domingo, 30 de septiembre de 2018

N 57 .PARA QUIEN LO SABE AMAR.

Ella paró su andar. Llegó a aquel lugar que barruntaba misterio parido a golpe de piedra, más de cinco siglos atrás. Se sentó. Tomó resuello y le dio por pensarse.
Ella recordó un aforismo de Tagore que había cosido con puntada certera, palabra a palabra, a sus pensamientos en otra época en la que el planeta era más joven y que desde entonces le graduaba la visión de lo novedoso. ”Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta de infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como un beso de lo eterno” decía la sabiduría hecha sentencia.. Ella se refrescaba con estas palabras, cuando el calor de lo cotidiano, derivaba en átona monotonía y le oprimía.  Ella encontraba un cálido agasajo en este juntar letras, como quien alinea troncos en la chimenea, cuando el frío de la desesperanza le hacía recelar de que hubiera lugar fértil por desbrozar más allá de la agonía presente. Ella amaba el decir y el escuchar. Y cuando el habla quedaba en barbecho, amaba el silencio. Ella respiró en aquella cueva de cuatro puertas artificiales. Sus pequeños pies pisaron ahí donde hombres y mujeres de antaño tal vez custodiaron el grano, la infancia femenina, el saludo y despedida del sol, el cuerpo postrero desecado; su espalda se apoyó en la misma pared que amparó el balar de cabras y ovejas, el pánico de los huidos tras la guerra civil, el primer beso de amor hecho deseo juvenil; su ojos recorrieron el reino de la toba volcánica desbastada donde de marzo a septiembre fijó residencia la vida en forma de alisios. Ella conectó su dispositivo móvil. Fotografió el lugar. La imagen fijó el presentimiento a la tierra, la conjetura a las enigmáticas cazuelas que horadaban suelo y paredes con exactitud geométrica. La sospecha se dispersó en arenilla levantada por el viento. Ella contempló la instantánea. La suposición trocó en certeza y el mundo, sin careta, trocó en intuición. Buena semana.




domingo, 23 de septiembre de 2018

Nº 56. DEJA QUE LA PREGUNTA HAGA SU TRABAJO.


Él abrazó a la pequeña que se despertaba risueña. La siesta había durado una hora. La tarde de otoño, aún con  el horario de verano, se presentaba inusualmente calurosa y en nada auguraba que el invierno llegaría en pocos meses; las horas previas al crepúsculo se tiñeron con la claridad propia de una primavera de manual.
Él pellizcó los cachetes regordetes de la niña al tiempo que repetía su nombre acompañado de un sí tan rotundo que no dejaba lugar a dudas .El nombre propio y el adverbio de afirmación eran acogidos  por una sonrisa que, pronto, trocaba en carcajada.
Él repetía el mantra del cariño diciéndole, con el más estudiado de los histrionismos, que era una cosa muy seria. Y su hija reía, reía y reía.
Él aprovechaba para hacerle cosquillas con la banda sonora de la autoestima de fondo. Era una rutina que formaba parte de las deliciosas y nutritivas tradiciones del amor. Y casi sin darse cuenta pasaron los años.
Él se encontraba aquella mañana despertando a la adolescente que tardaba en abrir los ojos pidiendo una prórroga de cinco minutos. Acarició sus mofletes que ya no eran rechonchos y  lucían una orografía afilada. La joven remolona se desperezaba. El adulto le repetía la afirmación nominal y ancestral. Brotaba, otra vez, la magia de la sonrisa mezclada, esta vez,  con la confusión de las hormonas por ubicarse en aquel cuerpo que ni era infantil ni era maduro.
El atisbó una sombra de tristeza en aquellos brillantes ojos. Parecían interrogarle sobre todo y sobre nada. En un abrazo por asalto la chica se le asió al cuello  y de forma casi inaudible le susurró al oído “¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?”.
Él guardó silencio. Respiró. La estrechó en sus brazos. Repitió su nombre. Hilvanó tres síes consecutivos con el hilo de la confianza y de forma queda musitó “Deja que la pregunta haga su trabajo. Date tiempo”. Buena semana.


