Él, después de una larga y
emocionante vida, había comprendido que el entusiasmo es condición necesaria
pero nunca suficiente para cambiar el mundo a mejor. Buena semana.
domingo, 4 de noviembre de 2018
domingo, 28 de octubre de 2018
N 61. PLANTA AÉREA.
Ella buscaba sus raíces.
Pero no encontraba tierra sobre la que arraigar.
Ella se sentía en el
vacío. Necesita un asidero y lo necesitaba ya.
Ella se percibía como
silueta apenas esbozada y los trazos poco definidos no lograban dibujar su
perfil de manera clara.
Ella vivía, a pesar de
todo, con todo y contra todo. Pero un día, se cansó de mirar siempre en la misma
dirección y cambió su perspectiva. Descubrió, entonces, que existían las
plantas aéreas, que no necesitaban tierra para crecer y que, algunas se
especializaban en aprovechar la lluvia horizontal.
Ella, entonces, sacó para
afuera toda la riqueza que portaba en su interior y que, cerrada bajo siete
candados, era existencia invisible en su
pensamiento.
Ella cambió la mirada. Ya
no estaba aterrorizada ante el error, ni se disculpaba en tono suplicante. Al
contrario, persistía en el intento, una y otra vez, sabedora de que el fracaso
en la repetición fraguaba el éxito de la empresa. Y cuando pedía perdón ante lo
acontecido o por acontecer, comprendía lo sencillo que era vivir en paz,
haciendo lo que se pueda y queriendo lo que se haga.
Ella, planta en el aire,
aprendió a volar y en su viaje descubrió otras plantas, otros paisajes en los
que se reconocía con la distancia suficiente para celebrar la raíz común pero
sin perder su identidad.
Ella decidía cómo crecer,
aprovechaba los recursos a su alrededor, devolvía el doble de lo bueno que recibía: Y mecida por
el viento se apartaba, elegantemente, de quienes la tildaban, peyorativamente,
de colgada. Solo porque era una planta aérea. Buena semana.
domingo, 21 de octubre de 2018
N 60. LA ALJABA
Él terminó de empaquetar las calabazas de rasgos siniestros pero festivos. Una caja más y a por la
siguiente. Desde hacía una década el
interés por la celebración foránea de Halloween había crecido en la pequeña
ciudad que interpretaba este rasgo como símbolo de progreso.
Él sentía indiferencia hacia la figura vegetal anaranjada que parecía
burlarse de cuantos la exhibían en casas y jardines, se suponía que en recuerdo
de lo efímero de la vida y como puente para seguir avanzando en el delicado
trayecto del duelo por quienes ya no estaban pero que estuvieron y fueron parte
de nuestra felicidad.
Él llegó a la fábrica de rebote. La crisis que ahora parecía que se
despedía pero no terminaba de arrancar le encontró tiempo atrás, en el andamio que
por entonces semejaba la gallina de los huevos de oro. Pero el caso es que cuando
la burbuja inmobiliaria explotó, arrasó con el andamio, con la gallina que trocó en común ponedera
de huevos con yema y clara ….. y con él.
Él añoraba su tiempo de albañil. Le gustaba, especialmente, cuando
trabajaba al aire libre; y si tenía que estar en lo alto, mejor que mejor.
Él había tenido que adaptarse a
trabajar en un recinto cubierto donde su
creatividad y libertad estaban ocultas también. No era una ocupación complicada
pero la simpleza de la misma se
contagiaba. Era un quehacer limpio y con un horario pautado. Tenía sus vacaciones
y aunque el sueldo no era para tirar cohetes, le permitía contribuir a la
economía familiar y así salir a flote.
Él cuando salía de la empresa estaba embotado. No era cansancio físico si
bien las articulaciones de sus manos se resentían del automatismo en el que, en
su jornada laboral durante ocho horas montaban llenaban y cerraban cajas rectangulares. Era otra cosa a la que
aun no le ponía nombre.
Él dio una patada a una lata de refresco que tropezó con su zapato
izquierdo deteniendo una carrera sin meta iniciada desde lo alto de la
pendiente. Regresaba a su casa y se debatía entre la seguridad que le proporcionaba
tener un empleo con el que ir escapando y el anhelo de respirar aire fresco,
puro o impuro y poder elevar los pies del suelo.
Él levantó su mano derecha y sin pensarlo la flexionó hacia atrás simulando
el gesto del arquero que coge la flecha del carcaj. Este movimiento le alivió.
Por un momento se imaginó convertido en arquero capaz de mantener la portería
imbatida y repeliendo con pericia todos los avatares que en forma de ataques le
llegaban. Pero también se contempló como diestro asaetador que con eficaces
flechas en su aljaba marcaba su destino sin errar la puntería. Sintió la diferencia de lo lleno y lo vacío cuando
lanzaba con tensión la saeta, dedos pulgar e índice en ángulo recto y el resto
encogidos a fin de delimitar claramente la diana. .Experimentó el estiramiento
previo al lanzamiento del otro brazo. Y fue como si despertara.
