Él miró el fuerte romper de las olas en la playa de arena negra, cielo azul con un velo de calima y acantilados imponentes que bajaban de la cumbre a margullar en el mar.
Él se percató de sonidos propios del lugar; se sentía fuera de juego en medio de la naturaleza.
Él, urbanita convencido, llevaba el alquitrán en la sangre y en los pulmones. Pero allí, en aquel paraje costero, se detuvo.
Él distinguió el croar de unas ranas alojadas en un hotel rural de renombre; en concreto, habitaban en sus charcas.
Él percibió el fijo discontinuo volar de gaviotas, risco abajo, beso al mar y risco arriba.
Él se sorprendió con la presencia de un cuervo que buscaba su lugar en tan agreste paisaje.
Él compartió el diligente correr de un disciplinado lagarto de talla mediana.
Él, en buena compañía, estuvo un día allí, en silencio, por fuera y por dentro.
Él, recién estrenado el día, había descendido por el lado izquierdo del barranco , en dirección al mar,. Al atardecer, con la fresquita, subió la escarpada ladera por el lado opuesto en dirección a la carretera.
Él, entre bajada y subida, presenció la bajamar y la pleamar, saladas las dos.
Él abandonó el lugar físico pero le hizo espacio en su corazón. Desde entonces cada cierto tiempo, minuciosamente calculado, abandona gozoso la ciudad y desbroza el camino invadido por el rabo de gato, esperando entablar diálogo silencioso con ranas, gaviotas y cuervos; jalea el correr de algún lagarto en su trasmontaña particular; respira el aire mojado y sazonado y se deja agasajar por el mar y el sol. El aprendió a nombrar el verdor que antes simplificaba como plantas. Distinguió, gracias al lenguaje del cariño, tabaibas (y aprendió que las había dulces), orijamas, leñas buenas, melosas, almacigal, palmeras canarias, híbridas, cardones, cardoncillos, tasaigos. Y tras trabar vegetal a palabra, volvía a su hábitat que sentía cada vez menos habitual.
Él, escapada tras escapada, espació cada vez más el regreso a la ciudad. Hasta que llegó el momento en el que de forma minuciosamente calculada, programaba incursiones en la ciudad que se volvieron más y más esporádicas y donde se sentía fuera de juego.Había comprendido que otro era su lugar.Buena semana.
domingo, 24 de febrero de 2019
domingo, 17 de febrero de 2019
Nº // INTOLERANCIA A LA FRUCTOSA
Ella estaba a punto de acabar su jornada. Había estado todo el día limpia que te limpia en aquella casa de protección oficial de 60 metros cuadrados. ¡Qué trabajosos eran esos hombres! Eran desordenados a mas no poder. Y ella no daba avío. Siete bocas para las que cocinar limpiar y lavar.A pesar de todo, menos mal que tenía ese trabajo con el que poder ir tirando.
Ella empezaba el día atravesando el descampado, conocido como el bosque, aunque la vegetación brillaba por su ausencia. Debía ser que floreció en el pasado. En caso contrario, la explicación de dicho nombre solo podría deberse a una creatividad distraída. Pero como trabajaba en la periferia no le quedaba otra que andar y andar para llenar el cesto diario con el que preparar la comida de aquellos hombres que habían optado por compartir piso, dado que los alquileres estaban por las nubes. Así podían pagarle un sueldo a ella.
.Ella sentía que el único momento que le reconfortaba era cuando en medio del fregao se lanzaba a cantar canciones de Rozalén. Sentía especial querencia por Me arrepiento, que repetía una y otra vez al tiempo que el orden emergía de entre las ropas tiradas por doquier, la vajilla sucia, alongada en el fregadero y el polvo trocado en epidermis de muebles .Todo gracias a su bueno pero efímero hacer que avanzaba a golpe de cepillo, fregona y demás útiles de limpieza.
Ella sentía que su vida necesitaba cambiar en muchas cosas. No solo en el trabajo que le hacía dar con sus pies en aquella casa donde se dejaba la vida por un sueldo miserable. ¡Pero qué se le iba a ser! .No tenía preparación para hacer otra cosa. Por ahora.
