domingo, 26 de agosto de 2018

Nº 52. ESCENIFICACIONES PERFECTAS



Él tenía en sus manos los papeles que certificaban que el vehículo, tanto tiempo anhelado, era suyo. Sentía una profunda satisfacción al comprobar que las cifras y letras de aquellos folios eran su pasaporte para la felicidad.
Él no podía cerrar la boca. La sonrisa se le desbordaba en el gesto, como escapista con pericia. Se sentía grande, alto, fuerte, capaz y por encima de todo, tenía unas ganas incontrolables de reír.
Él estaba entusiasmado. Dentro de sí había prendido una potente llama que le garantizaba la llegada al reino de lo imposible. No es que le gustara el histrionismo; bien al contrario prefería pasar desapercibido y dejar el protagonismo para quienes preferían mostrar. Pero ahora no cabía en sí.
Él nunca había sentido ese poder, magma ardiente que brotaba en su interior. Se asombraba cuando se sorprendió dando brincos de alegría. No era el hecho de tener ese coche nuevo el responsable de la fogata que prendió allá dentro. Era que se había propuesto algo, en otro tiempo inaccesible y que a base de peldaños de ilusión, en muchas ocasiones contracorriente, a partir de ahora formaría parte de su cotidianeidad.
Él se despidió del auto anterior. Le agradecía sus 14 años compartidos y las sendas desbrozadas en su compañía. Le dijo adiós al color gris metalizado. El nuevo automóvil era rojo y solo con verlo la sangre le fluía juguetona y contenta.
Él se permitió gozar de lo que llegaba y despedir lo que se iba con la serenidad y lucidez de que aunque, de algún modo, todo queda, de otro que cobra cada vez más presencia, todo pasa. Recordó unas líneas de Sándor Márai en "La mujer justa" que reflejaban a la perfección lo que llevaba años barruntando y desde meses atrás se había convertido en una certeza. Decía uno de los protagonistas “Hay una ordenación invisible en la Vida: cuando la situación requiere que se lleve a cabo algo determinado, las circunstancias se convierten en cómplices, sí, e incluso el lugar y los objetos, y las personas cercanas se ponen en connivencia inconsciente con la situación…..Cuando quiere crear algo, la vida realiza escenificaciones perfectas”.
Él se comprometió consigo mismo a diseñar las escenificaciones perfectas por las que su deseo deseara circular. Metió primera y empezó a conducir, empezó a conducirse. Buena semana.



domingo, 19 de agosto de 2018

Nº 51.EL ROSTRO RECIÉN NACIDO.


Ella contempló el rostro, recién nacido, sereno, dormido. Se diría que estaba haciendo acopio de fuerzas para la larga vida que se abría de par en par al compás de su respiración.
Ella estaba embobada ante esa carita arrugada que, con solo un día de vida, aunaba niñez y vejez, alfa y omega, en un gesto que parecía decir “esto es la vida”.
Ella apenas rozó sus pequeños dedos y  se maravilló ante todas las cosas que asirían, las caricias que darían; semejaban eslabones del puente que se extenderían en múltiples bifurcaciones y que le permitirían alcanzar la vida que deseara.
Ella percibió que los ojos, rayas bien delineadas mientras reinaba el sueño, se abrieron y aún, sin ver, lucían inteligentes.
Ella vivió unos de esos momentos en los que la vida muestra su cara más amable, cuando todo está por construir; la fundación del imperio de la ilusión, la instauración de la república del soñar, el establecimiento de la federación de los imposibles, tomando  forma de un cuerpo de 3 kilos y medio.
Ella se reflejaba en ese pequeño ser y se vivió en diminuta, como en el principio fue y recuperó la frescura de lo sencillo y la curiosidad ante un mundo por descubrir.
Ella, ese día, tras sumergirse en el mundo de lo pequeñito, emergió más grande. En su interior quedó la imagen de  la ternura hecha ínfimo semblante que le narraba utopías cálidas, bellas, perfumadas, sabrosas y armoniosas. Un mundo por construir en cada rostro recién nacido; ese que una vez fuimos aunque con frecuencia hemos relegado al olvido; pero que  pide ser reconocido, empeñado en trazar el camino hacia la felicidad. Buena semana.