domingo, 16 de septiembre de 2018

N 55. LOS IMPREVISTOS Y EL DESEO


Ella conducía pensando en la ducha de agua fresca que se iba a dar en cuanto  llegara a su casa. Tan concentrada estaba en la anticipación del refrescante placer, que confundía el sudor, tibio y salado, que se expandía por su cuerpo sin apenas resistencia, con el líquido frío, real  solo en su imaginación y que le hacía la boca agua.
Ella no estaba caliente; estaba calurosa.
Ella había tenido una mañana de trabajo a cámara lenta pero sin descanso. El polvo en suspensión que había teñido de una capa amarilla el horizonte, también impregnó la jornada laboral,  secando el aire, secando las gargantas, secando las horas. Y las conversaciones trocaron en jareas dialécticas, que iban desde afirmar lo evidente  (qué calor hacía ) pasando por la añoranza de la época  en la que el aire gélido  besaba el rostro ( qué bueno el viento cuando sopla fresco) hasta llegar a la petición reiterada de que la calima y su compañero inseparable, el bochorno, se alejaran lo más rápido posible (qué cambie el tiempo, por favor)
Ella enfiló el tramo final que le llevaría al hogar. La cercanía del mar  anaranjado aumentaba la sensación pegajosa de la que pronto, estaba segura, se desprendería.
Ella aparcó, abrió el buzón y encontró la notificación de Correos en la que se le indicaba que  se le había ido a entregar  un paquete a su nombre pero que al no estar en el domicilio debía acudir a la oficina.
Ella tardó solo unos pocos segundos en decidir ir a buscar el cuenco tibetano que al fin había llegado tras una larga espera y que sería el regalo para su abuela en su noventa cumpleaños.
La viejita le había dado instrucciones precisas sobre los metales que habrían de componer el artefacto  que, aseguraba  con auténtico convencimiento, canalizaría su energía hacia una instancia superior. Y la celebración  del cumpleaños era esa tarde.
Ella regresó al hogar tres cuartos de hora después con la ropa húmeda pegada al cuerpo y con el deseo de la ducha a flor de piel. Entró en la casa y al depositar el artilugio de cobre, plomo, estaño, hierro, oro, plata y mercurio, reparó en una nota que desde una coqueta mesilla y en mayúscula le informaba de que el grifo de la ducha se había estropeado. La remitente era la persona que realizaba las tareas de la casa dos veces por  semana.
Ella no sabía si ponerse a tocar el cuenco o darse con el mazo en la cabeza. Tenía mucho calor y ansiaba darse una ducha. A poco estuvo de rendirse a los designios fatídicos pero solo a poco.
Ella fue al baño, fotografió lo que había que reparar, tiró para la ferretería, compró los repuestos, retornó a la casa echa un mar  muerto y arregló el accidente doméstico. Una vez más, como otras tantas. Eso sí, antes de iniciar la reparación llenó un balde de agua en el fregadero y se lo echó por encima.
Ella, sin calor, sin ropa, sin agobio, arregló lo estropeado; y aún le dio tiempo para tocar el cuenco siguiendo las enseñanzas de la matriarca nonagenaria. Buena semana.


domingo, 9 de septiembre de 2018

N 54. PIEL CARCELARIA



Él anduvo con paso titubeante. Casi un anciano, de los de principios del siglo XXI, era octogenario. A pesar de su  avanzada edad  disfrutaba de una buena salud física. Lo mental era harina de otro costal. La inseguridad en el andar se debía a que le faltaba fijar la atención en el camino. Su fuerza, su energía,  se concentraba en su mano derecha que con regularidad dirigía hacia la cara como si quisiera quitarse alguna pelusa, mota de polvo o resto de comida.
Él arrastraba sus pies en un zigzageo distraído mientras su diestra impactaba una y otra vez contra sus mejillas. Y así llevaba años que de pronto fueron décadas.
Él había transitado por el siglo anterior cargando  un lastre, intangible a ojos ajenos pero que le pesaba como una losa y le había detenido en una contienda lejana que revivía una y otra vez, mientras dormía o  en la vigilia.
Él no podía olvidar las manos que se aferraron a su pechera, los ojos aterrados y la maldición en forma de saliva antes de que el fornido prisionero cayera por la tristemente famosa sima, después de que él diera la orden. Recordaba haber limpiado la baba moribunda. Recordaba que aquella fue la primera de las noches en las que el sueño se vistió de sobresaltos gelatinosos que terminaban haciendo diana en su cara.
Él era conocido en su pueblo. Durante mucho tiempo fue temido por la crueldad arbitraria con la que imponía su voluntad gracias al poder que detentaba; después, con el pasar de los años, y su caída en desgracia, fue despreciado; y en el momento que enfilaba la recta final de su periplo vital era, simplemente,  ignorado, experimentando el ostracismo más feroz.
Él, en su infancia, quiso sentirse especial; en su juventud se arrimó al sol que más calentaba; durante gran parte de su vida, jugó a ser Dios sin importar el sufrimiento que provocaban, un día sí y otro también, sus acciones sobre sus semejantes; y en su vejez no  parecía lograr firmar  la tregua que  borrara la perenne y nítida huella de unos ojos aterrados, unos brazos aferrados y un esputo acusador; preso triste en una siniestra piel carcelaria. ¿Llegaría a tiempo el armisticio? Buena semana.