Ella sabía que su familia no se lo había puesto fácil. Pero lejos del rencor, practicaba un desapego inteligente, ocupada como estaba en salir adelante. Desde que tuvo consciencia de su nombre, comprendió que sus progenitores no habían estado muy finos en la elección del mismo. Claramente era redundante y discordante : Blancanieves. Claro que la tradición familiar, hasta donde ella sabía, había sido muy dada al pleonasmo. Su madre había fallecido exageradamente antes de tiempo, en su nacimiento y la sombra alargada de su recuerdo poblaba sus peores sueños, de los que se despertaba, agotada preguntándose quién era; su padre volvió a casarse pero sería lo que el lenguaje políticamente correcto, definía como padre ausente, al que amaba pero con el que no podía contar (cosas, otra vez, del histrionismo); y su madrasta carecía de la visión panorámica, más propio de la adolescencia que de la madurez, quedándole grande el papel de madre, para el que, por otra parte, no tenía vocación. Prefería hablar con un espejo lo que con el correr de los años, le proporcionó una estupenda dicción.
Ella sabía cuál había sido su porción de dolor en el reparto vital. Pero aun así luchaba por salir adelante. Una vez se enamoró de quién le parecía un príncipe, pero él, rey del monosílabo, desapareció sin explicación, en modo sapo.
Ella, optimista empedernida, se consolaba con la idea de que al menos tenía salud. Y así confiaba en que algún día cambiaría las cosas para bien.
Ella , esa mañana, se paró en el puesto del mercado donde estaban expuestas unas relucientes manzanas fuji. Parecían tan apetitosas y brillaban tanto que estuvo a punto de caer en la tentación. Afortunadamente tenía muy claro que era intolerante a la fructosa. No quería recordar aquella vez que, en ese mismo puesto de la plaza, mordió una manzana similar a las que contemplaba. Fue un visto y no visto. ¡Cómo que la cosa terminó en desmayo! .Desde entonces, se alejó de esa dulce toxicidad , comprendiendo otros malestares y dolores pasados. Desde entonces ha aprendido que la vitamina A, C y la fibra, puede conseguirlas de otras formas más saludables. Desde entonces, las cosas cambiaron para mejor. Buena semana.
Ella empezaba el día atravesando el descampado, conocido como el bosque, aunque la vegetación brillaba por su ausencia. Debía ser que floreció en el pasado. En caso contrario, la explicación de dicho nombre solo podría deberse a una creatividad distraída. Pero como trabajaba en la periferia no le quedaba otra que andar y andar para llenar el cesto diario con el que preparar la comida de aquellos hombres que habían optado por compartir piso, dado que los alquileres estaban por las nubes. Así podían pagarle un sueldo a ella.
.Ella sentía que el único momento que le reconfortaba era cuando en medio del fregao se lanzaba a cantar canciones de Rozalén. Sentía especial querencia por Me arrepiento, que repetía una y otra vez al tiempo que el orden emergía de entre las ropas tiradas por doquier, la vajilla sucia, alongada en el fregadero y el polvo trocado en epidermis de muebles .Todo gracias a su bueno pero efímero hacer que avanzaba a golpe de cepillo, fregona y demás útiles de limpieza.
Ella sentía que su vida necesitaba cambiar en muchas cosas. No solo en el trabajo que le hacía dar con sus pies en aquella casa donde se dejaba la vida por un sueldo miserable. ¡Pero qué se le iba a ser! .No tenía preparación para hacer otra cosa. Por ahora.
Ella sabía que su familia no se lo había puesto fácil. Pero lejos del rencor, practicaba un desapego inteligente, ocupada como estaba en salir adelante. Desde que tuvo consciencia de su nombre, comprendió que sus progenitores no habían estado muy finos en la elección del mismo. Claramente era redundante y discordante : Blancanieves. Claro que la tradición familiar, hasta donde ella sabía, había sido muy dada al pleonasmo. Su madre había fallecido exageradamente antes de tiempo, en su nacimiento y la sombra alargada de su recuerdo poblaba sus peores sueños, de los que se despertaba, agotada preguntándose quién era; su padre volvió a casarse pero sería lo que el lenguaje políticamente correcto, definía como padre ausente, al que amaba pero con el que no podía contar (cosas, otra vez, del histrionismo); y su madrasta carecía de la visión panorámica, más propio de la adolescencia que de la madurez, quedándole grande el papel de madre, para el que, por otra parte, no tenía vocación. Prefería hablar con un espejo lo que con el correr de los años, le proporcionó una estupenda dicción.
