Ella miró el firmamento. Lucía una luna gibosa creciente Tenía forma cóncava, por ambos lados, en su parte luminosa. Inusualmente no había viento en esa playa referente para el surf y sus variantes.
Ella mojó los pies en el agua fresca que a ratos y de forma efímera se volvía invisible dependiendo de la ruta de las nubes. Tomó aire y respiró. A pesar del bullicio exterior se hizo un silencio en su interior y con la palabra pensada a modo de cincel grabó en su corazón en letras grandes, sin ornamento, RESPIRO, AGRADEZCO Y CONSTRUYO UNA VIDA SERENA, EFICAZ Y ALEGRE.
Ella retrocedió unos pasos y se sentó en la playa de adoquines irregulares. Era un lecho pedregoso pero lecho al fin y al cabo. A su izquierda varias personas de diferentes edades, a la luz de la linterna de un móvil escribían, como si de silenciosos copistas medievales se tratara, en unos pequeños papeles; una vez concluida la tarea doblaban meticulosamente las cuartillas para finalmente irlas depositando en una mitad hueca de coco trocada en pira que pronto comenzó a arder como pequeña hoguera tropical. Pasaron minutos hasta que la grafía se volvió ceniza, polvo gris como los vocablos que la gestaron. Después, el residuo grisáceo fue a dar a la mar “que es el morir” y con él se disolvía el sufrir. Empezó el espectáculo pirotécnico acuático. Luces de distintos colores brillaron fugaces. La esperanza olió a pólvora pacifista. El entusiasmo parió futuro.
Ella disfrutó de aquella noche mágica, aquella Noche de San Juan ,en una playa referente mundial para la práctica del surf y sus variantes que, inusualmente, estaba en calma. Buena semana.
domingo, 24 de junio de 2018
domingo, 17 de junio de 2018
Nº 42.SON 629 PERSONAS.
Él limpió las 5 zanahorias con el cepillo y las cortó en trozos de 5 a 7 centímetros. Cortó la manzana en rodajas finas. Cortó el rizoma en finas rodajas y pasó todos los ingredientes por la licuadora .Minutos más tarde aquello se transformó en un revitalizante jugo de zanahoria, manzana y jengibre.
Él acababa de regresar de un viaje en barco por motivos de trabajo. Estaba resfriado. Además, unas náuseas le acompañaron como pegajosa baba de caracol, casi desde que partió del puerto vecino.
Él había tenido un viaje movidito. El mar, caprichoso, se alborotó sin motivo aparente y pronto se hizo una cola zigzagueante , a la puerta de los baños de rostros variopintos, que iban desde lo cetrino a lo amarillento, pasando por un blanco despojado de sangre. Aunque la travesía duró poco, se le hizo eterna.
Él sorbió el zumo de colores alegres y sabor ligeramente picante. Sabía que en breve su cuerpo estaría repuesto, especialmente después de dormir varias horas en su dormitorio fresco, tranquilo, con las sábanas limpias y una nota de bienvenida de su cómplice vital.
Él se dio una ducha caliente y frotó su piel, anticipando el placer que otorga el sueño reparador. Seco y sin pijama, desconectó el móvil y se introdujo en la cama. Pronto estuvo dormido en paz. Varias horas después se reunió con su familia para acabar el día acompañándose, queriéndose, escuchándose disfrutándose, compartiendo los buenos y no tan buenos recovevos de la cotidianidad. La familia estaría, obviamente, arraigada en su lugar de residencia.
Él y su entorno familiar estarían fuera de la lista de los 629 nómadas, marinos involuntarios que, huyendo de la guerra y del hambre, no tendrían zumo que calmara las náuseas producidas por la mala mar, física y humana. Por fortuna, gracias al buen hacer, que haberlos, hailos , 629 errantes,pasajeros accidentales , tendrían un Acuarius, de paradójica y casual homonimia con la afamada marca de refrescos y que trocaría en el mejor antídoto posible contra la estupidez, el miedo y el egoísmo miope que sumergen a la humanidad en un vértigo de difícil sanación.
Él descansó y, sin pesadillas, disfrutó de su sueño. Al despertar ya no estaba mareado. Puso los pies en el suelo.Pisaba tierra firme. Buena semana.
Él acababa de regresar de un viaje en barco por motivos de trabajo. Estaba resfriado. Además, unas náuseas le acompañaron como pegajosa baba de caracol, casi desde que partió del puerto vecino.
Él había tenido un viaje movidito. El mar, caprichoso, se alborotó sin motivo aparente y pronto se hizo una cola zigzagueante , a la puerta de los baños de rostros variopintos, que iban desde lo cetrino a lo amarillento, pasando por un blanco despojado de sangre. Aunque la travesía duró poco, se le hizo eterna.
Él sorbió el zumo de colores alegres y sabor ligeramente picante. Sabía que en breve su cuerpo estaría repuesto, especialmente después de dormir varias horas en su dormitorio fresco, tranquilo, con las sábanas limpias y una nota de bienvenida de su cómplice vital.
Él se dio una ducha caliente y frotó su piel, anticipando el placer que otorga el sueño reparador. Seco y sin pijama, desconectó el móvil y se introdujo en la cama. Pronto estuvo dormido en paz. Varias horas después se reunió con su familia para acabar el día acompañándose, queriéndose, escuchándose disfrutándose, compartiendo los buenos y no tan buenos recovevos de la cotidianidad. La familia estaría, obviamente, arraigada en su lugar de residencia.
Él y su entorno familiar estarían fuera de la lista de los 629 nómadas, marinos involuntarios que, huyendo de la guerra y del hambre, no tendrían zumo que calmara las náuseas producidas por la mala mar, física y humana. Por fortuna, gracias al buen hacer, que haberlos, hailos , 629 errantes,pasajeros accidentales , tendrían un Acuarius, de paradójica y casual homonimia con la afamada marca de refrescos y que trocaría en el mejor antídoto posible contra la estupidez, el miedo y el egoísmo miope que sumergen a la humanidad en un vértigo de difícil sanación.