Él llegó a casa. Sabía que las cosas cambiarían para bien. Comentó con
su familia las posibilidades de transformar la desazón que le consumía en
energía creadora. Fue escuchado. Casi no se lo podía creer. Había sido capaz,
sin dramatismo, extremismo o destrucción, de hablar de sus necesidades, desde
el corazón. Había tenido el coraje de seguir el consejo de Gorgías, personaje
de Alceste, pieza teatral de Benito Pérez Galdós, que instaba al rey de
Tesalia a sincerarse.
Él, de forma semejante, antes de pisar el umbral del hogar, se había
dicho “Pon una pausa en tu dolor y hablemos”. Así lo hizo. Y pudo comprobar que
el pesar compartido pesaba menos. Y la familia cambió para bien. Buena semana.
domingo, 14 de octubre de 2018
N 59.UP AND DOWN
Ella le colocó el pañal al
bebé con tranquilidad. Los movimientos de sus manos se sucedían con la
normalidad del hábito. Terminó de vestir al benjamín y se dispuso a salir a la
calle en busca del rayo de sol tibio que les arropara mientras andaban la
ciudad.
Ella se detuvo delante de un escaparate en el que la ropa invernal era refutada
por los 27 grados que mostraba, altivo, un termómetro digital, desde la atalaya
de un poste metalizado destacando sobre el paseo recién despierto.
Ella, aun joven por mor de la urgencia social de estirar como chicle la juventud a pesar de haber transitado más de tres décadas, no recordaba tanto calor en esas fechas. La gente mayor, tirando de memoria, tampoco.
Ella se sentó al zoco de unas palmeras y sintió la brisa fresca que, según las noticias meteorológicas, pronto dejaría su lugar al bochorno.
Ella estaba en paz.
Ella miró el cochecito y el pequeño rostro que dormía plácidamente, le hizo pensar. Recordar. Recodarse.
Ella rememoró cuando cinco años atrás tuvo su primer hijo. Le vino a la mente ese momento que su pareja y ella llamaban DESACTIVAR LA BOMBA. Y que hacía alusión al instante de limpiar y cambiar el pañal al ahora primogénito, pero entonces un ser pequeñito, de movimientos impredecibles y en apariencia tan frágil como el estudiante de vidriera cervantino.
Ella, con la distancia que daba el tiempo y el cambio de escenario, sonrió al percibir en el recuerdo el olor agrio del miedo en forma de sudor, la respiración contenida al voltear con éxito la pequeña nalga y la sensación de triunfo cada vez que la operación concluía con un final feliz.
Ella respiró. Se fueron de su cabeza esos pensamientos y con ellos la vida como artefacto explosivo por neutralizar. Ahora tocaba otro momento. Ahora era tiempo de tregua. Desconocía cuánto duraría la estación de la calma. Porque ignoraba el futuro, ya fuera perfecto o imperfecto. Pero sabía que así como había principiado, también habría de finalizar. Por eso tomaba con deleite el aire, cada vez menos fresco; disfrutaba del paseo mañanero, experimentaba el placer de la visión del sueño infantil hecho dicha y nada, nada, de lo que le rodeaba le era ajeno; y todo, todo, en derredor encajaba.
Ella sabía que llegarían instantes venideros, imposibles de avistar en su ahora, donde la vida trocaría en un arriba y abajo tobogánico; o como diría una querida amiga anglófila, momentos up and down; o como diría un sabio y venerable viejillo vecino , momentos apandaun o apandau, pues pronunciaba la n final según la vitalidad de sus pulmones.
Ella había aprendido que cuando había mar de fondo, la superficie aparentaba calma y que la tormenta daba vida a la tranquilidad. Con el correr de los años, iba escuchando las señales de su tiempo; y también prestaba atención a los indicios que en su interior le ayudaban a nombrar su día a día. Vivía aprendiendo a reconocerse en marcas, huellas, muescas, devenidas a veces en cicatrices y otras en reliquias hacia las que de vez en vez peregrinaba.
Ella, ahora serena, sabía que la vida era poliédrica; pero en tiempos de tontuna se disponía, diligente, cada día, a lijar sus aristas. Buena semana.
Ella, aun joven por mor de la urgencia social de estirar como chicle la juventud a pesar de haber transitado más de tres décadas, no recordaba tanto calor en esas fechas. La gente mayor, tirando de memoria, tampoco.
Ella se sentó al zoco de unas palmeras y sintió la brisa fresca que, según las noticias meteorológicas, pronto dejaría su lugar al bochorno.
Ella estaba en paz.
Ella miró el cochecito y el pequeño rostro que dormía plácidamente, le hizo pensar. Recordar. Recodarse.
Ella rememoró cuando cinco años atrás tuvo su primer hijo. Le vino a la mente ese momento que su pareja y ella llamaban DESACTIVAR LA BOMBA. Y que hacía alusión al instante de limpiar y cambiar el pañal al ahora primogénito, pero entonces un ser pequeñito, de movimientos impredecibles y en apariencia tan frágil como el estudiante de vidriera cervantino.