Ella sabía cuál había sido su porción de dolor en el reparto vital. Pero aun así luchaba por salir adelante. Una vez se enamoró de quién le parecía un príncipe, pero él, rey del monosílabo, desapareció sin explicación, en modo sapo.
Ella, optimista empedernida, se consolaba con la idea de que al menos tenía salud. Y así confiaba en que algún día cambiaría las cosas para bien.
Ella , esa mañana, se paró en el puesto del mercado donde estaban expuestas unas relucientes manzanas fuji. Parecían tan apetitosas y brillaban tanto que estuvo a punto de caer en la tentación. Afortunadamente tenía muy claro que era intolerante a la fructosa. No quería recordar aquella vez que, en ese mismo puesto de la plaza, mordió una manzana similar a las que contemplaba. Fue un visto y no visto. ¡Cómo que la cosa terminó en desmayo! .Desde entonces, se alejó de esa dulce toxicidad , comprendiendo otros malestares y dolores pasados. Desde entonces ha aprendido que la vitamina A, C y la fibra, puede conseguirlas de otras formas más saludables. Desde entonces, las cosas cambiaron para mejor. Buena semana.
domingo, 10 de febrero de 2019
Nº 76. EL LUCHADOR
Él se despidió.
Él dejó como herencia sólidas palabras de amor, justicia y
solidaridad.
Él hizo posible, con su maestría, que la Historia fuera contada desde el
corazón.
Él, para muchas personas conocidas y muchas más,
anónimas, fue un ser de crucial
importancia, más allá del renombre y reconocimiento público.
Él puso la letra al servicio del compromiso con
la humanidad.
Él enseñó que otro mundo mejor es posible.
Él se marchó con la gratitud como sudario.
Él, Antonio Lozano, descansó en paz
Buena
semana.
domingo, 3 de febrero de 2019
Nº 75. DESORDEN
Ella se
despertó voluptuosa. Era lunes pero en sus entrañas habitaba el domingo. No se
decidía a salir de la cama. El cuerpo de él, escorado en sus caderas, se volvía
ancla y ella no estaba para levar.. casi nada
Ella
había descansado bien. Le embriagaba el placer trocado en recuerdo reciente. Y otra
vez en su boca se instaló el deseo que, avanzando
jadeante, la abriría en un dulce canal. Era
ese camino compartido y sin retorno.
Ella miró
el cuerpo que le había reconciliado con la vida. No lo había buscado y sin embargo .cuando se
encontraron, ambos supieron que habían llegado al final de una terrible
travesía y con naturalidad se reconocieron en la finalidad del otro.
Ella pensó que la vida estaba de su parte. Buscó
los argumentos que justificaran tal pensar en la piel que se confundía con la
suya, en la piel salada, en la piel que acogía el caos. Ella, esta vez, no puso
orden. Buena semana.
domingo, 27 de enero de 2019
Nº 74.EL ATASCO
Él
estaba en medio del atasco que había
terminado por incluirse en la rutina que le llevaba al trabajo y le traía de vuelta a casa. Cada día
laborable tenía doble ración de parar, avanzar poquito y cambiar de carril ya
fuera a la derecha o a la izquierda, siempre que hubiera una promesa de avance
en el lento y tedioso discurrir. Y mientras tanto, amanecía cuando el viaje era
de ida y anochecía cuando era de vuelta.
Él
estaba agobiado de tanto coche, tanta tensión (hubiera accidente o no) y
ansiaba encontrarse en un paisaje remoto, sin tanta complejidad.