domingo, 12 de agosto de 2018

Nº 50. LUGAR Y TIEMPO


Él miró la piedra menuda en forma de confite, de color blanquecino, con leves visajes dorados; sabía que era una calcificación de algas; sabía además que el pétreo caramelo se utilizaba para afilar los picos de las animales en la otrora popular pelea de gallo. 
Él paseó por aquel lugar costero, a diez minutos del bullicio de la ciudad. Era temprano, la marea estaba baja; el sol aún estaba tibio; el silencio solo era interrumpido por el viento que soplaba racheado.
Él contempló una acumulación de piedras; semejaba un muro a medio derruir; formaba parte de la desaparecida salina que abasteciera a gran parte del lugar hasta mediados del siglo pasado. No quedaba nada del pozo, el molino de viento, los canales de distribución; la pared, a duras penas en pie, era el último vestigio del pasado con textura salada.
Él inspiraba el aire fresco mirando el batir de las olas que, aun tímidas, empezaban a hacer acto de presencia. A su espalda había un yacimiento de los aborígenes cuya investigación estaba por concretar. Era un enigma la vida de los habitantes del lugar medio milenio atrás; la lejanía del espacio en relación al núcleo poblacional más cercano sugería que tal vez los ocupantes de aquellas cuevas fueran profesionales que en su quehacer laboral trataban con sangre o con muertos, los trasquilados, intocables según la tradición. Mirladores, enterradores, carniceros podrían haber contemplado ese mismo mar atados a un trabajo que les condenaba al ostracismo.
Él pensó en todos los enigmas por descubrir, en las posibles explicaciones del pasado presente y futuro. En lo que permanece y lo que cambia. En lo que está, aunque no estemos. En lo que estuvo aunque no estuvimos. Cerró los ojos y le vino a la mente una fotografía del pie de la montaña que quedaba a su derecha. Casi podía tocar la ingente cantidad de pescado que se secaba sobre las piedras y que a base de sol acompañaría como nutritivas jareas a pescadores y marineros en las largas y solitarias travesías. El recuerdo de la imagen, en blanco y negro, le hacía salivar como si masticara una tira del endurecido y canelo pescado.
Él anduvo por el yacimiento marino que mostraba el reinado fósil del Hemicycla saulcy, caracol que estuvo en aquel lugar pero en otro tiempo.
Él agradeció estar allí en ese tiempo. Y deseó estar en el tiempo por venir. Buena semana.


domingo, 5 de agosto de 2018

Nº 49. FAITA, FAITA..


Ella llegó a ese día como si hubiera transitado por un árido y desértico paraje. Tenía sed y estaba cansada.
Ella deseaba sentir el agua en su boca y la anticipaba fresca, casi fría, meandros que sortearían resecos rincones en forma de lengua, dientes y paladar petrificados.
Ella arribó a las costas de ese amanecer, exhausta, con el corazón hecho trizas pero aún latiendo.
Ella acudió a la cita con la aurora, ávida de que el cielo clareara la oscuridad, abriéndose paso por los resquicios de los muros tras los que su mente había quedado emparedada.
Ella había superado la barrera del dolor que, al trocar en nocturno, se expandía como sombra envolvente y siniestra.
Ella, al rayar el alba, abandonó el lecho insomne sin volver la vista sobre una orografía abrupta de sábanas y almohadas retorcidas
Ella, al fin, despuntó, como el día que principiaba. Había reunido el valor para traspasar la negrura. Le acompañaban en esta aventura sus ancestras, cuyos rostros serenos reflejaban un futuro exitoso; le acompañaban en esta aventura sus ancestros, cuyas miradas comprensivas le hablaban del poder de la vida. El mensaje procedía de una lengua surgida de la piel profunda, de otra época, que retornaba para insuflarle el coraje necesario para seguir adelante.
Ella blanqueó sus pesares con aquel vocablo exótico, aunque cercano , faita , que era lo mismo que gritar arriba d’ ellos , ten valor, confía en ti. Lo repitió hasta que cada una de sus células se transformó en coselete contra el miedo. Y el mundo, lúcido y templado, amaneció. Y ella también. Buena semana.

lunes, 30 de julio de 2018

Nº 48 QUÉ BIEN LO PASAMOS.