Ella, con la distancia que daba el tiempo y el cambio de escenario, sonrió al percibir en el recuerdo el olor agrio del miedo en forma de sudor, la respiración contenida al voltear con éxito la pequeña nalga y la sensación de triunfo cada vez que la operación concluía con un final feliz.
Ella respiró. Se fueron de su cabeza esos pensamientos y con ellos la vida como artefacto explosivo por neutralizar. Ahora tocaba otro momento. Ahora era tiempo de tregua. Desconocía cuánto duraría la estación de la calma. Porque ignoraba el futuro, ya fuera perfecto o imperfecto. Pero sabía que así como había principiado, también habría de finalizar. Por eso tomaba con deleite el aire, cada vez menos fresco; disfrutaba del paseo mañanero, experimentaba el placer de la visión del sueño infantil hecho dicha y nada, nada, de lo que le rodeaba le era ajeno; y todo, todo, en derredor encajaba.
Ella sabía que llegarían instantes venideros, imposibles de avistar en su ahora, donde la vida trocaría en un arriba y abajo tobogánico; o como diría una querida amiga anglófila, momentos up and down; o como diría un sabio y venerable viejillo vecino , momentos apandaun o apandau, pues pronunciaba la n final según la vitalidad de sus pulmones.
Ella había aprendido que cuando había mar de fondo, la superficie aparentaba calma y que la tormenta daba vida a la tranquilidad. Con el correr de los años, iba escuchando las señales de su tiempo; y también prestaba atención a los indicios que en su interior le ayudaban a nombrar su día a día. Vivía aprendiendo a reconocerse en marcas, huellas, muescas, devenidas a veces en cicatrices y otras en reliquias hacia las que de vez en vez peregrinaba.
Ella, ahora serena, sabía que la vida era poliédrica; pero en tiempos de tontuna se disponía, diligente, cada día, a lijar sus aristas. Buena semana.
domingo, 7 de octubre de 2018
N 58. RECREÁNDOME.
Él peinó su pelo maquinalmente, sin apenas reparar en su imagen duplicada en el espejo. Con semejante automatismo repasó los rasgos de la cara como si sospechara que alguna parte no estuviera en el sito correcto. Pero todo estaba en orden.
Él se marchó. Salió de la casa con paso ligero. Era su modo de estar en cuanto ponía el pie fuera del umbral hogareño. Aunque no tuviera un rumbo fijo y simplemente paseara, andaba con la urgencia de quien tiene que alcanzar una meta.
Él entró en su librería favorita. Iba a recoger el libro encargado una semana atrás que ansiaba devorar a pesar de que sus palabras no vaticinaban fácil digestión.
Él esperaba su turno mientras su mirada se posaba ligera en la mesa de las novedades, pasaba a las de las actualizaciones en papel de los clásicos populares y arribaba al estante donde moraban fotografías de toda clase y condición que tan pronto le hacían viajar siglos atrás como le aventuraban en un futuro, generalmente metalizado y con frecuencia robotizado. Un marbete amplio, llamativo informaba que se estaba ante la sesión AYER Y MAÑANA.
Él detuvo su vista en dos ilustraciones en color sepia; en una se reproducía una cabalgata de la capital, con fecha capicúa ,1881, donde los disfraces, los papahuevos y las jóvenes en las carroza, a pesar de lo festivo de la ocasión, traslucían cansancio y rigidez; en la otra, tres mujeres adultas enfundadas en ropas gruesas, mantilla incluida, ocultaban su cuerpo del que solo eran visibles el rostro y las manos, que trabajaban con ahínco en una máquina tejedora en un lugar frío del norte.
Él pensó que en ambas imágenes no había presente. El espacio y el tiempo habían cambiado desde entonces; aquellas personas llevaban cuatro generaciones desaparecidas y los usos de la época habían sido sustituidos por la innovación que proporcionaban las nuevas tecnologías tanto en el ocio como en el negocio. ¿Y qué ocurriría con lo venidero?
Él se sintió puente relator entre un pasado que había expirado y un futuro que comenzaba a inspirar.
Él trocó en aire por el que circulaba el eco de lo pretérito para irse a traer los días por llegar.
Él se experimentó fuera de la dimensión temporal. Como si en cada momento confluyera todo lo posible, un eterno retorno desconocido que vinculaba y del que era imposible permanecer al margen.
Él sintió que cada segundo estrenado contenía la simiente de toda posibilidad. En un instante, fugaz, percibió su vida como una infinita recreación inabarcable para su mente. Y llegó al mostrador donde recibió su pedido.
Él sonrió desde el corazón. Fue una mueca alegre y espontánea. Tal vez porque ya tenía en sus manos el anhelado libro, délicatesse a degustar. Tal vez por ese extraño y lúcido viaje por el tiempo iniciado con el color sepia de las fotos expuestas. Tal vez porque comprendió que la vida era un continuo recrearse. Todo estaba en orden pero también en desorden.