Él
fantaseaba cuando el estío le hastiaba; entonces, ansiaba
estar en un paisaje nevado, al abrigo de una buena estufa, esquiando,
abrazado por un refrescante manto blanco. Cuando era el invierno el motivo de
su angustia, anhelaba con todas sus fuerzas el calor del desierto, la sencillez
del paisaje arenoso, el cielo que de tan azul, dolía a la vista. La fantasía
era su diversión, única diversión.
Él era
un hombre de extremos
Él
habitaba en la exageración.
Él
tenía una manera de hablar que circulaba
por las autopistas, las carreteras secundarias y los caminos de tierra de las hipérboles. El término medio le sugería
mediocridad. Las generalizaciones defectuosas e inflexibles constituían el
andamiaje de su existencia.
Él, a
pesar del supuesto deseo, no había visitado paisaje nevado o desértico alguno. Desconocía
que la realidad es apariencia que requiere interpretación. Ignoraba que él vocablo nieve en su boca, era un racimo de
cuarenta términos en el decir esquimal; no era consciente que al mirar el
desierto, donde él veía dunas de arena el pueblo tuareg veía otras muchas
cosas.
Él
estaba en medio de un atasco. No solo de tráfico. Buena semana.
domingo, 20 de enero de 2019
Nº 73. NUEVO PASO VOLUNTARIO Y FELIZ.
Ella apuró
el paso. No quería perder el metro. Llegó una par de segundos antes de que las puertas
se cerraran tras de sí.
Ella buscó
asiento en el compartimento que, esa mañana estaba medio vacío.
Ella
sintió que habría un espacio en el que transitar sentada cómoda el trayecto que
le separaba de su meta inmediata.
Ella
observó desde una posición de relativo descanso los vaivenes del vagón sobre
las vías.
Ella
atravesó oscuridades y vio la luz de la tarde invernal que lucía, tímida, en un
cielo grisáceo.
Ella
pensó en las otras personas que el azar o la causa había reunido en ese espacio
y lugar . Algunas habrían llegado a la parada de metro con tiempo suficiente
para estar antes de que se anunciara el advenimiento del transporte público. Otras,
como ella, habrían llegado por los pelos. Pero todas habrían dejado atrás un
lugar y se dirigían a otra parte. Tal
vez, algunas retornarían a su punto de origen al acabar la jornada. Quizás, otras no volverían al punto de partida. Este
era su caso.
Ella no
llevaba visible equipaje ni para facturar ni de mano. Pero alguien
que prestara atención a la curva
ascendente de su sonrisa o a las arrugas erosionadoras del dolor a base de
presencia podría adivinar que las puertas que se cerraron tras ella, al iniciar
este trayecto eran el inicio de un camino, voluntario y feliz, sin retorno. Y
cuando llegó a su destino, traspasó el umbral de las puertas que esta vez se
abrieron ante sí y le dieron la bienvenida.
Ella,
entonces ya no apuró el paso. Buena semana.
domingo, 13 de enero de 2019
Nº 72.ESAS PEQUEÑAS COSAS.
Él era un hombre de su época. Tenía trabajo fijo en unas circunstancias en las que, a nivel laboral, lo único fijo era lo temporal. Tenía salud que, como se recordaba cada 22 de diciembre, tras el sorteo de la lotería, era el mayor tesoro. Tenía familia que le permitía integrarse socialmente dentro de la oficialidad.
Él era un hombre progresista. Sus ideas políticas apostaban, en teoría y a nivel público, por la libertad, la igualdad y la solidaridad.
Él había recibido una buena educación. Adquirió habilidades y destrezas necesarias para ser un profesional cualificado y por tanto tener éxito social.
Él tenía una posición económica desahogada. Si bien no nadaba en la abundancia, no margullaba en las aguas de la miseria ni flotaba en el umbral de la pobreza.
Él, no obstante, participaba en whatssapp exclusivamente masculinos donde, la mujeres, salvo las suyas que quedaban a salvo (madre, hermanas, hijas…y demás escogidas e indultadas) eran objetos de comentarios que, en broma ¡claro está!, las denigraban reduciéndolas a la cosificación. Eran esas pequeñas cosas de hombres.