Él descansó y, sin pesadillas, disfrutó de su sueño. Al despertar ya no estaba mareado. Puso los pies en el suelo.Pisaba tierra firme. Buena semana.
.
lunes, 11 de junio de 2018
Nº 41. LA FLEXIBILIDAD.
Ella giró sobre sí. Seguía las indicaciones de la monitora, en aquel taller de baile, que se
retorcía en cada paso. A pesar de ser una mujer corpulenta, al ritmo de la
música de los tambores, su figura se desdibujaba rompiéndose y recomponiéndose
en pocos segundos.
Ella sintió el calor del sol en su piel blanca. Tenía sed. Pero se resistía
a dejar la improvisada pista en
donde música, danza, sudor y
alegría se mezclaban en alegre silueta móvil.
Ella intentaba copiar los gestos de la mujer alta, ancha, negra que,
risueña invadía el espacio a golpe de movimientos cimbreantes y sonrisa amplia.
Ella repetía la letanía gozosa y su cuerpo se volvió volcán. A su lado,
otras personas de similar o diferente edad a la suya componían una efímera
coreografía en la que cada cual tenía su lugar.
Ella creyó que flotaba cuando tras tocar el piso , levantó el pie derecho
con una fuerza desconocida pero que fluyó con naturalidad. No había
competición, solo ganas de danzar. No había comparación que catalogara lo
diferente como deficiente; solo había creatividad.
Ella trocó en junco y, flexible, comprendió que lo mismo besaba el suelo
que tocaba el cielo. A fin de cuentas, la vida era bailar y cuanta más
flexibilidad, más posibilidad de saborear la cadencia propia y ajena. Buena
semana.
domingo, 3 de junio de 2018
Nº 40 EL CONTENEDOR
Él tiró con fuerza a un contenedor, negro y medio lleno, una bolsa de
papel. Le fastidió porque había estado preparando dos bocadillos con esmero una
hora antes. Mientras cortaba el huevo duro, la rodaja de tomate, el aguacate,
refrescaba una tierna hoja de lechuga y extraía el atún entero y jugoso de su
lecho metálico, anticipaba el momento en el que disfrutaría del concierto al
lado de su pareja.
Él dio con su gozo en un pozo cuando a la entrada del recinto le indicaron que no podría entrar su manjar casero, a pesar de que ni era tóxico, ni contenía objeto punzante y a pesar de que fuera solo efímero alimento que tuviera las horas contadas.
Él trató de convencer al hombre que, amparado en su uniforme reiteraba la negativa que la expresión de su rostro desmentía. Su miraba roló hacia la incomprensión del absurdo pero fue rápidamente engullida por el deber que se vestía con el equipaje de la autoridad y la disonante mueca de fastidio.
Él lanzó el paquete con la fuerza que lo hiciera el neozelandés Tomas Walsh .El bulto no recorrió 22’03 metros como hiciera el proyectado por el campeón olímpico. Su vuelo apenas alcanzó metro y medio. Pero la intención rabiosa de ambos lanzadores mantenía una curiosa isomorfía.
Él entró, ligero de equipaje, a la instalación reconvertida en espacio de eventos multitudinarios de otra índole que la estrictamente deportiva, como popularmente se la reconocía. Masticaba el jilorio que ya empezaba a tomar asiento en su vientre cuando se topó.de frente con una larga cola que venía a morir ante un mostrador donde, por tres veces su precio habitual, se podría obtener comida y bebidas que acompasaran los acordes de la música por sonar. De pronto, se quedó sin apetito. Era su reacción ante lo inaceptable por injusto. Su cuerpo, entonces, no sabía cómo digerir y se cerraba.
Él buscó, con la complicidad de su acompañante, el lugar desde donde vibraría con la magia de la música. Pero un trocito de sí buscó acomodo dentro de un cartucho perfumado con unas gotas de aceite de oliva y que en el mejor de los casos, sería la cena, como si se tratara de la corrosiva y lúcida lotería de Babel ,pergeñada por Borges, para quien fuera agraciado entre los más de 200 sin techos que habitaban la ciudad. O como el vocabulario políticamente correcto definía, integrantes del grupo de sinhogarismo o de exclusión residencial.
Él respiró. Tres horas más tardes, el contenido del contenedor contentaría, tal vez, a cientos. Y el contenido del espectáculo, tal vez, a miles. Buena semana.
Él dio con su gozo en un pozo cuando a la entrada del recinto le indicaron que no podría entrar su manjar casero, a pesar de que ni era tóxico, ni contenía objeto punzante y a pesar de que fuera solo efímero alimento que tuviera las horas contadas.
Él trató de convencer al hombre que, amparado en su uniforme reiteraba la negativa que la expresión de su rostro desmentía. Su miraba roló hacia la incomprensión del absurdo pero fue rápidamente engullida por el deber que se vestía con el equipaje de la autoridad y la disonante mueca de fastidio.
Él lanzó el paquete con la fuerza que lo hiciera el neozelandés Tomas Walsh .El bulto no recorrió 22’03 metros como hiciera el proyectado por el campeón olímpico. Su vuelo apenas alcanzó metro y medio. Pero la intención rabiosa de ambos lanzadores mantenía una curiosa isomorfía.
Él entró, ligero de equipaje, a la instalación reconvertida en espacio de eventos multitudinarios de otra índole que la estrictamente deportiva, como popularmente se la reconocía. Masticaba el jilorio que ya empezaba a tomar asiento en su vientre cuando se topó.de frente con una larga cola que venía a morir ante un mostrador donde, por tres veces su precio habitual, se podría obtener comida y bebidas que acompasaran los acordes de la música por sonar. De pronto, se quedó sin apetito. Era su reacción ante lo inaceptable por injusto. Su cuerpo, entonces, no sabía cómo digerir y se cerraba.