Él  apretaba el dosificador del protector en formato espray. Resultaba más cómodo y eficaz que el tradicional envase en crema. Era perfecto para guarecerse de los efectos negativos del sol. Siempre y cuando no hubiera viento. Y así fue en esa mañana, en una playa de arena negra.
Él  tardó en percatarse de que el destinario del anti solar no era su hijo sino un señor que sentado a su derecha había tenido la buena fortuna de estar en la misma dirección que el viento. Así su espalda fue llenándose de pequeñas burbujitas refrescantes que al contacto con la piel formaban una fina y brillante película. Y en su rostro, brotó una mueca placentera.
Él se rió pensando que siempre había quien se beneficiara  de lo que forma inesperada entraba en su vida como oportunidad sin haber  puesto intención. Se trataba solo de haber estado en el momento y en el lugar adecuados.
Él recordó a su madre, mujer refranera, de enjundia. Era  de esas personas que parecía vivir en delegación. Tardó en comprenderla y sobre todo en aceptarla. Aferrada a sus cuatro paredes, salía en raras ocasiones y tenía que contar con la certeza de que no habría ningún inconveniente que abortara su bienestar.
Él llegó a la conclusión de que su progenitora necesitaba que alguien le garantizara que todo iría bien. Si iba de vacaciones, acumulaba malestares varios y nervios de diversa índole que se alojaban en distintas partes de su cuerpo: cabeza, garganta, estómago y en algún que otro esguince en el tobillo.
Él recordaba con asombro que el relato que su madre hacía, a posteriori,  de las vacaciones  a toda vista desastrosas, se dulcificaba  y con el paso del tiempo y a base de repetición  quedaba tintado con el barniz de lo idílico. Así tras retornar solía repetir” qué bien lo pasamos”. Por supuesto, después de cruzar el umbral de su casa convertida en fortaleza inexpugnable.
Él comprendía que su madre no podía disfrutar del presente salvo que este quedara confinado en los férreos, aunque transparentes muros, techo de cristal incluido, del recuerdo. También admiraba su capacidad narrativa que le hacía disfrutar en la ficción lo sufrido en la realidad.
Él trajo su mente a la playa rocosa, al niño en busca de protección, a la sonrisa  socarrona del vecino de toalla, al espray que había errado en su objetivo . Realmente se había sentido ridículo por no prever la dirección del viento. Pero acto seguido se dijo que probablemente cuando el hecho fuera transformado en anécdota lo que le había supuesto desagrado, por obra y gracia de la fabulación, trocaría en diversión.
Él giró su posición y esta vez, acertó en lograr la protección deseada de su vástago. Se sintió satisfecho .No hubo necesidad de esperar al instante futuro. En ese momento tuvo consciencia del parentesco de la felicidad con saber posicionarse ante la ventolera. Buena semana.


domingo, 22 de julio de 2018

Nº 47. NO SÉ.