Él desde entonces, cuando le preguntan por cómo está, se vuelve sonrisa fugaz y contesta recreándome. Buena semana.
Él se marchó. Salió de la casa con paso ligero. Era su modo de estar en cuanto ponía el pie fuera del umbral hogareño. Aunque no tuviera un rumbo fijo y simplemente paseara, andaba con la urgencia de quien tiene que alcanzar una meta.
Él entró en su librería favorita. Iba a recoger el libro encargado una semana atrás que ansiaba devorar a pesar de que sus palabras no vaticinaban fácil digestión.
Él esperaba su turno mientras su mirada se posaba ligera en la mesa de las novedades, pasaba a las de las actualizaciones en papel de los clásicos populares y arribaba al estante donde moraban fotografías de toda clase y condición que tan pronto le hacían viajar siglos atrás como le aventuraban en un futuro, generalmente metalizado y con frecuencia robotizado. Un marbete amplio, llamativo informaba que se estaba ante la sesión AYER Y MAÑANA.
Él detuvo su vista en dos ilustraciones en color sepia; en una se reproducía una cabalgata de la capital, con fecha capicúa ,1881, donde los disfraces, los papahuevos y las jóvenes en las carroza, a pesar de lo festivo de la ocasión, traslucían cansancio y rigidez; en la otra, tres mujeres adultas enfundadas en ropas gruesas, mantilla incluida, ocultaban su cuerpo del que solo eran visibles el rostro y las manos, que trabajaban con ahínco en una máquina tejedora en un lugar frío del norte.
Él pensó que en ambas imágenes no había presente. El espacio y el tiempo habían cambiado desde entonces; aquellas personas llevaban cuatro generaciones desaparecidas y los usos de la época habían sido sustituidos por la innovación que proporcionaban las nuevas tecnologías tanto en el ocio como en el negocio. ¿Y qué ocurriría con lo venidero?
Él se sintió puente relator entre un pasado que había expirado y un futuro que comenzaba a inspirar.
Él trocó en aire por el que circulaba el eco de lo pretérito para irse a traer los días por llegar.
Él se experimentó fuera de la dimensión temporal. Como si en cada momento confluyera todo lo posible, un eterno retorno desconocido que vinculaba y del que era imposible permanecer al margen.
Él sintió que cada segundo estrenado contenía la simiente de toda posibilidad. En un instante, fugaz, percibió su vida como una infinita recreación inabarcable para su mente. Y llegó al mostrador donde recibió su pedido.
Él sonrió desde el corazón. Fue una mueca alegre y espontánea. Tal vez porque ya tenía en sus manos el anhelado libro, délicatesse a degustar. Tal vez por ese extraño y lúcido viaje por el tiempo iniciado con el color sepia de las fotos expuestas. Tal vez porque comprendió que la vida era un continuo recrearse. Todo estaba en orden pero también en desorden.
Él desde entonces, cuando le preguntan por cómo está, se vuelve sonrisa fugaz y contesta recreándome. Buena semana.
domingo, 30 de septiembre de 2018
N 57 .PARA QUIEN LO SABE AMAR.
Ella paró su andar. Llegó
a aquel lugar que barruntaba misterio parido a golpe de piedra, más de cinco
siglos atrás. Se sentó. Tomó resuello y le dio por pensarse.
Ella recordó un aforismo de Tagore que había cosido con puntada certera,
palabra a palabra, a sus pensamientos en otra época en la que el planeta era
más joven y que desde entonces le graduaba la visión de lo novedoso. ”Para
quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de infinito. Se hace tan
pequeño como una canción, como un beso de lo eterno” decía la sabiduría hecha
sentencia..
Ella se refrescaba con estas palabras, cuando el calor de lo cotidiano,
derivaba en átona monotonía y le oprimía.
Ella encontraba un cálido agasajo en este juntar letras, como quien alinea
troncos en la chimenea, cuando el frío de la desesperanza le hacía recelar de
que hubiera lugar fértil por desbrozar más allá de la agonía presente.
Ella amaba el decir y el escuchar. Y cuando el habla quedaba en barbecho, amaba
el silencio.
Ella respiró en aquella cueva de cuatro puertas artificiales. Sus pequeños pies
pisaron ahí donde hombres y mujeres de antaño tal vez custodiaron el grano, la
infancia femenina, el saludo y despedida del sol, el cuerpo postrero desecado;
su espalda se apoyó en la misma pared que amparó el balar de cabras y ovejas,
el pánico de los huidos tras la guerra civil, el primer beso de amor hecho
deseo juvenil; su ojos recorrieron el reino de la toba volcánica desbastada
donde de marzo a septiembre fijó residencia la vida en forma de alisios.
Ella conectó su dispositivo móvil. Fotografió el lugar. La imagen fijó el
presentimiento a la tierra, la conjetura a las enigmáticas cazuelas que
horadaban suelo y paredes con exactitud geométrica. La sospecha se dispersó en
arenilla levantada por el viento.