domingo, 26 de agosto de 2018

Nº 52. ESCENIFICACIONES PERFECTAS



Él tenía en sus manos los papeles que certificaban que el vehículo, tanto tiempo anhelado, era suyo. Sentía una profunda satisfacción al comprobar que las cifras y letras de aquellos folios eran su pasaporte para la felicidad.
Él no podía cerrar la boca. La sonrisa se le desbordaba en el gesto, como escapista con pericia. Se sentía grande, alto, fuerte, capaz y por encima de todo, tenía unas ganas incontrolables de reír.
Él estaba entusiasmado. Dentro de sí había prendido una potente llama que le garantizaba la llegada al reino de lo imposible. No es que le gustara el histrionismo; bien al contrario prefería pasar desapercibido y dejar el protagonismo para quienes preferían mostrar. Pero ahora no cabía en sí.
Él nunca había sentido ese poder, magma ardiente que brotaba en su interior. Se asombraba cuando se sorprendió dando brincos de alegría. No era el hecho de tener ese coche nuevo el responsable de la fogata que prendió allá dentro. Era que se había propuesto algo, en otro tiempo inaccesible y que a base de peldaños de ilusión, en muchas ocasiones contracorriente, a partir de ahora formaría parte de su cotidianeidad.
Él se despidió del auto anterior. Le agradecía sus 14 años compartidos y las sendas desbrozadas en su compañía. Le dijo adiós al color gris metalizado. El nuevo automóvil era rojo y solo con verlo la sangre le fluía juguetona y contenta.
Él se permitió gozar de lo que llegaba y despedir lo que se iba con la serenidad y lucidez de que aunque, de algún modo, todo queda, de otro que cobra cada vez más presencia, todo pasa. Recordó unas líneas de Sándor Márai en "La mujer justa" que reflejaban a la perfección lo que llevaba años barruntando y desde meses atrás se había convertido en una certeza. Decía uno de los protagonistas “Hay una ordenación invisible en la Vida: cuando la situación requiere que se lleve a cabo algo determinado, las circunstancias se convierten en cómplices, sí, e incluso el lugar y los objetos, y las personas cercanas se ponen en connivencia inconsciente con la situación…..Cuando quiere crear algo, la vida realiza escenificaciones perfectas”.
Él se comprometió consigo mismo a diseñar las escenificaciones perfectas por las que su deseo deseara circular. Metió primera y empezó a conducir, empezó a conducirse. Buena semana.



domingo, 19 de agosto de 2018

Nº 51.EL ROSTRO RECIÉN NACIDO.


Ella contempló el rostro, recién nacido, sereno, dormido. Se diría que estaba haciendo acopio de fuerzas para la larga vida que se abría de par en par al compás de su respiración.
Ella estaba embobada ante esa carita arrugada que, con solo un día de vida, aunaba niñez y vejez, alfa y omega, en un gesto que parecía decir “esto es la vida”.
Ella apenas rozó sus pequeños dedos y  se maravilló ante todas las cosas que asirían, las caricias que darían; semejaban eslabones del puente que se extenderían en múltiples bifurcaciones y que le permitirían alcanzar la vida que deseara.
Ella percibió que los ojos, rayas bien delineadas mientras reinaba el sueño, se abrieron y aún, sin ver, lucían inteligentes.
Ella vivió unos de esos momentos en los que la vida muestra su cara más amable, cuando todo está por construir; la fundación del imperio de la ilusión, la instauración de la república del soñar, el establecimiento de la federación de los imposibles, tomando  forma de un cuerpo de 3 kilos y medio.
Ella se reflejaba en ese pequeño ser y se vivió en diminuta, como en el principio fue y recuperó la frescura de lo sencillo y la curiosidad ante un mundo por descubrir.
Ella, ese día, tras sumergirse en el mundo de lo pequeñito, emergió más grande. En su interior quedó la imagen de  la ternura hecha ínfimo semblante que le narraba utopías cálidas, bellas, perfumadas, sabrosas y armoniosas. Un mundo por construir en cada rostro recién nacido; ese que una vez fuimos aunque con frecuencia hemos relegado al olvido; pero que  pide ser reconocido, empeñado en trazar el camino hacia la felicidad. Buena semana.