Él buscó, con la complicidad de su acompañante, el lugar desde donde vibraría con la magia de la música. Pero un trocito de sí buscó acomodo dentro de un cartucho perfumado con unas gotas de aceite de oliva y que en el mejor de los casos, sería la cena, como si se tratara de la corrosiva y lúcida lotería de Babel ,pergeñada por Borges, para quien fuera agraciado entre los más de 200 sin techos que habitaban la ciudad. O como el vocabulario políticamente correcto definía, integrantes del grupo de sinhogarismo o de exclusión residencial.
Él respiró. Tres horas más tardes, el contenido del contenedor contentaría, tal vez, a cientos. Y el contenido del espectáculo, tal vez, a miles. Buena semana.
domingo, 27 de mayo de 2018
Nº 39 LA INTUICIÓN
Ella levantó la tapa del antiguo baúl y una
nube de polvo se elevó hacia las alturas de aquel amplio desván.
Ella inició un concierto cuya directora de orquesta fue, en esta ocasión, la sinusitis. Se sucedieron los estornudos, el moqueo, los ojos enrojecidos a punto de la lágrima y la tos.
Ella sintió cómo su boca se convertía en una caja de resonancia. El paladar se volvió muro de las lamentaciones contra el que chocaba la alergia trocada en sonoro empuje. Los cachetes se inflaron como sopladeras de efímero esplendor y el rostro se borró, suplantado por una mueca, ora expresionista, ora picasiana.
Ella se enfrentó a ese momento en el que la intuición la envolvía. No era novedad su aparición pero sí su intensidad. Lo reconocía cada vez que la comida era deliciosamente picante; cuando la caricia de él inauguraba el día, dejando obsoleta toda alarma habida y por haber; en esos momentos en los que era consciente que principiaba un nuevo rumbo en su trayectoria vital...
Ella usaba la razón. Le concedía el valor relativo a la organización de lo que, sí o sí, habría de quedar registrado dentro del estrecho marco del orden. Era el instrumento ideal para la burocracia del día a día. Por ello no esperaba calidez fuera del estricto margen de la eficacia per se.
Ella usaba la intuición. Era el espejo en el que daba su mejor perfil sin tener que recurrir a maquillajes físicos o virtuales. Le bastaba con escuchar el latido de su corazón hasta que con la más genuina de las sonrisas comprendiera lo que debería y quería hacer.
Ella había recibido como parte de una herencia un arcón de tea en el que iba a descubrir las idas y venidas de un pariente lejano. Causas y azares se entretejieron para que la heredera estuviera a punto de iniciar un viaje apasionante por las raíces familiares. Periplo del que sabía que volvería fortalecida, lúcida y agradecida.
Ella miró dentro del arca y los objetos que contempló le hablaron; habría de empezar por leer la historia de aquel hombre casi desconocido, al que le unía lazos de sangre, acontecida décadas antes de su nacimiento; habría de poner en hora un pequeño reloj de metal que se había detenido en las diez y diez; habría de desentrañar el significado de aquella piedra de un azul espectacular que parecía tener mucho que contar; habría tanto por conocer, tanto por hacer….
Ella avistaba un mundo donde la creatividad pasada presente y futura se hicieran una. Lo intuía. Y estornudó. Buena semana.
Ella inició un concierto cuya directora de orquesta fue, en esta ocasión, la sinusitis. Se sucedieron los estornudos, el moqueo, los ojos enrojecidos a punto de la lágrima y la tos.
Ella sintió cómo su boca se convertía en una caja de resonancia. El paladar se volvió muro de las lamentaciones contra el que chocaba la alergia trocada en sonoro empuje. Los cachetes se inflaron como sopladeras de efímero esplendor y el rostro se borró, suplantado por una mueca, ora expresionista, ora picasiana.
Ella se enfrentó a ese momento en el que la intuición la envolvía. No era novedad su aparición pero sí su intensidad. Lo reconocía cada vez que la comida era deliciosamente picante; cuando la caricia de él inauguraba el día, dejando obsoleta toda alarma habida y por haber; en esos momentos en los que era consciente que principiaba un nuevo rumbo en su trayectoria vital...
Ella usaba la razón. Le concedía el valor relativo a la organización de lo que, sí o sí, habría de quedar registrado dentro del estrecho marco del orden. Era el instrumento ideal para la burocracia del día a día. Por ello no esperaba calidez fuera del estricto margen de la eficacia per se.
Ella usaba la intuición. Era el espejo en el que daba su mejor perfil sin tener que recurrir a maquillajes físicos o virtuales. Le bastaba con escuchar el latido de su corazón hasta que con la más genuina de las sonrisas comprendiera lo que debería y quería hacer.
Ella había recibido como parte de una herencia un arcón de tea en el que iba a descubrir las idas y venidas de un pariente lejano. Causas y azares se entretejieron para que la heredera estuviera a punto de iniciar un viaje apasionante por las raíces familiares. Periplo del que sabía que volvería fortalecida, lúcida y agradecida.
Ella miró dentro del arca y los objetos que contempló le hablaron; habría de empezar por leer la historia de aquel hombre casi desconocido, al que le unía lazos de sangre, acontecida décadas antes de su nacimiento; habría de poner en hora un pequeño reloj de metal que se había detenido en las diez y diez; habría de desentrañar el significado de aquella piedra de un azul espectacular que parecía tener mucho que contar; habría tanto por conocer, tanto por hacer….
Ella avistaba un mundo donde la creatividad pasada presente y futura se hicieran una. Lo intuía. Y estornudó. Buena semana.
domingo, 20 de mayo de 2018
Nº 38 LA ALARGASCENCIA
Él llegó
a la su casa y al poner los pies en el salón sintió un extraño chapoteo.