Ella abrió los ojos y parpadeó. Se había quedado dormida en la hamaca de la playa bajo una amplia sombrilla que la protegía de un sol de justicia.
Ella había descansado  la media hora larga de siesta profunda; esa que deja un pequeño rastro transparente trocando, por momentos, a blanquecino, en la comisura de los labios, cuando su boca reposaba sin tener que hablar o masticar lo escuchado. Solo descansaba.
Ella despertó sin saber qué hora sería. Somnolienta aún observó que la playa mostraba la actividad propia de la estación veraniega a media tarde. En la hamaca contigua un rostro familiar y querido roncaba.
Ella desconocía cuánto tiempo había estado dormida. Mientras borraba todo resto de baba de su rostro le dio por pensar en  las cosas que no sabía, que no había aprendido y en las que probablemente no aprendería en su vida.
Ella estaba interesada por comprender el funcionamiento de lo que la rodeaba. Se interrogaba sobre el para qué de las cosas, de los hechos, de los pensamientos, de las emociones, de los sentimientos; en fin, indagaba en la finalidad de la vida si bien en muchas ocasiones dudaba de que hubiera un objetivo que alcanzar más allá del propio vivir.
Ella estaba descansada. Había comido bien, el sueño fue reparador y una hora antes había nadado en el mar que impregnó su piel con una mascarilla salada. Sería por eso por lo que su cabeza siguió cuestionándose hasta dónde llegaría a descifrar en su paso por la vida.
Ella se dijo que el conocimiento estaba muy valorado en la sociedad y que en base a su posesión se dividía a las personas en un orden jerárquico. Claro que bien pudiera ser que dicho orden solo fuera imaginado, tal como Harari planteara en Sapiens afirmando que  su percepción como real le fuera conferida por sus características, a saber, estar incrustado en el mundo material, modelar nuestros deseos y ser intersubjetivo.
Ella disfrutaba conociendo, llegando a una meta que, tras alcanzarla, se convertía en punto de partida para otro empeño. Incluso cuando optó por el autoconocimiento que, en teoría, solo demandaba un volverse hacia sí, una vez que el aire tomaba la forma de la respiración entrenada, brotaban por doquier más interrogantes que  entretejían las horas en las que se  entretenía pero no se distraía.
Ella concluyó  que desconocía las excepciones en beneficio de las reglas. Sintió un profundo interés por las voces que no tenían voz, incluso cuando la voz  real por decreto hablara de ellas. Y en este punto lo poco que quedaba de un pensamiento lineal y ordenado saltó por los aires, cayendo cascotes, embriones preñados de otras miradas, otras propuestas, otras palabras y otros silencios.
Ella fue al mar. Sus pies sintieron el escalofrió que produce cambiar de temperatura, adaptarse a otro medio. Y, viva, se dijo… a por las excepciones.  Buena semana.



domingo, 15 de julio de 2018

Nº 46. EL NIEBLAJE.


Él  pensó. A veces no le quedaba más remedio. Otras,  su voluntad  tomaba la iniciativa y machete dialéctico en manos, cuando no sujeto entre los dientes, se disponía a desbrozar el laberinto mental en el que trocaba su vida de vez en vez.
Él sabía cómo empezaba la cosa. Principiaba con un empeño centrífugo que le hacía estar ausente de donde estuviera su cuerpo depositado. Daba igual lo atractivo del paisaje físico o humano circundante. Tampoco  había ninguna manifestación que anunciara  transformación alguna pero el caso era que, en cierto momento,  su figura adoptaba el modo automático. Para el mundo, él aparentemente era el mismo de siempre. Las personas le hablaban, saludaban, tocaban. Incluso su pareja le acariciaba como si de verdad estuviera. Aunque cierto era que se quejaba, a veces, de lo taciturno que se mostraba antes, durante y después de juntar jadeos placenteros. Bueno, no solo en estos momentos en los que vivía sin vivir en sí.
Él ambulaba por tierras de penumbras aunque para el resto imperara el más tórrido de los estíos. La bruma,  que no llegaba a ser opaca, le impedía estar en la misma sintonía que la rutina vital de la que hasta hacía poco, formaba parte.
Él, a base de experiencia, se acostumbró a reconocer los indicios de lo que terminó por llamar la época del nieblaje. No sabía si tenía que ver con cambios hormonales pero en esos días no quería nada del mundo salvo su desaparición. Tampoco quería hablar. Y menos escuchar. Solo deseaba envolverse en la niebla que de tan hondo, rebosaba por los lagrimales. Esto ocurría cuando estaba solo. Porque cuando veía venir la tormenta intentaba que no hubiera ojos físicos o virtuales que testimoniaran lo que no sería más que una nube, cíclica, pero pasajera.
Él sabía cómo acababa la cosa. A su tiempo, la palabra serena alojada en el corazón,  brotaba, con fuerza centrípeta. Sístole y diástole  tejían  pensamientos con los que zurcir aquellos agujeros que la incomprensión había agrandado por su uso excesivo; pegar cremalleras para cerrar lo que no era necesario dejar a la vista, subir los vueltos de los sueños cuando caían a ras del suelo con el riesgo de terminar arrastrados y bordar la belleza que alumbraría la acción diaria.
Él pensó que cada vez tenía más remiendos; que  cada vez se equivocaba mejor; por eso, de vez en vez, besaba sus costuras. Buena semana.


domingo, 8 de julio de 2018

Nº 45. EL LÁPIZ DE PUNTA BLANDA.