domingo, 12 de agosto de 2018

Nº 50. LUGAR Y TIEMPO


Él miró la piedra menuda en forma de confite, de color blanquecino, con leves visajes dorados; sabía que era una calcificación de algas; sabía además que el pétreo caramelo se utilizaba para afilar los picos de las animales en la otrora popular pelea de gallo. 
Él paseó por aquel lugar costero, a diez minutos del bullicio de la ciudad. Era temprano, la marea estaba baja; el sol aún estaba tibio; el silencio solo era interrumpido por el viento que soplaba racheado.
Él contempló una acumulación de piedras; semejaba un muro a medio derruir; formaba parte de la desaparecida salina que abasteciera a gran parte del lugar hasta mediados del siglo pasado. No quedaba nada del pozo, el molino de viento, los canales de distribución; la pared, a duras penas en pie, era el último vestigio del pasado con textura salada.
Él inspiraba el aire fresco mirando el batir de las olas que, aun tímidas, empezaban a hacer acto de presencia. A su espalda había un yacimiento de los aborígenes cuya investigación estaba por concretar. Era un enigma la vida de los habitantes del lugar medio milenio atrás; la lejanía del espacio en relación al núcleo poblacional más cercano sugería que tal vez los ocupantes de aquellas cuevas fueran profesionales que en su quehacer laboral trataban con sangre o con muertos, los trasquilados, intocables según la tradición. Mirladores, enterradores, carniceros podrían haber contemplado ese mismo mar atados a un trabajo que les condenaba al ostracismo.
Él pensó en todos los enigmas por descubrir, en las posibles explicaciones del pasado presente y futuro. En lo que permanece y lo que cambia. En lo que está, aunque no estemos. En lo que estuvo aunque no estuvimos. Cerró los ojos y le vino a la mente una fotografía del pie de la montaña que quedaba a su derecha. Casi podía tocar la ingente cantidad de pescado que se secaba sobre las piedras y que a base de sol acompañaría como nutritivas jareas a pescadores y marineros en las largas y solitarias travesías. El recuerdo de la imagen, en blanco y negro, le hacía salivar como si masticara una tira del endurecido y canelo pescado.
Él anduvo por el yacimiento marino que mostraba el reinado fósil del Hemicycla saulcy, caracol que estuvo en aquel lugar pero en otro tiempo.
Él agradeció estar allí en ese tiempo. Y deseó estar en el tiempo por venir. Buena semana.


domingo, 5 de agosto de 2018

Nº 49. FAITA, FAITA..


Ella llegó a ese día como si hubiera transitado por un árido y desértico paraje. Tenía sed y estaba cansada.
Ella deseaba sentir el agua en su boca y la anticipaba fresca, casi fría, meandros que sortearían resecos rincones en forma de lengua, dientes y paladar petrificados.
Ella arribó a las costas de ese amanecer, exhausta, con el corazón hecho trizas pero aún latiendo.
Ella acudió a la cita con la aurora, ávida de que el cielo clareara la oscuridad, abriéndose paso por los resquicios de los muros tras los que su mente había quedado emparedada.
Ella había superado la barrera del dolor que, al trocar en nocturno, se expandía como sombra envolvente y siniestra.
Ella, al rayar el alba, abandonó el lecho insomne sin volver la vista sobre una orografía abrupta de sábanas y almohadas retorcidas
Ella, al fin, despuntó, como el día que principiaba. Había reunido el valor para traspasar la negrura. Le acompañaban en esta aventura sus ancestras, cuyos rostros serenos reflejaban un futuro exitoso; le acompañaban en esta aventura sus ancestros, cuyas miradas comprensivas le hablaban del poder de la vida. El mensaje procedía de una lengua surgida de la piel profunda, de otra época, que retornaba para insuflarle el coraje necesario para seguir adelante.
Ella blanqueó sus pesares con aquel vocablo exótico, aunque cercano , faita , que era lo mismo que gritar arriba d’ ellos , ten valor, confía en ti. Lo repitió hasta que cada una de sus células se transformó en coselete contra el miedo. Y el mundo, lúcido y templado, amaneció. Y ella también. Buena semana.

lunes, 30 de julio de 2018

Nº 48 QUÉ BIEN LO PASAMOS.