Convertido
en involuntario marinero sin vocación ni atuendo adecuados para tal menester
siguió el rastro líquido hasta que dio con el origen de aquel suelo acuoso,
surgido mientras él y su familia estaban fuera del hogar, esto era, desde cinco horas atrás.
Él se
quedó parado ante la nevera trocada en níveo y extravagante monolito adornado con imanes variopintos,
recetas de cocina, calendario de impuestos municipales y dibujos en modo Picasso infantil.
Él
recordaba que no hacía más de seis años cuando trajeron el electrodoméstico en
sustitución de otro más pequeño y que había durado quince años. Coincidió la
compra con la incorporación a su nuevo, por entonces, trabajo, en el que había
permanecido hasta el momento.
Él
recordaba que el técnico, al retirar el objeto estropeado, comentó que ya no se
hacían aparatos así. Con voz socarrona hablaba de que se construían artefactos imprescindibles para la vida , con
una fecha de caducidad que poco o nada tenía que ver con el uso o abuso que de
ellos se hiciera. Poco después, rememoraba ahora, había conocido una expresión
que, a su juicio, era diáfana expresión de la estupidez humana: la obsolescencia
programada. O de la inteligencia distraída, según se mirara
Él
comprendía que programar la vida útil de un objeto cuando la tecnología
propiciaría innumerables resurrecciones, obedecía al ánimo de lucro sin tener
en cuenta daños directos o colaterales, especialmente para el medioambiente.
Él,
otrora, había aprendido la palabra
sostenibilidad que como eco eterno se repetía en toda conferencia internacional
que intentara proteger el planeta del saqueo al que la desafección humana le
estaba sometiendo. Y a colación de este término esperanzador se alumbró otro,
que si bien prematuro en su nacimiento, crecía con gran fortaleza: la alargaescencia.
Este canto al sentido común y solidario habría de encuadrarse en un orden
social donde el consumo no implicara el derroche sino la apuesta por las
segundas oportunidades en la que objeto y sujeto caminaran a la par.
Él se
dispuso a secar el estanque improvisado en el que no hubo tiempo para que la
vida surgiera. A golpe de fregona absorbiendo
el líquido ennegrecido, decidió que ya era hora de colocar el valor de lo útil en el puesto que
le correspondía; mientras el hielo derretido formaba conatos de microglaciares
que atenazaban sus pantorrillas, se
sintió como el coronel Aureliano Buendía
frente al pelotón de fusilamiento, momento en el que recordaría el día que su
padre le llevó a conocer el hielo.
Él
pensó que, a pesar de los pesares, quedaba la palabra, hablada o escrita,
pensada o sentida, cuya fecha de
caducidad estaba, afortunadamente por descubrir.
Él,
desde entonces, se comprometió a
retrasar el acta de defunción tanto como estuviera en su mano. Tal vez un poco más. Buena semana.
domingo, 13 de mayo de 2018
Nº 37 EL INSTANTE
Ella depositó los envases en los contenedores de colores que prometían la resurrección en otros cuerpos, semejantes o diferentes de los actuales sin que el karma tuviera protagonismo alguno en otorgar otra oportunidad de vida. Plásticos, vidrios y cartón fueron colocados con sus iguales a la espera de un renacimiento donde la existencia establecía maridaje con la utilidad.
Ella, después, condujo satisfecha por haber distribuido lo que en su casa quedara relegado a la zona de tránsito, embarque a otro destino, previsible pero aún desconocido. Los objetos habían agotado su tiempo y era el momento, para aquellos seres inertes y vacíos, de habitar en otras moradas a fin de conjugar el ostracismo que los convertían en desperdicios donde no tendrían precio ni tampoco valía.
Ella solía transformar el hogar con regularidad. Esta pasión por el cambio no era compartida por el resto de la familia que la tildaba de culo inquieto o ave sin nidar o gallina recién parida moviendo de sitio a sus gatitos.
Ella hacía oídos sordos a tales expresiones, consciente de que ese juntar palabras, como todo, tenía sus horas contadas. Igual ocurría con el apañar silencios, En ambos casos la eternidad pugnaba, protegida con el coselete de la desesperación, por hacerse hueco vestida con los ropajes de la importancia, la verdad, y la objetividad.
Ella andaba, buceaba, saltaba, intuyendo que bajo la apariencia de lo constante, lo único que, a su entender, permanecía, era el senderismo, cual funambulista, por el instante. Buena semana.
Ella, después, condujo satisfecha por haber distribuido lo que en su casa quedara relegado a la zona de tránsito, embarque a otro destino, previsible pero aún desconocido. Los objetos habían agotado su tiempo y era el momento, para aquellos seres inertes y vacíos, de habitar en otras moradas a fin de conjugar el ostracismo que los convertían en desperdicios donde no tendrían precio ni tampoco valía.
Ella solía transformar el hogar con regularidad. Esta pasión por el cambio no era compartida por el resto de la familia que la tildaba de culo inquieto o ave sin nidar o gallina recién parida moviendo de sitio a sus gatitos.
Ella hacía oídos sordos a tales expresiones, consciente de que ese juntar palabras, como todo, tenía sus horas contadas. Igual ocurría con el apañar silencios, En ambos casos la eternidad pugnaba, protegida con el coselete de la desesperación, por hacerse hueco vestida con los ropajes de la importancia, la verdad, y la objetividad.
Ella andaba, buceaba, saltaba, intuyendo que bajo la apariencia de lo constante, lo único que, a su entender, permanecía, era el senderismo, cual funambulista, por el instante. Buena semana.
domingo, 6 de mayo de 2018
Nº 36 LA MITAD DE LA HISTORIA
Él giró su cabeza y vio descender una figura negra que fue a posarse en la rama más alta de un pino. Era uno de los treinta cuervos que quedaban en el lugar. Era un animal que tenía mala fama.
Él había visto un conejo muerto en el estrecho camino que transitaran, otrora, los carboneros en su cotidiano laborar, y que, en ese momento, había quedado relegado a la senda del olvido. El ave, todo vista y olfato se fue acercando a su alimento con la paciencia que da la sabiduría.
