuánto tiempo había estado dormida. Mientras borraba todo
resto de baba de su rostro le dio por pensar en las cosas que no sabía, que no había aprendido
y en las que probablemente no aprendería en su vida.
Ella estaba interesada por comprender el funcionamiento de lo que la
rodeaba. Se interrogaba sobre el para qué de las cosas, de los hechos, de los
pensamientos, de las emociones, de los sentimientos; en fin, indagaba en la
finalidad de la vida si bien en muchas ocasiones dudaba de que hubiera un
objetivo que alcanzar más allá del propio vivir.
Ella estaba descansada. Había comido bien, el sueño fue reparador y una
hora antes había nadado en el mar que impregnó su piel con una mascarilla
salada. Sería por eso por lo que su cabeza siguió cuestionándose hasta dónde
llegaría a descifrar en su paso por la vida.
Ella se dijo que el conocimiento estaba muy valorado en la sociedad y que
en base a su posesión se dividía a las personas en un orden jerárquico. Claro
que bien pudiera ser que dicho orden solo fuera imaginado, tal como Harari
planteara en Sapiens afirmando que su percepción como real le fuera conferida por
sus características, a saber, estar incrustado en el mundo material, modelar
nuestros deseos y ser intersubjetivo.
Ella disfrutaba conociendo, llegando a una meta que, tras alcanzarla, se
convertía en punto de partida para otro empeño. Incluso cuando optó por el
autoconocimiento que, en teoría, solo demandaba un volverse hacia sí, una vez
que el aire tomaba la forma de la respiración entrenada, brotaban por doquier
más interrogantes que entretejían las
horas en las que se entretenía pero no
se distraía.
Ella concluyó que desconocía las
excepciones en beneficio de las reglas. Sintió un profundo interés por las
voces que no tenían voz, incluso cuando la voz
real por decreto hablara de ellas. Y en este punto lo poco que quedaba
de un pensamiento lineal y ordenado saltó por los aires, cayendo cascotes,
embriones preñados de otras miradas, otras propuestas, otras palabras y otros
silencios.
Ella fue al mar. Sus pies sintieron el escalofrió que produce cambiar de
temperatura, adaptarse a otro medio. Y, viva, se dijo… a por las excepciones. Buena semana.
domingo, 15 de julio de 2018
Nº 46. EL NIEBLAJE.
Él pensó. A veces no le quedaba más
remedio. Otras, su voluntad tomaba la iniciativa y machete dialéctico en
manos, cuando no sujeto entre los dientes, se disponía a desbrozar el laberinto
mental en el que trocaba su vida de vez en vez.
Él sabía cómo empezaba la cosa. Principiaba con un empeño centrífugo que le
hacía estar ausente de donde estuviera su cuerpo depositado. Daba igual lo atractivo
del paisaje físico o humano circundante. Tampoco había ninguna manifestación que anunciara transformación alguna pero el caso era que, en
cierto momento, su figura adoptaba el
modo automático. Para el mundo, él aparentemente era el mismo de siempre. Las
personas le hablaban, saludaban, tocaban. Incluso su pareja le acariciaba como
si de verdad estuviera. Aunque cierto era que se quejaba, a veces, de lo
taciturno que se mostraba antes, durante y después de juntar jadeos
placenteros. Bueno, no solo en estos momentos en los que vivía sin vivir en sí.
Él ambulaba por tierras de penumbras aunque para el resto imperara el más
tórrido de los estíos. La bruma, que no
llegaba a ser opaca, le impedía estar en la misma sintonía que la rutina vital
de la que hasta hacía poco, formaba parte.
Él, a base de experiencia, se acostumbró a reconocer los indicios de lo que
terminó por llamar la época del nieblaje. No sabía si tenía que ver con cambios
hormonales pero en esos días no quería nada del mundo salvo su desaparición. Tampoco
quería hablar. Y menos escuchar. Solo deseaba envolverse en la niebla que de
tan hondo, rebosaba por los lagrimales. Esto ocurría cuando estaba solo. Porque
cuando veía venir la tormenta intentaba que no hubiera ojos físicos o virtuales
que testimoniaran lo que no sería más que una nube, cíclica, pero pasajera.
Él sabía cómo acababa la cosa. A su tiempo, la palabra serena alojada en el
corazón, brotaba, con fuerza centrípeta.
Sístole y diástole tejían pensamientos con los que zurcir aquellos
agujeros que la incomprensión había agrandado por su uso excesivo; pegar
cremalleras para cerrar lo que no era necesario dejar a la vista, subir los
vueltos de los sueños cuando caían a ras del suelo con el riesgo de terminar
arrastrados y bordar la belleza que alumbraría la acción diaria.
Él pensó que cada vez tenía más remiendos; que cada vez se equivocaba mejor; por eso, de vez
en vez, besaba sus costuras. Buena semana.
domingo, 8 de julio de 2018
Nº 45. EL LÁPIZ DE PUNTA BLANDA.
Ella trasteó por la mesa de trabajo. Se había despertado alegre, fresca,
descansada. Habiéndole cogido la medida a sus pretensiones se daba por satisfecha por principiar el día de forma tan amable.
Ella dejó a un lado el portátil y abrió una carpeta que contenía bocetos de
bocetos y algún que otro esbozo.
Ella sonrió. Le gustaba idear una
imagen y después perseguirla a base de borradores, rectas y curvas en consenso
o disenso creativo hasta darle alcance en forma de silueta.