Ella contempló la instantánea. La suposición trocó en certeza y el mundo, sin
careta, trocó en intuición. Buena semana.domingo, 23 de septiembre de 2018
Nº 56. DEJA QUE LA PREGUNTA HAGA SU TRABAJO.
Él abrazó a la pequeña que se despertaba risueña. La siesta había durado
una hora. La tarde de otoño, aún con el
horario de verano, se presentaba inusualmente calurosa y en nada auguraba que
el invierno llegaría en pocos meses; las horas previas al crepúsculo se tiñeron
con la claridad propia de una primavera de manual.
Él pellizcó los cachetes regordetes de la niña al tiempo que repetía su nombre
acompañado de un sí tan rotundo que no dejaba lugar a dudas .El nombre propio y
el adverbio de afirmación eran acogidos por
una sonrisa que, pronto, trocaba en carcajada.
Él repetía el mantra del cariño diciéndole, con el más estudiado de los
histrionismos, que era una cosa muy seria. Y su hija reía, reía y reía.
Él aprovechaba para hacerle cosquillas con la banda sonora de la
autoestima de fondo. Era una rutina que formaba parte de las deliciosas y
nutritivas tradiciones del amor. Y casi sin darse cuenta pasaron los años.
Él se encontraba aquella mañana despertando a la adolescente que tardaba
en abrir los ojos pidiendo una prórroga de cinco minutos. Acarició sus mofletes
que ya no eran rechonchos y lucían una orografía
afilada. La joven remolona se desperezaba. El adulto le repetía la afirmación
nominal y ancestral. Brotaba, otra vez, la magia de la sonrisa mezclada, esta
vez, con la confusión de las hormonas
por ubicarse en aquel cuerpo que ni era infantil ni era maduro.
El atisbó una sombra de tristeza en aquellos brillantes ojos. Parecían
interrogarle sobre todo y sobre nada. En un abrazo por asalto la chica se le asió
al cuello y de forma casi inaudible le
susurró al oído “¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?”.
Él guardó silencio. Respiró. La estrechó en sus brazos. Repitió su
nombre. Hilvanó tres síes consecutivos con el hilo de la confianza y de forma
queda musitó “Deja que la pregunta haga su trabajo. Date tiempo”. Buena semana.
domingo, 16 de septiembre de 2018
N 55. LOS IMPREVISTOS Y EL DESEO
Ella conducía pensando en la ducha de agua fresca que se iba
a dar en cuanto llegara a su casa. Tan
concentrada estaba en la anticipación del refrescante placer, que confundía el
sudor, tibio y salado, que se expandía por su cuerpo sin apenas resistencia, con
el líquido frío, real solo en su
imaginación y que le hacía la boca agua.
Ella no estaba caliente; estaba calurosa.
Ella había tenido una mañana de trabajo a cámara lenta pero
sin descanso. El polvo en suspensión que había teñido de una capa amarilla el
horizonte, también impregnó la jornada laboral, secando el aire, secando las gargantas,
secando las horas. Y las conversaciones trocaron en jareas dialécticas, que
iban desde afirmar lo evidente (qué calor
hacía ) pasando por la añoranza de la época
en la que el aire gélido besaba
el rostro ( qué bueno el viento cuando sopla fresco) hasta llegar a la petición
reiterada de que la calima y su compañero inseparable, el bochorno, se alejaran
lo más rápido posible (qué cambie el tiempo, por favor)
Ella enfiló el tramo final que le llevaría al hogar. La
cercanía del mar anaranjado aumentaba la
sensación pegajosa de la que pronto, estaba segura, se desprendería.
Ella aparcó, abrió el buzón y encontró la notificación de Correos
en la que se le indicaba que se le había ido a entregar un paquete a su nombre pero que al no estar en el domicilio debía acudir a la oficina.
Ella tardó solo unos pocos segundos en decidir ir a buscar
el cuenco tibetano que al fin había llegado tras una larga espera y que sería
el regalo para su abuela en su noventa cumpleaños.
La viejita le había dado instrucciones precisas sobre los
metales que habrían de componer el artefacto que, aseguraba
con auténtico convencimiento, canalizaría su energía hacia una instancia
superior. Y la celebración del
cumpleaños era esa tarde.
Ella regresó al hogar tres cuartos de hora después con la
ropa húmeda pegada al cuerpo y con el deseo de la ducha a flor de piel. Entró
en la casa y al depositar el artilugio de cobre, plomo, estaño, hierro, oro,
plata y mercurio, reparó en una nota que desde una coqueta mesilla y en
mayúscula le informaba de que el grifo de la ducha se había estropeado. La
remitente era la persona que realizaba las tareas de la casa dos veces por semana.
Ella no sabía si ponerse a tocar el cuenco o darse con el
mazo en la cabeza. Tenía mucho calor y ansiaba darse una ducha. A poco estuvo
de rendirse a los designios fatídicos pero solo a poco.