Él recordó el refrán que hablaba de no multiplicar esta especie de la familia de los ´córvidos, so pena de trocar, quien se dedicara a tal crianza, en involuntario Edipo. Afortunadamente también había una versión tautológica y divertida que solo informaba de que la familia crecería en diminutivo. Lo que tanto una como otra omitían era que la familia aumentaría a razón de tres a siete huevos azulados, cada vez, en febrero o en abril.
Él admiró el azabache de sus plumas que la creciente bruma iba ocultando. En su cabeza brotó como una erupción repentina la catarata de males adjudicados a tal avispado animal; esta lava incluía el ataque a cabritos, conejos y gazapos; el opíparo festín a base de huevos de codornices, frutas de los bosques, maíz de los sembrados y uvas de los viñedos; e incluso el robo, con premeditación y alevosía, de bocadillos a excursionistas de inteligencia distraída y de ropa y llaves a ingenuos turistas.
Él se alejó del lugar que pronto quedaría invadido por la oscuridad de la noche. Según avanzaba paso a paso se dijo que en esta ocasión, como suele ser habitual, faltaba la mitad de la historia. Se Imaginaba que quienes consideraban al cuervo una animal de mal vivir ignoraban que su existencia era un canto a la supervivencia donde venenos, en especial raticidas, el plomo de los perdigones alojados en cadáveres de conejos o palomas, los tendidos eléctricos o las aspas de los aerogeneradores y la falta de comida por la estabulación de los animales o el cierre de vertederos, eran pruebas fijas a sortear en su gimkana diaria.
Él se acercaba a lo que se conocía popularmente como la Ventana del Nublo , mientras el frío besaba de forma apasionada el rostro que no atinara a cubrir. En medio de la majestuosidad de aquel mirador natural realizó lo que consideró un acto de justicia, otorgando valor a la existencia del corvus corax canariensis. Talló con palabras, en su pensamiento, las virtudes de este ser despreciado por negro y ladrón (si bien considerado inteligente, lo que, paradójicamente, aumentaba su maldad) cual orfebre hiciera con el bello ónix antes de ser pulido. Así dio gracias por su incalculable labor como dispersador de semillas endémicas y limpiador de restos de animales muertos. Era la otra parte de la historia que al hacerse palabra (hablada o escrita) alumbraba la comprensión de un mundo en el que ni eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran. Buena semana.
Él había visto un conejo muerto en el estrecho camino que transitaran, otrora, los carboneros en su cotidiano laborar, y que, en ese momento, había quedado relegado a la senda del olvido. El ave, todo vista y olfato se fue acercando a su alimento con la paciencia que da la sabiduría.
Él recordó el refrán que hablaba de no multiplicar esta especie de la familia de los ´córvidos, so pena de trocar, quien se dedicara a tal crianza, en involuntario Edipo. Afortunadamente también había una versión tautológica y divertida que solo informaba de que la familia crecería en diminutivo. Lo que tanto una como otra omitían era que la familia aumentaría a razón de tres a siete huevos azulados, cada vez, en febrero o en abril.
Él admiró el azabache de sus plumas que la creciente bruma iba ocultando. En su cabeza brotó como una erupción repentina la catarata de males adjudicados a tal avispado animal; esta lava incluía el ataque a cabritos, conejos y gazapos; el opíparo festín a base de huevos de codornices, frutas de los bosques, maíz de los sembrados y uvas de los viñedos; e incluso el robo, con premeditación y alevosía, de bocadillos a excursionistas de inteligencia distraída y de ropa y llaves a ingenuos turistas.
Él se alejó del lugar que pronto quedaría invadido por la oscuridad de la noche. Según avanzaba paso a paso se dijo que en esta ocasión, como suele ser habitual, faltaba la mitad de la historia. Se Imaginaba que quienes consideraban al cuervo una animal de mal vivir ignoraban que su existencia era un canto a la supervivencia donde venenos, en especial raticidas, el plomo de los perdigones alojados en cadáveres de conejos o palomas, los tendidos eléctricos o las aspas de los aerogeneradores y la falta de comida por la estabulación de los animales o el cierre de vertederos, eran pruebas fijas a sortear en su gimkana diaria.
Él se acercaba a lo que se conocía popularmente como la Ventana del Nublo , mientras el frío besaba de forma apasionada el rostro que no atinara a cubrir. En medio de la majestuosidad de aquel mirador natural realizó lo que consideró un acto de justicia, otorgando valor a la existencia del corvus corax canariensis. Talló con palabras, en su pensamiento, las virtudes de este ser despreciado por negro y ladrón (si bien considerado inteligente, lo que, paradójicamente, aumentaba su maldad) cual orfebre hiciera con el bello ónix antes de ser pulido. Así dio gracias por su incalculable labor como dispersador de semillas endémicas y limpiador de restos de animales muertos. Era la otra parte de la historia que al hacerse palabra (hablada o escrita) alumbraba la comprensión de un mundo en el que ni eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran. Buena semana.
martes, 1 de mayo de 2018
Nº 35 SILENCIOSO COMO UN NINJA
Ella no paraba de hablar. Deseaba guardar silencio pero no había forma de que su lengua se acallara. Había salido del mudo encierro; tiempo ha, casualidades tejidas a punto cruz con los hilos de colores políticos caídos en desgracia le habían condenado a varios años de presidio.
Ella firmó un contrato con la palabra hablada una vez traspasada la puerta metálica de alta seguridad que durante una década se convirtió en frontera inexpugnable. El pacto que se aprestó a rubricar era su manera de recuperarse de un tiempo de silencio, en el que se había convertido en dura y seca mojama.
Ella se volvió palabra líquida. Ya no volvió a concebir la vida como parrilla candente avivada por verdugos solícitos; ya no pedía a los cielos o a los infiernos que la tostaran por el otro lado. Ya no ejecutaban los macabros funcionarios su petición por un siniestro sentido del orden.