Ella trasteó por la mesa de trabajo. Se había despertado alegre, fresca, descansada. Habiéndole cogido la medida a  sus pretensiones se daba por satisfecha  por principiar el día de forma tan amable.
Ella dejó a un lado el portátil y abrió una carpeta que contenía bocetos de bocetos y algún que otro esbozo.
Ella sonrió. Le gustaba idear  una imagen y después perseguirla a base de borradores, rectas y curvas en consenso o disenso creativo hasta darle alcance en forma de silueta.
Ella saboreaba despacio el proceso creativo, prolongando el desenlace  todo lo que podía. Sabía que una vez concluida la delineación, toda variación estaría constreñida a los contornos prefijados. Por eso disfrutaba tanto al ralentizar la construcción de fronteras gráficas.
Ella observó los lápices que utilizara el día anterior. Le resultaba curioso lo contradictorio entre su apariencia y la tonalidad que parían. Tomó el lápiz duro para rellenar un dibujo inacabado  semanas atrás y que clamaba por alcanzar su fin. Repasó con un lápiz de punta suave los bordes y una vez ennegrecido el perímetro le dio por pensar que tal vez, la dureza vital,  a la larga, se disuelve en tonalidades borrosas de nebuloso e infausto recuerdo; mientras que lo trazado con el buen hacer de la serenidad,  alumbra aquello que resalta por su intensidad, externa o interna.
Ella se imaginó en sus tiempos de bruma, en medio de  tormentas físicas o de las otras y se sintió neblina también, trazo borroso que apuntara a su extinción. Volvió al carboncillo de punta blanda;  al sentir su tacto y la estela  viva que dejaba en sus dedos,  revivió momentos de sosiego en los que el bienestar no requería de un porqué o un para qué. Solo tocaba, entonces, entregarse al disfrute placentero mientras la vida se dejaba sentir en su versión de mayor intensidad, despejándose como si de incógnita para principiantes se tratara.
Ella dibujó durante  horas. Los lapiceros menguaron dando a luz nuevas formas a la búsqueda de colores Esa mañana en la que el tiempo había pasado de puntillas,  ella trocó en un lápiz de punta blanda dispuesta a que lo que quedara del día fuera digno de un buen subrayado. Buena semana.


domingo, 1 de julio de 2018

Nº 44. EL ENCUENTRO COTIDIANO.

Él se agachó para sacar una piedrilla de su sandalia derecha. Andaba sin un rumbo fijo. En el terreno fijaban residencia escasos habitantes vegetales y bichillos; humanos y animales domésticos, solo estaban en tránsito. Desde hacía una década , paralelo al desarrollo urbanístico del lugar, el descampado se reconvirtió en un ágora humana y canina que, como todo punto de encuentro, tenía sus momentos álgidos y otros de absoluto vacío.
Él paseaba a primera hora de la mañana, cuando el sol estaba aún por inventar un nuevo día .A su lado, trotaban, rabos inhiestos, dos perros mestizos que se alejaban, de vez en vez, para iniciar su particular senderismo.
Él, en cómplice y entrañable compañía, desde hacía seis años, repetía lo que llamaba el ritual de bienvenida a la vida.
Él, enfilando el medio siglo, sonreía socarrón, imaginando la respuesta que habría dado, tiempo atrás, si alguien le hubiera propuesto levantarse cada día antes que el día y salir acompañado por un par de canes a deambular por una llanura trocada en erial. De cinco palabras que dijera estaba seguro que seis hubieran sido exabruptos.
Él observó el color del astro rey a medio nacer y el cielo se le antojó placenta tornasolada. Era un día más. Esa vez haría bueno. Extrañamente en esa jornada coincidirían clima y estación.
Él comprendía que ese momento de asueto solitario, en zigzagueante compañía perruna, era la gasolina que durante el día le llevaría, en apariencia, a trabajar sin parar, a decir sin parar, a escuchar sin parar, a querer sin parar; en apariencia, a vivir sin parar.
Él sintió, a su espalda, la mano que acarició, tierna, su hombro. Era el momento del retorno. Ocho partas y cuatro pies dejaban sobre sus anteriores pisadas, huellas del revés. Volvían a casa.
Él acababa así, una vez más, el sencillo ritual que propiciaba el encuentro consigo mismo. Estaba preparado para, en apariencia, la tormenta cotidiana de ese día, en el que extrañamente coincidía clima y estación.Buena semana.