Él, sin embargo participaba de palabra y , a veces, de obra, en acciones contra las aberraciones de manadas siniestras.
Él, no era consciente de que, un vocablo humillante revestido de comentario chistoso, un jaja, un emoticono o el silencio consciente ante un vocablo humillante revestido de comentario chistoso, un jaja o un emoticono ajenos, eran otras maneras también tétricas de pertenecer a un espeluznante rebaño.
Él, en estas ocasiones, desconocía el sufrimiento que producía.
Él tenía esas pequeñas cosas. Era un hombre de su época, 2019. Buena semana.
domingo, 6 de enero de 2019
Nº 71 VIDA QUELONIA
Ella se alzó sobre los tacones quelonios. Los había bautizado de tal guisa puesto que la estructura del calzado impedía que avanzara con rapidez, fuera en la dirección que fuera. Eran rojos, estilizados. Eran un regalo hecho con buena intención pero cuyo propósito trocaba en una tortura para sus pies, acostumbrados a andar por las sendas libertarias de los zapatos anchos.
Ella había parado el motor del coche minutos antes. Había sacado de una bolsa los Peep toe y se los había calzado, dejando a buen recaudo las zapatillas con las que había manejado hábilmente acelerador, freno y embrague.
Ella salió del vehículo y cual bípedo recién estrenado contempló el paisaje urbano que distaba mucho de la sabana africana. Paso a paso, sin que importara el destino del paseo se concentró en los últimos avatares de su vida que exigían una resignificación de las prioridades.
Ella estuvo media hora sintiendo el suelo de la avenida que se asomaba al mar, anónima entre la gente que iba y venía.
Ella paró para contemplar el crepúsculo de aquella jornada en la que su mente tenía prisa. Después, retornó. Su respiración se fue acompasando a ese desfilar por la pasarela del caos en busca de un orden con el que sintetizarse.
Ella, al fin, desanduvo el trecho del paseo que le había servido para escuchar a su corazón, sin ansia, consciente de lo que costaba tener los pies en la tierra y la testa en el cielo.
Ella retornó a la horizontalidad podal de las deportivas, resuelto el quebradero de cabeza. .Al llegar a casa, pondría los pies en agua tibia; los masajearía con la crema fresca y mentolada; y finalmente los cubriría con los calcetines esponjosos.
Ella había tenido un momento quelonio, se había permitido tomar el tiempo necesario para, a una distancia saludable, tomar la decisión adecuada. Y esta vez había optado por dejar que lo que había de pasar, pasara.
Ella llegó a casa; se cuidó los pies doloridos, depositó los tacones en una caja rectangular ya casi ancestral y la apartó, colocándola en donde situaba aquellos objetos que tendrían una segunda vida lejos de ella.
Ella había optado por el vivir quelonio. Y ya se sabe que las tortugas no gastan tacones. Buena semana.
Ella había parado el motor del coche minutos antes. Había sacado de una bolsa los Peep toe y se los había calzado, dejando a buen recaudo las zapatillas con las que había manejado hábilmente acelerador, freno y embrague.
Ella salió del vehículo y cual bípedo recién estrenado contempló el paisaje urbano que distaba mucho de la sabana africana. Paso a paso, sin que importara el destino del paseo se concentró en los últimos avatares de su vida que exigían una resignificación de las prioridades.
Ella estuvo media hora sintiendo el suelo de la avenida que se asomaba al mar, anónima entre la gente que iba y venía.
Ella paró para contemplar el crepúsculo de aquella jornada en la que su mente tenía prisa. Después, retornó. Su respiración se fue acompasando a ese desfilar por la pasarela del caos en busca de un orden con el que sintetizarse.
Ella, al fin, desanduvo el trecho del paseo que le había servido para escuchar a su corazón, sin ansia, consciente de lo que costaba tener los pies en la tierra y la testa en el cielo.
Ella retornó a la horizontalidad podal de las deportivas, resuelto el quebradero de cabeza. .Al llegar a casa, pondría los pies en agua tibia; los masajearía con la crema fresca y mentolada; y finalmente los cubriría con los calcetines esponjosos.