Él  apretaba el dosificador del protector en formato espray. Resultaba más cómodo y eficaz que el tradicional envase en crema. Era perfecto para guarecerse de los efectos negativos del sol. Siempre y cuando no hubiera viento. Y así fue en esa mañana, en una playa de arena negra.
Él  tardó en percatarse de que el destinario del anti solar no era su hijo sino un señor que sentado a su derecha había tenido la buena fortuna de estar en la misma dirección que el viento. Así su espalda fue llenándose de pequeñas burbujitas refrescantes que al contacto con la piel formaban una fina y brillante película. Y en su rostro, brotó una mueca placentera.
Él se rió pensando que siempre había quien se beneficiara  de lo que forma inesperada entraba en su vida como oportunidad sin haber  puesto intención. Se trataba solo de haber estado en el momento y en el lugar adecuados.
Él recordó a su madre, mujer refranera, de enjundia. Era  de esas personas que parecía vivir en delegación. Tardó en comprenderla y sobre todo en aceptarla. Aferrada a sus cuatro paredes, salía en raras ocasiones y tenía que contar con la certeza de que no habría ningún inconveniente que abortara su bienestar.
Él llegó a la conclusión de que su progenitora necesitaba que alguien le garantizara que todo iría bien. Si iba de vacaciones, acumulaba malestares varios y nervios de diversa índole que se alojaban en distintas partes de su cuerpo: cabeza, garganta, estómago y en algún que otro esguince en el tobillo.
Él recordaba con asombro que el relato que su madre hacía, a posteriori,  de las vacaciones  a toda vista desastrosas, se dulcificaba  y con el paso del tiempo y a base de repetición  quedaba tintado con el barniz de lo idílico. Así tras retornar solía repetir” qué bien lo pasamos”. Por supuesto, después de cruzar el umbral de su casa convertida en fortaleza inexpugnable.
Él comprendía que su madre no podía disfrutar del presente salvo que este quedara confinado en los férreos, aunque transparentes muros, techo de cristal incluido, del recuerdo. También admiraba su capacidad narrativa que le hacía disfrutar en la ficción lo sufrido en la realidad.
Él trajo su mente a la playa rocosa, al niño en busca de protección, a la sonrisa  socarrona del vecino de toalla, al espray que había errado en su objetivo . Realmente se había sentido ridículo por no prever la dirección del viento. Pero acto seguido se dijo que probablemente cuando el hecho fuera transformado en anécdota lo que le había supuesto desagrado, por obra y gracia de la fabulación, trocaría en diversión.
Él giró su posición y esta vez, acertó en lograr la protección deseada de su vástago. Se sintió satisfecho .No hubo necesidad de esperar al instante futuro. En ese momento tuvo consciencia del parentesco de la felicidad con saber posicionarse ante la ventolera. Buena semana.


domingo, 22 de julio de 2018

Nº 47. NO SÉ.