domingo, 24 de junio de 2018

Nº 43. LA NOCHE DE SAN JUAN

Ella miró el firmamento. Lucía una luna gibosa creciente Tenía forma cóncava, por ambos lados, en su parte luminosa. Inusualmente no había viento en esa playa referente para el surf y sus variantes.
Ella mojó los pies en el agua fresca que a ratos y de forma efímera se volvía invisible dependiendo de la ruta de las nubes. Tomó aire y respiró. A pesar del bullicio exterior se hizo un silencio en su interior y con la palabra pensada a modo de cincel grabó en su corazón en letras grandes, sin ornamento, RESPIRO, AGRADEZCO Y CONSTRUYO UNA VIDA SERENA, EFICAZ Y ALEGRE.
Ella retrocedió unos pasos y se sentó en la playa de adoquines irregulares. Era un lecho pedregoso pero lecho al fin y al cabo. A su izquierda varias personas de diferentes edades, a la luz de la linterna de un móvil escribían, como si de silenciosos copistas medievales se tratara, en unos pequeños papeles; una vez concluida la tarea doblaban meticulosamente las cuartillas para finalmente irlas depositando en una mitad hueca de coco trocada en pira que pronto comenzó a arder como pequeña hoguera tropical. Pasaron minutos hasta que la grafía se volvió ceniza, polvo gris como los vocablos que la gestaron. Después, el residuo grisáceo fue a dar a la mar “que es el morir” y con él se disolvía el sufrir. Empezó el espectáculo pirotécnico acuático. Luces de distintos colores brillaron fugaces. La esperanza olió a pólvora pacifista. El entusiasmo parió futuro.
Ella disfrutó de aquella noche mágica, aquella Noche de San Juan ,en una playa referente mundial para la práctica del surf y sus variantes que, inusualmente, estaba en calma. Buena semana.

domingo, 17 de junio de 2018

Nº 42.SON 629 PERSONAS.




Él limpió las 5 zanahorias con el cepillo y las cortó en trozos de 5 a 7 centímetros. Cortó la manzana en rodajas finas. Cortó el rizoma en finas rodajas y pasó todos los ingredientes por la licuadora .Minutos más tarde aquello se transformó en un revitalizante jugo de zanahoria, manzana y jengibre.
Él acababa de regresar de un viaje en barco por motivos de trabajo. Estaba resfriado. Además, unas náuseas le acompañaron como pegajosa baba de caracol, casi desde que partió del puerto vecino.
Él había tenido un viaje movidito. El mar, caprichoso, se alborotó sin motivo aparente y pronto se hizo una cola zigzagueante , a la puerta de los baños de rostros variopintos, que iban desde lo cetrino a lo amarillento, pasando por un blanco despojado de sangre. Aunque la travesía duró poco, se le hizo eterna.
Él sorbió el zumo de colores alegres y sabor ligeramente picante. Sabía que en breve su cuerpo estaría repuesto, especialmente después de dormir varias horas en su dormitorio fresco, tranquilo, con las sábanas limpias y una nota de bienvenida de su cómplice vital.
Él se dio una ducha caliente y frotó su piel, anticipando el placer que otorga el sueño reparador. Seco y sin pijama, desconectó el móvil y se introdujo en la cama. Pronto estuvo dormido en paz. Varias horas después se reunió con su familia para acabar el día acompañándose, queriéndose, escuchándose disfrutándose, compartiendo los buenos y no tan buenos recovevos de la cotidianidad. La familia estaría, obviamente, arraigada en su lugar de residencia.
Él y su entorno familiar estarían fuera de la lista de los 629 nómadas, marinos involuntarios que, huyendo de la guerra y del hambre, no tendrían zumo que calmara las náuseas producidas por la mala mar, física y humana. Por fortuna, gracias al buen hacer, que haberlos, hailos , 629 errantes,pasajeros accidentales , tendrían un Acuarius, de paradójica y casual homonimia con la afamada marca de refrescos y que trocaría en el mejor antídoto posible contra la estupidez, el miedo y el egoísmo miope que sumergen a la humanidad en un vértigo de difícil sanación.
Él descansó y, sin pesadillas, disfrutó de su sueño. Al despertar ya no estaba mareado. Puso los pies en el suelo.Pisaba tierra firme. Buena semana.