Ella fue al baño, fotografió lo que había que reparar, tiró
para la ferretería, compró los repuestos, retornó a la casa echa un mar muerto y arregló el accidente doméstico. Una
vez más, como otras tantas. Eso sí, antes de iniciar la reparación llenó un
balde de agua en el fregadero y se lo echó por encima.
Ella, sin calor, sin ropa, sin agobio, arregló lo estropeado;
y aún le dio tiempo para tocar el cuenco siguiendo las enseñanzas de la
matriarca nonagenaria. Buena semana.
domingo, 9 de septiembre de 2018
N 54. PIEL CARCELARIA
Él anduvo con paso titubeante. Casi
un anciano, de los de principios del siglo XXI, era octogenario. A pesar de su avanzada edad disfrutaba de una buena salud física. Lo
mental era harina de otro costal. La inseguridad en el andar se debía a que le
faltaba fijar la atención en el camino. Su fuerza, su energía, se concentraba en su mano derecha que con
regularidad dirigía hacia la cara como si quisiera quitarse alguna pelusa, mota
de polvo o resto de comida.
Él arrastraba sus pies en un
zigzageo distraído mientras su diestra impactaba una y otra vez contra sus
mejillas. Y así llevaba años que de pronto fueron décadas.
Él había transitado por el siglo
anterior cargando un lastre, intangible
a ojos ajenos pero que le pesaba como una losa y le había detenido en una
contienda lejana que revivía una y otra vez, mientras dormía o en la vigilia.
Él no podía olvidar las manos que
se aferraron a su pechera, los ojos aterrados y la maldición en forma de saliva
antes de que el fornido prisionero cayera por la tristemente famosa sima,
después de que él diera la orden. Recordaba haber limpiado la baba moribunda.
Recordaba que aquella fue la primera de las noches en las que el sueño se
vistió de sobresaltos gelatinosos que terminaban haciendo diana en su cara.
Él era conocido en su pueblo. Durante
mucho tiempo fue temido por la crueldad arbitraria con la que imponía su
voluntad gracias al poder que detentaba; después, con el pasar de los años, y
su caída en desgracia, fue despreciado; y en el momento que enfilaba la recta
final de su periplo vital era, simplemente, ignorado, experimentando el ostracismo más feroz.
Él, en su infancia, quiso sentirse
especial; en su juventud se arrimó al sol que más calentaba; durante gran parte
de su vida, jugó a ser Dios sin importar el sufrimiento que provocaban, un día sí
y otro también, sus acciones sobre sus semejantes; y en su vejez no parecía lograr firmar la tregua que borrara la perenne y nítida huella de unos ojos
aterrados, unos brazos aferrados y un esputo acusador; preso triste en una siniestra
piel carcelaria. ¿Llegaría a tiempo el armisticio? Buena semana.
domingo, 26 de agosto de 2018
Nº 52. ESCENIFICACIONES PERFECTAS
Él tenía en sus manos los papeles que certificaban que el vehículo, tanto
tiempo anhelado, era suyo. Sentía una profunda satisfacción al comprobar que las
cifras y letras de aquellos folios eran su pasaporte para la felicidad.
Él no podía cerrar la boca. La sonrisa se le desbordaba en el gesto, como
escapista con pericia. Se sentía grande, alto, fuerte, capaz y por encima de
todo, tenía unas ganas incontrolables de reír.
Él estaba entusiasmado. Dentro de sí había prendido una potente llama que le garantizaba la llegada al reino de lo imposible. No es que le gustara el histrionismo; bien al contrario prefería pasar desapercibido y dejar el protagonismo para quienes preferían mostrar. Pero ahora no cabía en sí.
Él nunca había sentido ese poder, magma ardiente que brotaba en su interior. Se asombraba cuando se sorprendió dando brincos de alegría. No era el hecho de tener ese coche nuevo el responsable de la fogata que prendió allá dentro. Era que se había propuesto algo, en otro tiempo inaccesible y que a base de peldaños de ilusión, en muchas ocasiones contracorriente, a partir de ahora formaría parte de su cotidianeidad.
Él se despidió del auto anterior. Le agradecía sus 14 años compartidos y las sendas desbrozadas en su compañía. Le dijo adiós al color gris metalizado. El nuevo automóvil era rojo y solo con verlo la sangre le fluía juguetona y contenta.
Él se permitió gozar de lo que llegaba y despedir lo que se iba con la serenidad y lucidez de que aunque, de algún modo, todo queda, de otro que cobra cada vez más presencia, todo pasa. Recordó unas líneas de Sándor Márai en "La mujer justa" que reflejaban a la perfección lo que llevaba años barruntando y desde meses atrás se había convertido en una certeza. Decía uno de los protagonistas “Hay una ordenación invisible en la Vida: cuando la situación requiere que se lleve a cabo algo determinado, las circunstancias se convierten en cómplices, sí, e incluso el lugar y los objetos, y las personas cercanas se ponen en connivencia inconsciente con la situación…..Cuando quiere crear algo, la vida realiza escenificaciones perfectas”.