Ella sintió, al recuperar el habla, que el desasosiego, silencioso como un ninja, se disolvía.
Ella no ansió más simetrías dolorosas. Concluyó su tiempo de silencio. Buena semana.
domingo, 22 de abril de 2018
Nº34 LA LÚCIDA TRADICIÓN
Él subió la persiana metálica. Había almorzado temprano una comida ligera.
Aún faltaban dos horas para abrir el negocio pero había mucho que preparar. A
pesar de lo agotador de su quehacer laboral, disfrutaba con la sonrisa, un
híbrido entre nerviosismo e ilusión, que
afloraba en el rostro de quien ocupara el trono de uno de los más tiernos protagonismos posibles, durante unas
horas.
Él sentía un bienestar inefable cada
tarde cuando la vida se volvía dulzura en
forma de tarta, la ilusión se vestía de
velas encendidas o números candentes y
la tradicional banda sonora, felicitaba, envolvente, con una melodía, mantra ancestral, cuya letra establecía una ecuación en la que despejar las
incógnitas tenía más que ver con la satisfacción de los deseos que con un
difícil problema a resolver.
Él, antes de abrir las puertas de su local de celebración de cumpleaños,
brindaba con agua, con zumo, con
refresco, con vino o con licor, por la
dicha ajena que en breve, tomaría el lugar por asalto.
Él pensaba, cada noche al echar las
persianas en su lugar de trabajo, en la
belleza que se aposenta dos dedos por debajo del ombligo, que trepa hasta los labios para habitar en forma
de sonrisa sin otra causa que la de sentir , como decía el poema de la escritora tinerfeña, Isabel
Medina, interpretado por la cantautora Marisa.”Qué bueno que alguien decidió
que tú pudieras ser”.
Él, al terminar su jornada, brindaba con agua, zumo, refresco, vino o licor
por la dicha propia que, escalaba desde su vientre para coronar su boca. Y durante
364 días al año (a excepción de los
bisiestos) había aprendido a felicitarse como si del día de su cumpleaños se
tratara. Era su forma de celebrar la vida. Lúcida tradición. Y así, agradecía
estar vivir. Buena semana..
domingo, 15 de abril de 2018
Nº 33 LA DIVISIÓN COLUMNAR
Ella estaba arreglando el pavimento de su jardín. El empuje de raíces potentes había levantado el piso. Así lucía una parte del terreno, en la zona cercana a un acebuche de tronco robusto y un tanto retorcido donde pequeñas y suaves colinas se elevaban ligeramente. La ondulación era visible si bien de fácil integración en el paisaje. Otra cuestión era la fractura que atravesaba a varios azulejos.
Ella pensó en la fuerza de lo que no estaba en la superficie pero que más temprano que tarde, afloraba marcando su orografía. Se fijó en que por mucho cemento que se vertiera sobre la vida, quedaba algún resquicio donde el latido de la tierra se perpetuaba.
Ella se dijo que costaba inventariar los elementos del paisaje, de cualquier paisaje, natural o artificial. Porque, en lo hondo, a veces lo que está sumergido fluye como mar de rutina serena; pero otras, esconde formas que han quedado petrificadas en un instante de sorpresa. En estos casos la solidificación se habría producido ante la imposibilidad del desbordamiento o el vaciarse.
Ella se concentró en la línea desigual que partía en dos mitades desiguales un ladrillo color salmón. Una hormiga bien nutrida, ágil, presurosa, andaba el camino convertido en desfiladero.
Ella se imaginó una lluvia repentina y casi eterna que aflorara lo que estaba oculto en el jardín, el propio, el ajeno y el común. Tuvo la certeza de que emergerían bastantes formaciones afectadas por la división columnar. Se aventuraba a afirmar que los pentágonos o hexágonos y en algunos casos, octágonos, que conformarían sus caras podrían ser fácilmente reconocibles como las máscaras que, pese a su aparente variedad, se reducían a la tragedia y comedia en la que la vida se desdobla como folio plegado una y mil veces en la construcción de figuras de papel.
Ella cabalgó, a lomos de la imaginación, retornando a la superficie. Y volvió a contemplar la elevación, la fractura, por la que, esta vez, se escapaba a toda velocidad una fila de hormigas disciplinadas y eficaces en el cumplimiento del rutinario deber programado, hasta que desapareció por el abismo. En ese momento tomó una decisión.
Ella levantaría el piso de su jardín. “Sacaría todo afuera, como la primavera.” Había decidido que quería que nacieran cosas nuevas y para ello empezaría por reconocer, aceptar con ternura, o sea, amar y recolocar en el nuevo espacio cuanta forma petrificada por la contención excesiva había dado paso a un subsuelo donde la vida se estrechaba en una agonía geométrica .Después llegarían, las flores y los frutos. Tiempo al tiempo. Buena semana.
Ella pensó en la fuerza de lo que no estaba en la superficie pero que más temprano que tarde, afloraba marcando su orografía. Se fijó en que por mucho cemento que se vertiera sobre la vida, quedaba algún resquicio donde el latido de la tierra se perpetuaba.
Ella se dijo que costaba inventariar los elementos del paisaje, de cualquier paisaje, natural o artificial. Porque, en lo hondo, a veces lo que está sumergido fluye como mar de rutina serena; pero otras, esconde formas que han quedado petrificadas en un instante de sorpresa. En estos casos la solidificación se habría producido ante la imposibilidad del desbordamiento o el vaciarse.
Ella se concentró en la línea desigual que partía en dos mitades desiguales un ladrillo color salmón. Una hormiga bien nutrida, ágil, presurosa, andaba el camino convertido en desfiladero.