Ella saboreaba despacio el proceso creativo, prolongando el desenlace todo lo que podía. Sabía que una vez
concluida la delineación, toda variación estaría constreñida a los contornos
prefijados. Por eso disfrutaba tanto al ralentizar la construcción de fronteras
gráficas.
Ella observó los lápices que utilizara el día anterior. Le resultaba
curioso lo contradictorio entre su apariencia y la tonalidad que parían. Tomó
el lápiz duro para rellenar un dibujo inacabado
semanas atrás y que clamaba por alcanzar su fin. Repasó con un lápiz de
punta suave los bordes y una vez ennegrecido el perímetro le dio por pensar que
tal vez, la dureza vital, a la larga, se
disuelve en tonalidades borrosas de nebuloso e infausto recuerdo; mientras que
lo trazado con el buen hacer de la serenidad, alumbra aquello que resalta por su intensidad,
externa o interna.
Ella se imaginó en sus tiempos de bruma, en medio de tormentas físicas o de las otras y se sintió
neblina también, trazo borroso que apuntara a su extinción. Volvió al
carboncillo de punta blanda; al sentir
su tacto y la estela viva que dejaba en
sus dedos, revivió momentos de sosiego
en los que el bienestar no requería de un porqué o un para qué. Solo tocaba,
entonces, entregarse al disfrute placentero mientras la vida se dejaba sentir
en su versión de mayor intensidad, despejándose como si de incógnita para
principiantes se tratara.
Ella dibujó durante horas. Los
lapiceros menguaron dando a luz nuevas formas a la búsqueda de colores Esa
mañana en la que el tiempo había pasado de puntillas, ella trocó en un lápiz de punta blanda dispuesta
a que lo que quedara del día fuera digno de un buen subrayado. Buena semana.
domingo, 1 de julio de 2018
Nº 44. EL ENCUENTRO COTIDIANO.
Él se agachó para sacar una piedrilla de su sandalia derecha. Andaba sin un rumbo fijo. En el terreno fijaban residencia escasos habitantes vegetales y bichillos; humanos y animales domésticos, solo estaban en tránsito. Desde hacía una década , paralelo al desarrollo urbanístico del lugar, el descampado se reconvirtió en un ágora humana y canina que, como todo punto de encuentro, tenía sus momentos álgidos y otros de absoluto vacío.
Él paseaba a primera hora de la mañana, cuando el sol estaba aún por inventar un nuevo día .A su lado, trotaban, rabos inhiestos, dos perros mestizos que se alejaban, de vez en vez, para iniciar su particular senderismo.
Él, en cómplice y entrañable compañía, desde hacía seis años, repetía lo que llamaba el ritual de bienvenida a la vida.
Él, enfilando el medio siglo, sonreía socarrón, imaginando la respuesta que habría dado, tiempo atrás, si alguien le hubiera propuesto levantarse cada día antes que el día y salir acompañado por un par de canes a deambular por una llanura trocada en erial. De cinco palabras que dijera estaba seguro que seis hubieran sido exabruptos.
Él observó el color del astro rey a medio nacer y el cielo se le antojó placenta tornasolada. Era un día más. Esa vez haría bueno. Extrañamente en esa jornada coincidirían clima y estación.
Él comprendía que ese momento de asueto solitario, en zigzagueante compañía perruna, era la gasolina que durante el día le llevaría, en apariencia, a trabajar sin parar, a decir sin parar, a escuchar sin parar, a querer sin parar; en apariencia, a vivir sin parar.
Él sintió, a su espalda, la mano que acarició, tierna, su hombro. Era el momento del retorno. Ocho partas y cuatro pies dejaban sobre sus anteriores pisadas, huellas del revés. Volvían a casa.
Él acababa así, una vez más, el sencillo ritual que propiciaba el encuentro consigo mismo. Estaba preparado para, en apariencia, la tormenta cotidiana de ese día, en el que extrañamente coincidía clima y estación.Buena semana.
Él paseaba a primera hora de la mañana, cuando el sol estaba aún por inventar un nuevo día .A su lado, trotaban, rabos inhiestos, dos perros mestizos que se alejaban, de vez en vez, para iniciar su particular senderismo.
Él, en cómplice y entrañable compañía, desde hacía seis años, repetía lo que llamaba el ritual de bienvenida a la vida.
Él, enfilando el medio siglo, sonreía socarrón, imaginando la respuesta que habría dado, tiempo atrás, si alguien le hubiera propuesto levantarse cada día antes que el día y salir acompañado por un par de canes a deambular por una llanura trocada en erial. De cinco palabras que dijera estaba seguro que seis hubieran sido exabruptos.
Él observó el color del astro rey a medio nacer y el cielo se le antojó placenta tornasolada. Era un día más. Esa vez haría bueno. Extrañamente en esa jornada coincidirían clima y estación.
Él comprendía que ese momento de asueto solitario, en zigzagueante compañía perruna, era la gasolina que durante el día le llevaría, en apariencia, a trabajar sin parar, a decir sin parar, a escuchar sin parar, a querer sin parar; en apariencia, a vivir sin parar.
Él sintió, a su espalda, la mano que acarició, tierna, su hombro. Era el momento del retorno. Ocho partas y cuatro pies dejaban sobre sus anteriores pisadas, huellas del revés. Volvían a casa.
Él acababa así, una vez más, el sencillo ritual que propiciaba el encuentro consigo mismo. Estaba preparado para, en apariencia, la tormenta cotidiana de ese día, en el que extrañamente coincidía clima y estación.Buena semana.
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