Ella abrió los ojos y parpadeó. Se había quedado dormida en la hamaca de la playa bajo una amplia sombrilla que la protegía de un sol de justicia.
Ella había descansado  la media hora larga de siesta profunda; esa que deja un pequeño rastro transparente trocando, por momentos, a blanquecino, en la comisura de los labios, cuando su boca reposaba sin tener que hablar o masticar lo escuchado. Solo descansaba.
Ella despertó sin saber qué hora sería. Somnolienta aún observó que la playa mostraba la actividad propia de la estación veraniega a media tarde. En la hamaca contigua un rostro familiar y querido roncaba.
Ella desconocía cuánto tiempo había estado dormida. Mientras borraba todo resto de baba de su rostro le dio por pensar en  las cosas que no sabía, que no había aprendido y en las que probablemente no aprendería en su vida.
Ella estaba interesada por comprender el funcionamiento de lo que la rodeaba. Se interrogaba sobre el para qué de las cosas, de los hechos, de los pensamientos, de las emociones, de los sentimientos; en fin, indagaba en la finalidad de la vida si bien en muchas ocasiones dudaba de que hubiera un objetivo que alcanzar más allá del propio vivir.
Ella estaba descansada. Había comido bien, el sueño fue reparador y una hora antes había nadado en el mar que impregnó su piel con una mascarilla salada. Sería por eso por lo que su cabeza siguió cuestionándose hasta dónde llegaría a descifrar en su paso por la vida.
Ella se dijo que el conocimiento estaba muy valorado en la sociedad y que en base a su posesión se dividía a las personas en un orden jerárquico. Claro que bien pudiera ser que dicho orden solo fuera imaginado, tal como Harari planteara en Sapiens afirmando que  su percepción como real le fuera conferida por sus características, a saber, estar incrustado en el mundo material, modelar nuestros deseos y ser intersubjetivo.
Ella disfrutaba conociendo, llegando a una meta que, tras alcanzarla, se convertía en punto de partida para otro empeño. Incluso cuando optó por el autoconocimiento que, en teoría, solo demandaba un volverse hacia sí, una vez que el aire tomaba la forma de la respiración entrenada, brotaban por doquier más interrogantes que  entretejían las horas en las que se  entretenía pero no se distraía.
Ella concluyó  que desconocía las excepciones en beneficio de las reglas. Sintió un profundo interés por las voces que no tenían voz, incluso cuando la voz  real por decreto hablara de ellas. Y en este punto lo poco que quedaba de un pensamiento lineal y ordenado saltó por los aires, cayendo cascotes, embriones preñados de otras miradas, otras propuestas, otras palabras y otros silencios.
Ella fue al mar. Sus pies sintieron el escalofrió que produce cambiar de temperatura, adaptarse a otro medio. Y, viva, se dijo… a por las excepciones.  Buena semana.



domingo, 15 de julio de 2018

Nº 46. EL NIEBLAJE.


Él  pensó. A veces no le quedaba más remedio. Otras,  su voluntad  tomaba la iniciativa y machete dialéctico en manos, cuando no sujeto entre los dientes, se disponía a desbrozar el laberinto mental en el que trocaba su vida de vez en vez.
Él sabía cómo empezaba la cosa. Principiaba con un empeño centrífugo que le hacía estar ausente de donde estuviera su cuerpo depositado. Daba igual lo atractivo del paisaje físico o humano circundante. Tampoco  había ninguna manifestación que anunciara  transformación alguna pero el caso era que, en cierto momento,  su figura adoptaba el modo automático. Para el mundo, él aparentemente era el mismo de siempre. Las personas le hablaban, saludaban, tocaban. Incluso su pareja le acariciaba como si de verdad estuviera. Aunque cierto era que se quejaba, a veces, de lo taciturno que se mostraba antes, durante y después de juntar jadeos placenteros. Bueno, no solo en estos momentos en los que vivía sin vivir en sí.
Él ambulaba por tierras de penumbras aunque para el resto imperara el más tórrido de los estíos. La bruma,  que no llegaba a ser opaca, le impedía estar en la misma sintonía que la rutina vital de la que hasta hacía poco, formaba parte.
Él, a base de experiencia, se acostumbró a reconocer los indicios de lo que terminó por llamar la época del nieblaje. No sabía si tenía que ver con cambios hormonales pero en esos días no quería nada del mundo salvo su desaparición. Tampoco quería hablar. Y menos escuchar. Solo deseaba envolverse en la niebla que de tan hondo, rebosaba por los lagrimales. Esto ocurría cuando estaba solo. Porque cuando veía venir la tormenta intentaba que no hubiera ojos físicos o virtuales que testimoniaran lo que no sería más que una nube, cíclica, pero pasajera.
Él sabía cómo acababa la cosa. A su tiempo, la palabra serena alojada en el corazón,  brotaba, con fuerza centrípeta. Sístole y diástole  tejían  pensamientos con los que zurcir aquellos agujeros que la incomprensión había agrandado por su uso excesivo; pegar cremalleras para cerrar lo que no era necesario dejar a la vista, subir los vueltos de los sueños cuando caían a ras del suelo con el riesgo de terminar arrastrados y bordar la belleza que alumbraría la acción diaria.
Él pensó que cada vez tenía más remiendos; que  cada vez se equivocaba mejor; por eso, de vez en vez, besaba sus costuras. Buena semana.


domingo, 8 de julio de 2018

Nº 45. EL LÁPIZ DE PUNTA BLANDA.