Ella se imaginó una lluvia repentina y casi eterna que aflorara lo que estaba oculto en el jardín, el propio, el ajeno y el común. Tuvo la certeza de que emergerían bastantes formaciones afectadas por la división columnar. Se aventuraba a afirmar que los pentágonos o hexágonos y en algunos casos, octágonos, que conformarían sus caras podrían ser fácilmente reconocibles como las máscaras que, pese a su aparente variedad, se reducían a la tragedia y comedia en la que la vida se desdobla como folio plegado una y mil veces en la construcción de figuras de papel.
Ella cabalgó, a lomos de la imaginación, retornando a la superficie. Y volvió a contemplar la elevación, la fractura, por la que, esta vez, se escapaba a toda velocidad una fila de hormigas disciplinadas y eficaces en el cumplimiento del rutinario deber programado, hasta que desapareció por el abismo. En ese momento tomó una decisión.
Ella levantaría el piso de su jardín. “Sacaría todo afuera, como la primavera.” Había decidido que quería que nacieran cosas nuevas y para ello empezaría por reconocer, aceptar con ternura, o sea, amar y recolocar en el nuevo espacio cuanta forma petrificada por la contención excesiva había dado paso a un subsuelo donde la vida se estrechaba en una agonía geométrica .Después llegarían, las flores y los frutos. Tiempo al tiempo. Buena semana.
domingo, 8 de abril de 2018
Nº32. LA ORUPOSATERAPIA
Él se había convertido en una pieza de puzle que había encontrado su encaje.
Él, desde hacía tiempo, años ya, había sustituido la prisa por la eficacia. Había rectificado su trayectoria, hasta entonces lineal, previsible y jalonada de ansiedades. Fue en cierta rotonda vital, donde optó por otra salida.
Él desaprendió, aunque no olvidó, y aprendió, recordando lo estudiado. Desde aquella época lejana, sus pasos diarios, que venían a morir en la nocturnidad, se despedían con un “majo y cierro” que ponía punto y final a lo que la jornada le reparara. Sin volver la vista atrás.
Él se instruyó en una disciplina que contenía la actualización periódica en coincidencia con el crepúsculo, periódico también, de lo que tuvo a bien llamar “”Oruposaterapia”.
Él, con su nuevo entrenamiento se condujo de otra forma, en el ámbito privado como público. Se imaginaba como una eterna crisálida que albergaba tanto al gusano pasado como a la mariposa futura pero que no se identificaba totalmente con ninguno de los dos.
Él vivía en una época donde la palabra terapia se había convertido en sufijo imprescindible para certificar el manejo sano de la propia vida. Bastaba teclear dicho vocablo en el más exitoso de los buscadores para que en 0’43 segundos aparecieran 146 millones de páginas relacionadas con tal popular palabra. Por esto le resultó sencillo poner nombre a la forma que de allí en adelante le enseñaría a vivir la vida de la mejor manera posible en el mejor de los mundos posibles.
Él, cuando el sol cedía su lugar a la luna, diseccionaba las horas pretéritas, en las que la vigilia repartía espacios tanto de tristeza como de alegría. Al comienzo de este aprender, cedió a la tentación de vestir la aflicción con el poco agraciado traje de la incomodidad y obligar al alborozo a llevar el atuendo uniforme de la felicidad. Pero, a medida que el ejercicio se hizo rutina, ante el cual, la miopía vital respondía con las agujetas del desagrado, la cosa cambió.
Ý él también.
Él, cada noche se despide de lo que fue, sabedor de que no hay tiempo perdido y de que las ganas de ir en su busca tiene más de leyenda urbana que de realidad ( rural o metropolitana). Se siente así, oruga que barrunta su final transformador. Cada noche, de igual modo, experimenta las contracciones, aun de baja intensidad y espaciadas, de lo que ha de llegar. Es su parte mariposa que pide aire por el que volar.
Él ha pasado de formar parte de un rompecabezas a un arreglacorazones. Los suyos. Y también, los ajenos. Y este es su encaje. Buena
Él, desde hacía tiempo, años ya, había sustituido la prisa por la eficacia. Había rectificado su trayectoria, hasta entonces lineal, previsible y jalonada de ansiedades. Fue en cierta rotonda vital, donde optó por otra salida.
Él desaprendió, aunque no olvidó, y aprendió, recordando lo estudiado. Desde aquella época lejana, sus pasos diarios, que venían a morir en la nocturnidad, se despedían con un “majo y cierro” que ponía punto y final a lo que la jornada le reparara. Sin volver la vista atrás.
Él se instruyó en una disciplina que contenía la actualización periódica en coincidencia con el crepúsculo, periódico también, de lo que tuvo a bien llamar “”Oruposaterapia”.
Él, con su nuevo entrenamiento se condujo de otra forma, en el ámbito privado como público. Se imaginaba como una eterna crisálida que albergaba tanto al gusano pasado como a la mariposa futura pero que no se identificaba totalmente con ninguno de los dos.
Él vivía en una época donde la palabra terapia se había convertido en sufijo imprescindible para certificar el manejo sano de la propia vida. Bastaba teclear dicho vocablo en el más exitoso de los buscadores para que en 0’43 segundos aparecieran 146 millones de páginas relacionadas con tal popular palabra. Por esto le resultó sencillo poner nombre a la forma que de allí en adelante le enseñaría a vivir la vida de la mejor manera posible en el mejor de los mundos posibles.
Él, cuando el sol cedía su lugar a la luna, diseccionaba las horas pretéritas, en las que la vigilia repartía espacios tanto de tristeza como de alegría. Al comienzo de este aprender, cedió a la tentación de vestir la aflicción con el poco agraciado traje de la incomodidad y obligar al alborozo a llevar el atuendo uniforme de la felicidad. Pero, a medida que el ejercicio se hizo rutina, ante el cual, la miopía vital respondía con las agujetas del desagrado, la cosa cambió.
Ý él también.