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lunes, 11 de junio de 2018

Nº 41. LA FLEXIBILIDAD.



Ella giró sobre sí. Seguía las indicaciones de  la monitora, en aquel taller de baile, que se retorcía en cada paso. A pesar de ser una mujer corpulenta, al ritmo de la música de los tambores, su figura se desdibujaba rompiéndose y recomponiéndose en pocos segundos.
Ella sintió el calor del sol en su piel blanca. Tenía sed. Pero se resistía a dejar la improvisada pista  en donde       música, danza, sudor y alegría se mezclaban en alegre silueta móvil.
Ella intentaba copiar los gestos de la mujer alta, ancha, negra que, risueña invadía el espacio a golpe de movimientos cimbreantes y sonrisa amplia.
Ella repetía la letanía gozosa y su cuerpo se volvió volcán. A su lado, otras personas de similar o diferente edad a la suya componían una efímera coreografía en la que cada cual tenía su lugar.
Ella creyó que flotaba cuando tras tocar el piso , levantó el pie derecho con una fuerza desconocida pero que fluyó con naturalidad. No había competición, solo ganas de danzar. No había comparación que catalogara lo diferente como deficiente; solo había creatividad.
Ella trocó en junco y, flexible, comprendió que lo mismo besaba el suelo que tocaba el cielo. A fin de cuentas, la vida era bailar y cuanta más flexibilidad, más posibilidad de saborear la cadencia propia y ajena. Buena semana.


domingo, 3 de junio de 2018

Nº 40 EL CONTENEDOR



Él tiró con fuerza a un contenedor, negro y medio lleno, una bolsa de papel. Le fastidió porque había estado preparando dos bocadillos con esmero una hora antes. Mientras cortaba el huevo duro, la rodaja de tomate, el aguacate, refrescaba una tierna hoja de lechuga y extraía el atún entero y jugoso de su lecho metálico, anticipaba el momento en el que disfrutaría del concierto al lado de su pareja.
Él dio con su gozo en un pozo cuando a la entrada del recinto le indicaron que no podría entrar su manjar casero, a pesar de que ni era tóxico, ni contenía objeto punzante y a pesar de que fuera solo efímero alimento que tuviera las horas contadas.
Él trató de convencer al hombre que, amparado en su uniforme reiteraba la negativa que la expresión de su rostro desmentía. Su miraba roló hacia la incomprensión del absurdo pero fue rápidamente engullida por el deber que se vestía con el equipaje de la autoridad y la disonante mueca de fastidio.
Él lanzó el paquete con la fuerza que lo hiciera el neozelandés Tomas Walsh .El bulto no recorrió 22’03 metros como hiciera el proyectado por el campeón olímpico. Su vuelo apenas alcanzó metro y medio. Pero la intención rabiosa de ambos lanzadores mantenía una curiosa isomorfía.
Él entró, ligero de equipaje, a la instalación reconvertida en espacio de eventos multitudinarios de otra índole que la estrictamente deportiva, como popularmente se la reconocía. Masticaba el jilorio que ya empezaba a tomar asiento en su vientre cuando se topó.de frente con una larga cola que venía a morir ante un mostrador donde, por tres veces su precio habitual, se podría obtener comida y bebidas que acompasaran los acordes de la música por sonar. De pronto, se quedó sin apetito. Era su reacción ante lo inaceptable por injusto. Su cuerpo, entonces, no sabía cómo digerir y se cerraba.
Él buscó, con la complicidad de su acompañante, el lugar desde donde vibraría con la magia de la música. Pero un trocito de sí buscó acomodo dentro de un cartucho perfumado con unas gotas de aceite de oliva y que en el mejor de los casos, sería la cena, como si se tratara  de la corrosiva y lúcida lotería de Babel ,pergeñada por Borges, para quien fuera agraciado entre los más de 200 sin techos que habitaban la ciudad. O como el vocabulario políticamente correcto definía, integrantes del grupo de sinhogarismo o de exclusión residencial.
Él respiró. Tres horas más tardes, el contenido del contenedor contentaría, tal vez, a cientos. Y el contenido del espectáculo, tal vez, a miles. Buena semana.