Ella había tenido un momento quelonio, se había permitido tomar el tiempo necesario para, a una distancia saludable, tomar la decisión adecuada. Y esta vez había optado por dejar que lo que había de pasar, pasara.
Ella llegó a casa; se cuidó los pies doloridos, depositó los tacones en una caja rectangular ya casi ancestral y la apartó, colocándola en donde situaba aquellos objetos que tendrían una segunda vida lejos de ella.
Ella había optado por el vivir quelonio. Y ya se sabe que las tortugas no gastan tacones. Buena semana.
domingo, 30 de diciembre de 2018
Nº 70.ESCUTOIDES
Él sudaba la gota gorda que se mezclaba con la grasa transpirada por la plancha eléctrica. Se acercaba la hora del almuerzo y la camioneta reconvertida en cocina ambulante calentaba motores gastronómicos para la hora punta del negocio.
Él había montado la empresa dos años atrás junto a dos colegas de su anterior profesión que decidieron al unísono dar un giro radical a sus vidas. La causa o el azar les hizo coincidir en el espacio y en el tiempo en los que el trío desertó de las ventanillas y mesas metálicas en las que se estaban dejando la piel y el cabello; aunque ellas lo disimularan con extensiones adheridas con pericia.
Él recuerda cómo encontraron el nombre de lo que sería en adelante su modus vivendi. Mientras deslizaba la pala por el grill ardiente a la espera de la carne jugosa rememoraba el café que compartió con ellas aquella mañana de domingo en su casa. Sonaba la radio .La oían pero no la escuchaban hasta que se impuso la palabra novedosay que adoptaron inmediatamente, sin ningún género de dudas: Escutoides.
Él, un par de años después , con un gesto alegre en la cara y en la mirada, con más pelo que entonces, se congratulaba de haber encontrado una reconfortante coartada para pertrecharse ante los avatares de la vida, opuesta a la que su formación académica apuntara como la más exitosa. Había comprendido que a veces la vida era como un prisma torcido de bases iguales; que había un coste energético añadido cuando se acercaban curvas y que cuando se crecía junto a otros seres vivos, se buscaba consumir la menos cantidad de energía posible. Había entendido que hay formas de encajar en el devenir que no eran convexas y que las diversas caras a través de las que nos vivimos se conectaban eficazmente cuando los vértices tomaban la forma de la conjunción coordinada copulativa en mayúscula.
Él, una vez más, emprendió su hermosa rutina y se dispuso con serenidad, a trocar la primera comanda del día en un menú jugoso, como la vida misma. Buena semana.
domingo, 23 de diciembre de 2018
Nº 69. ZASCANDIANDO
Ella introdujo la llave en la cerradura y cerró la puerta dando dos vueltas.
Ella ajustó la cinta a su pelo e inició un trote ligero que pronto devino en carrera.
Ella se desplazaba a una velocidad moderada en la que se sentía cómoda y que le permitía contemplar el paisaje que alcanzaba y dejaba atrás a ritmo constante.
Ella había aprendido a disfrutar de esa media hora diaria en la que trocaba en pies voladores. Recorría los espacios habituales pero a cámara rápida y sentía el aire fresco de la mañana como una caricia estimulante que le insuflara el aliento para vivir el día con energía creadora.
Ella era libre de correr por donde quisiera. Prefería el amanecer porque su cuerpo respondía al ritmo solar. Había probado otros horarios que descartó tras el intento poco satisfactorio. Hasta que encontró su momento.
Ella conocía a muchas personas que practicaban también esa suerte de atletismo no competitivo.
Ella agradecía el empeño, afortunadamente, ya normalizado de los millones de seres humanos que tiempo atrás apostaron porque la calle, el día y la noche fueran patrimonio del bien común de la humanidad, sin distinción de sexo. Y al ganar, ganamos.