Él se comprometió consigo mismo a diseñar las escenificaciones perfectas por las que su deseo deseara circular. Metió primera y empezó a conducir, empezó a conducirse. Buena semana.
Él estaba entusiasmado. Dentro de sí había prendido una potente llama que le garantizaba la llegada al reino de lo imposible. No es que le gustara el histrionismo; bien al contrario prefería pasar desapercibido y dejar el protagonismo para quienes preferían mostrar. Pero ahora no cabía en sí.
Él nunca había sentido ese poder, magma ardiente que brotaba en su interior. Se asombraba cuando se sorprendió dando brincos de alegría. No era el hecho de tener ese coche nuevo el responsable de la fogata que prendió allá dentro. Era que se había propuesto algo, en otro tiempo inaccesible y que a base de peldaños de ilusión, en muchas ocasiones contracorriente, a partir de ahora formaría parte de su cotidianeidad.
Él se despidió del auto anterior. Le agradecía sus 14 años compartidos y las sendas desbrozadas en su compañía. Le dijo adiós al color gris metalizado. El nuevo automóvil era rojo y solo con verlo la sangre le fluía juguetona y contenta.
Él se permitió gozar de lo que llegaba y despedir lo que se iba con la serenidad y lucidez de que aunque, de algún modo, todo queda, de otro que cobra cada vez más presencia, todo pasa. Recordó unas líneas de Sándor Márai en "La mujer justa" que reflejaban a la perfección lo que llevaba años barruntando y desde meses atrás se había convertido en una certeza. Decía uno de los protagonistas “Hay una ordenación invisible en la Vida: cuando la situación requiere que se lleve a cabo algo determinado, las circunstancias se convierten en cómplices, sí, e incluso el lugar y los objetos, y las personas cercanas se ponen en connivencia inconsciente con la situación…..Cuando quiere crear algo, la vida realiza escenificaciones perfectas”.
Él se comprometió consigo mismo a diseñar las escenificaciones perfectas por las que su deseo deseara circular. Metió primera y empezó a conducir, empezó a conducirse. Buena semana.
domingo, 19 de agosto de 2018
Nº 51.EL ROSTRO RECIÉN NACIDO.
Ella contempló el rostro, recién nacido, sereno, dormido. Se diría que
estaba haciendo acopio de fuerzas para la larga vida que se abría de par en par
al compás de su respiración.
Ella estaba embobada ante esa carita arrugada que, con solo un día de vida,
aunaba niñez y vejez, alfa y omega, en un gesto que parecía decir “esto es la
vida”.
Ella apenas rozó sus pequeños dedos y se maravilló ante todas las cosas que asirían,
las caricias que darían; semejaban eslabones del puente que se extenderían en
múltiples bifurcaciones y que le permitirían alcanzar la vida que deseara.
Ella percibió que los ojos, rayas bien delineadas mientras reinaba el
sueño, se abrieron y aún, sin ver, lucían inteligentes.
Ella vivió unos de esos momentos en los que la vida muestra su cara más
amable, cuando todo está por construir; la fundación del imperio de la ilusión,
la instauración de la república del soñar, el establecimiento de la federación
de los imposibles, tomando forma de un
cuerpo de 3 kilos y medio.
Ella se reflejaba en ese pequeño ser y se vivió en diminuta, como en el
principio fue y recuperó la frescura de lo sencillo y la curiosidad ante un
mundo por descubrir.
Ella, ese día, tras sumergirse en el mundo de lo pequeñito, emergió más
grande. En su interior quedó la imagen de la ternura hecha ínfimo semblante que le narraba
utopías cálidas, bellas, perfumadas, sabrosas y armoniosas. Un mundo por
construir en cada rostro recién nacido; ese que una vez fuimos aunque con
frecuencia hemos relegado al olvido; pero que pide ser reconocido, empeñado en trazar el
camino hacia la felicidad. Buena semana.
domingo, 12 de agosto de 2018
Nº 50. LUGAR Y TIEMPO
Él miró la piedra menuda en forma de confite, de color blanquecino, con leves visajes dorados; sabía que era una calcificación de algas; sabía además que el pétreo caramelo se utilizaba para afilar los picos de las animales en la otrora popular pelea de gallo.
Él paseó por aquel lugar costero, a diez minutos del bullicio de la ciudad. Era temprano, la marea estaba baja; el sol aún estaba tibio; el silencio solo era interrumpido por el viento que soplaba racheado.
Él contempló una acumulación de piedras; semejaba un muro a medio derruir; formaba parte de la desaparecida salina que abasteciera a gran parte del lugar hasta mediados del siglo pasado. No quedaba nada del pozo, el molino de viento, los canales de distribución; la pared, a duras penas en pie, era el último vestigio del pasado con textura salada.
Él inspiraba el aire fresco mirando el batir de las olas que, aun tímidas, empezaban a hacer acto de presencia. A su espalda había un yacimiento de los aborígenes cuya investigación estaba por concretar. Era un enigma la vida de los habitantes del lugar medio milenio atrás; la lejanía del espacio en relación al núcleo poblacional más cercano sugería que tal vez los ocupantes de aquellas cuevas fueran profesionales que en su quehacer laboral trataban con sangre o con muertos, los trasquilados, intocables según la tradición. Mirladores, enterradores, carniceros podrían haber contemplado ese mismo mar atados a un trabajo que les condenaba al ostracismo.