Ella trasteó por la mesa de trabajo. Se había despertado alegre, fresca, descansada. Habiéndole cogido la medida a  sus pretensiones se daba por satisfecha  por principiar el día de forma tan amable.
Ella dejó a un lado el portátil y abrió una carpeta que contenía bocetos de bocetos y algún que otro esbozo.
Ella sonrió. Le gustaba idear  una imagen y después perseguirla a base de borradores, rectas y curvas en consenso o disenso creativo hasta darle alcance en forma de silueta.
Ella saboreaba despacio el proceso creativo, prolongando el desenlace  todo lo que podía. Sabía que una vez concluida la delineación, toda variación estaría constreñida a los contornos prefijados. Por eso disfrutaba tanto al ralentizar la construcción de fronteras gráficas.
Ella observó los lápices que utilizara el día anterior. Le resultaba curioso lo contradictorio entre su apariencia y la tonalidad que parían. Tomó el lápiz duro para rellenar un dibujo inacabado  semanas atrás y que clamaba por alcanzar su fin. Repasó con un lápiz de punta suave los bordes y una vez ennegrecido el perímetro le dio por pensar que tal vez, la dureza vital,  a la larga, se disuelve en tonalidades borrosas de nebuloso e infausto recuerdo; mientras que lo trazado con el buen hacer de la serenidad,  alumbra aquello que resalta por su intensidad, externa o interna.
Ella se imaginó en sus tiempos de bruma, en medio de  tormentas físicas o de las otras y se sintió neblina también, trazo borroso que apuntara a su extinción. Volvió al carboncillo de punta blanda;  al sentir su tacto y la estela  viva que dejaba en sus dedos,  revivió momentos de sosiego en los que el bienestar no requería de un porqué o un para qué. Solo tocaba, entonces, entregarse al disfrute placentero mientras la vida se dejaba sentir en su versión de mayor intensidad, despejándose como si de incógnita para principiantes se tratara.
Ella dibujó durante  horas. Los lapiceros menguaron dando a luz nuevas formas a la búsqueda de colores Esa mañana en la que el tiempo había pasado de puntillas,  ella trocó en un lápiz de punta blanda dispuesta a que lo que quedara del día fuera digno de un buen subrayado. Buena semana.


domingo, 1 de julio de 2018

Nº 44. EL ENCUENTRO COTIDIANO.

Él se agachó para sacar una piedrilla de su sandalia derecha. Andaba sin un rumbo fijo. En el terreno fijaban residencia escasos habitantes vegetales y bichillos; humanos y animales domésticos, solo estaban en tránsito. Desde hacía una década , paralelo al desarrollo urbanístico del lugar, el descampado se reconvirtió en un ágora humana y canina que, como todo punto de encuentro, tenía sus momentos álgidos y otros de absoluto vacío.
Él paseaba a primera hora de la mañana, cuando el sol estaba aún por inventar un nuevo día .A su lado, trotaban, rabos inhiestos, dos perros mestizos que se alejaban, de vez en vez, para iniciar su particular senderismo.
Él, en cómplice y entrañable compañía, desde hacía seis años, repetía lo que llamaba el ritual de bienvenida a la vida.
Él, enfilando el medio siglo, sonreía socarrón, imaginando la respuesta que habría dado, tiempo atrás, si alguien le hubiera propuesto levantarse cada día antes que el día y salir acompañado por un par de canes a deambular por una llanura trocada en erial. De cinco palabras que dijera estaba seguro que seis hubieran sido exabruptos.
Él observó el color del astro rey a medio nacer y el cielo se le antojó placenta tornasolada. Era un día más. Esa vez haría bueno. Extrañamente en esa jornada coincidirían clima y estación.
Él comprendía que ese momento de asueto solitario, en zigzagueante compañía perruna, era la gasolina que durante el día le llevaría, en apariencia, a trabajar sin parar, a decir sin parar, a escuchar sin parar, a querer sin parar; en apariencia, a vivir sin parar.
Él sintió, a su espalda, la mano que acarició, tierna, su hombro. Era el momento del retorno. Ocho partas y cuatro pies dejaban sobre sus anteriores pisadas, huellas del revés. Volvían a casa.
Él acababa así, una vez más, el sencillo ritual que propiciaba el encuentro consigo mismo. Estaba preparado para, en apariencia, la tormenta cotidiana de ese día, en el que extrañamente coincidía clima y estación.Buena semana.