Él, cada noche se despide de lo que fue, sabedor de que no hay tiempo perdido y de que las ganas de ir en su busca tiene más de leyenda urbana que de realidad ( rural o metropolitana). Se siente así, oruga que barrunta su final transformador. Cada noche, de igual modo, experimenta las contracciones, aun de baja intensidad y espaciadas, de lo que ha de llegar. Es su parte mariposa que pide aire por el que volar.
Él ha pasado de formar parte de un rompecabezas a un arreglacorazones. Los suyos. Y también, los ajenos. Y este es su encaje. Buena
domingo, 1 de abril de 2018
Nº31. EL PESO DEL PASO
Ella fijó la
atención en sus pies descalzos que andaban, con la firmeza de la indiferencia
al dolor que solo otorga el recuerdo, grabado a fuego, de un sufrir mayor. Un
traje marrón, sencillo, de manga larga, lejos de ser muestra solo de un gusto
estético austero, hablaba, cuando no gritaba, de un trueque en el que el
antídoto para la aflicción se vestía de agradecimiento canelo oscuro.
Ella fijó la mirada penitente en un punto indefinido. Sobria, lejana, de vueltas de los infiernos, aliviada con el
corazón cicatrizado, empeñada en corresponder a lo pactado.
Ella, rostro arrugado en el que habitaban meandros y otros accidentes propios de la orografía facial entrada en años, llevaba esperando ese momento varios meses; desde aquel noviembre invernal en el que las visitas al hospital salieron de su rutina a escape, sin que se las echara de menos, dejando tras de sí una estela aromática y aséptica. Era el olor del desinfectante con el que frotaba sus manos cada vez que entraba o salía de la habitación y que su nariz confundía con el perfume de flores marchitas alcoholizadas.
Ella, ahora, pagaba la deuda contraída con la caminata que, lejos de la práctica placentera del senderismo, rememoraba, bien es verdad que con una buena dosis de anestesia emocional, las veredas del padecimiento ya zanjado.
Ella había hecho una promesa guiada por una deseo febril de conjurar la impotencia ante la agonía de un ser querido. Perdiendo la fe en las estadísticas que pintaban un panorama desolador buscó la alianza que le acompañara en los momentos, que de pronto fueron años, de supervivencia aderezada con el caldo ácido de la angustia.
Ella recorrió los kilómetros de la procesión, en silencio, los labios sellados, los oídos taponados, los ojos centrados en la curva o recta que se abrían a su paso, las manos asiendo, rígidas los pliegues del uniforme café con leche, la nariz, embriagada con la esencia del descanso del que salda una deuda cuantiosa.
Ella sentía sobre sí el peso de su paso en la vida, que a su parecer, le ofrecía una segunda oportunidad, una prórroga valiosa en la que su vestuario se poblaría de colores alegres. Eso sería después. Al concluir ese andar peregrino en el que aún gusano intuía la cercanía de su transformación en mariposa.
Ella llegó a la meta final. Sus pies, sucios y dolientes, acogerían en breve un cómodo calzado. Su cuerpo exhausto por el esfuerzo, se envolverían, en breve también, en cálidas sábanas perfumadas. Su corazón, cauterizada la herida, retornaba a un sístole y diástole ordinarios sin alteración digna de tener en cuenta.
Ella recordó el abrazo plagado de sincero agradecimiento, que diera al equipo médico que, a su juicio, realizara el milagro. Solo le restaba un tema pendiente y recurrente entre quienes la desesperación hacía diana.
Ella había aprendido que el dolor era sagrado. El propio y el ajeno. El físico y el emocional. Y desde entonces aligeró el peso de su paso. Buena semana.
Ella, rostro arrugado en el que habitaban meandros y otros accidentes propios de la orografía facial entrada en años, llevaba esperando ese momento varios meses; desde aquel noviembre invernal en el que las visitas al hospital salieron de su rutina a escape, sin que se las echara de menos, dejando tras de sí una estela aromática y aséptica. Era el olor del desinfectante con el que frotaba sus manos cada vez que entraba o salía de la habitación y que su nariz confundía con el perfume de flores marchitas alcoholizadas.
Ella, ahora, pagaba la deuda contraída con la caminata que, lejos de la práctica placentera del senderismo, rememoraba, bien es verdad que con una buena dosis de anestesia emocional, las veredas del padecimiento ya zanjado.
Ella había hecho una promesa guiada por una deseo febril de conjurar la impotencia ante la agonía de un ser querido. Perdiendo la fe en las estadísticas que pintaban un panorama desolador buscó la alianza que le acompañara en los momentos, que de pronto fueron años, de supervivencia aderezada con el caldo ácido de la angustia.
Ella recorrió los kilómetros de la procesión, en silencio, los labios sellados, los oídos taponados, los ojos centrados en la curva o recta que se abrían a su paso, las manos asiendo, rígidas los pliegues del uniforme café con leche, la nariz, embriagada con la esencia del descanso del que salda una deuda cuantiosa.
Ella sentía sobre sí el peso de su paso en la vida, que a su parecer, le ofrecía una segunda oportunidad, una prórroga valiosa en la que su vestuario se poblaría de colores alegres. Eso sería después. Al concluir ese andar peregrino en el que aún gusano intuía la cercanía de su transformación en mariposa.
Ella llegó a la meta final. Sus pies, sucios y dolientes, acogerían en breve un cómodo calzado. Su cuerpo exhausto por el esfuerzo, se envolverían, en breve también, en cálidas sábanas perfumadas. Su corazón, cauterizada la herida, retornaba a un sístole y diástole ordinarios sin alteración digna de tener en cuenta.
Ella recordó el abrazo plagado de sincero agradecimiento, que diera al equipo médico que, a su juicio, realizara el milagro. Solo le restaba un tema pendiente y recurrente entre quienes la desesperación hacía diana.
Ella había aprendido que el dolor era sagrado. El propio y el ajeno. El físico y el emocional. Y desde entonces aligeró el peso de su paso. Buena semana.
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