Él pensó en todos los enigmas por descubrir, en las posibles explicaciones del pasado presente y futuro. En lo que permanece y lo que cambia. En lo que está, aunque no estemos. En lo que estuvo aunque no estuvimos. Cerró los ojos y le vino a la mente una fotografía del pie de la montaña que quedaba a su derecha. Casi podía tocar la ingente cantidad de pescado que se secaba sobre las piedras y que a base de sol acompañaría como nutritivas jareas a pescadores y marineros en las largas y solitarias travesías. El recuerdo de la imagen, en blanco y negro, le hacía salivar como si masticara una tira del endurecido y canelo pescado.
Él anduvo por el yacimiento marino que mostraba el reinado fósil del Hemicycla saulcy, caracol que estuvo en aquel lugar pero en otro tiempo.
Él agradeció estar allí en ese tiempo. Y deseó estar en el tiempo por venir. Buena semana.
Él paseó por aquel lugar costero, a diez minutos del bullicio de la ciudad. Era temprano, la marea estaba baja; el sol aún estaba tibio; el silencio solo era interrumpido por el viento que soplaba racheado.
Él contempló una acumulación de piedras; semejaba un muro a medio derruir; formaba parte de la desaparecida salina que abasteciera a gran parte del lugar hasta mediados del siglo pasado. No quedaba nada del pozo, el molino de viento, los canales de distribución; la pared, a duras penas en pie, era el último vestigio del pasado con textura salada.
Él inspiraba el aire fresco mirando el batir de las olas que, aun tímidas, empezaban a hacer acto de presencia. A su espalda había un yacimiento de los aborígenes cuya investigación estaba por concretar. Era un enigma la vida de los habitantes del lugar medio milenio atrás; la lejanía del espacio en relación al núcleo poblacional más cercano sugería que tal vez los ocupantes de aquellas cuevas fueran profesionales que en su quehacer laboral trataban con sangre o con muertos, los trasquilados, intocables según la tradición. Mirladores, enterradores, carniceros podrían haber contemplado ese mismo mar atados a un trabajo que les condenaba al ostracismo.
Él pensó en todos los enigmas por descubrir, en las posibles explicaciones del pasado presente y futuro. En lo que permanece y lo que cambia. En lo que está, aunque no estemos. En lo que estuvo aunque no estuvimos. Cerró los ojos y le vino a la mente una fotografía del pie de la montaña que quedaba a su derecha. Casi podía tocar la ingente cantidad de pescado que se secaba sobre las piedras y que a base de sol acompañaría como nutritivas jareas a pescadores y marineros en las largas y solitarias travesías. El recuerdo de la imagen, en blanco y negro, le hacía salivar como si masticara una tira del endurecido y canelo pescado.
Él anduvo por el yacimiento marino que mostraba el reinado fósil del Hemicycla saulcy, caracol que estuvo en aquel lugar pero en otro tiempo.
Él agradeció estar allí en ese tiempo. Y deseó estar en el tiempo por venir. Buena semana.
domingo, 5 de agosto de 2018
Nº 49. FAITA, FAITA..
Ella llegó a ese día como si hubiera transitado por un árido y desértico paraje. Tenía sed y estaba cansada.
Ella deseaba sentir el agua en su boca y la anticipaba fresca, casi fría, meandros que sortearían resecos rincones en forma de lengua, dientes y paladar petrificados.
Ella arribó a las costas de ese amanecer, exhausta, con el corazón hecho trizas pero aún latiendo.
Ella acudió a la cita con la aurora, ávida de que el cielo clareara la oscuridad, abriéndose paso por los resquicios de los muros tras los que su mente había quedado emparedada.
Ella había superado la barrera del dolor que, al trocar en nocturno, se expandía como sombra envolvente y siniestra.
Ella, al rayar el alba, abandonó el lecho insomne sin volver la vista sobre una orografía abrupta de sábanas y almohadas retorcidas
Ella, al fin, despuntó, como el día que principiaba. Había reunido el valor para traspasar la negrura. Le acompañaban en esta aventura sus ancestras, cuyos rostros serenos reflejaban un futuro exitoso; le acompañaban en esta aventura sus ancestros, cuyas miradas comprensivas le hablaban del poder de la vida. El mensaje procedía de una lengua surgida de la piel profunda, de otra época, que retornaba para insuflarle el coraje necesario para seguir adelante.
Ella blanqueó sus pesares con aquel vocablo exótico, aunque cercano , faita , que era lo mismo que gritar arriba d’ ellos , ten valor, confía en ti. Lo repitió hasta que cada una de sus células se transformó en coselete contra el miedo. Y el mundo, lúcido y templado, amaneció. Y ella también. Buena semana.
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