Ella, cada vez que calzaba sus zapatillas deportivas, dispuesta a patear pataleando, los parques y calles de su ciudad, se acordaba de quienes, conocidas o anónimas, se atrevieron a ser mujeres libres y murieron en el intento; rememoraba a todas las mujeres que, abriendo la puerta, decidieron, contra todo pronóstico, que una parte de su tiempo estarían zascandiando. Ella conocía la mentalidad mezquina que hizo víctimas a sus semejantes,al estudiar Historia. Eso había ocurrido en otra época,En la que las mujeres corrían por miedo. En cambio, a ella le habían enseñado , desde pequeña, en casa y en la escuela a correr sin miedo Y no solo a ella, sino a ellas y a ellos.
Ella vivía como persona. Y por eso, corría, segura, independiente, feliz, a cualquier hora que decidiera, por cualquier lugar que se le antojara. Ir sola o acompañada era totalmente contingente. Se asumía la afortunada ecuación entre lo que era y lo que debía ser. Y la humanidad fue más humana . Colorín, colorado...este cuento no ha acabado. Buena semana.
Ella ajustó la cinta a su pelo e inició un trote ligero que pronto devino en carrera.
Ella se desplazaba a una velocidad moderada en la que se sentía cómoda y que le permitía contemplar el paisaje que alcanzaba y dejaba atrás a ritmo constante.
Ella había aprendido a disfrutar de esa media hora diaria en la que trocaba en pies voladores. Recorría los espacios habituales pero a cámara rápida y sentía el aire fresco de la mañana como una caricia estimulante que le insuflara el aliento para vivir el día con energía creadora.
Ella era libre de correr por donde quisiera. Prefería el amanecer porque su cuerpo respondía al ritmo solar. Había probado otros horarios que descartó tras el intento poco satisfactorio. Hasta que encontró su momento.
Ella conocía a muchas personas que practicaban también esa suerte de atletismo no competitivo.
Ella agradecía el empeño, afortunadamente, ya normalizado de los millones de seres humanos que tiempo atrás apostaron porque la calle, el día y la noche fueran patrimonio del bien común de la humanidad, sin distinción de sexo. Y al ganar, ganamos.
Ella, cada vez que calzaba sus zapatillas deportivas, dispuesta a patear pataleando, los parques y calles de su ciudad, se acordaba de quienes, conocidas o anónimas, se atrevieron a ser mujeres libres y murieron en el intento; rememoraba a todas las mujeres que, abriendo la puerta, decidieron, contra todo pronóstico, que una parte de su tiempo estarían zascandiando. Ella conocía la mentalidad mezquina que hizo víctimas a sus semejantes,al estudiar Historia. Eso había ocurrido en otra época,En la que las mujeres corrían por miedo. En cambio, a ella le habían enseñado , desde pequeña, en casa y en la escuela a correr sin miedo Y no solo a ella, sino a ellas y a ellos.
Ella vivía como persona. Y por eso, corría, segura, independiente, feliz, a cualquier hora que decidiera, por cualquier lugar que se le antojara. Ir sola o acompañada era totalmente contingente. Se asumía la afortunada ecuación entre lo que era y lo que debía ser. Y la humanidad fue más humana . Colorín, colorado...este cuento no ha acabado. Buena semana.
domingo, 16 de diciembre de 2018
Nº 68 LAS TRES DIMENSIONES
Él necesitaba modelar,
crear con las manos. Pasaba muchas horas en el taller, la habitación que otrora
fuera un espacioso garaje y que ahora semejaba un alegre paritorio de la
imaginación.
Él descubrió, tiempo ha,
que no le bastaba el largo y el ancho de la vida. Buscó y halló la profundidad.
Y desde entonces, talla el espacio, dentro y fuera de su laboratorio creativo. Y desde entonces, esculpe el tiempo en un
cincelar presente y continuo. Y desde entonces, da forma a la vida con su
pensar, su hacer y su sentir.
Él se construyó, generoso
para sí y para el mundo.
Él se volvió arte. Buena
semana.
domingo, 9 de diciembre de 2018
Nº 67 ALFILERAZOS DE LUZ
Ella vivía una época en la que la sincronía con la vida era la huella de su andar. No porque los problemas se hubieran exilados sin propósito de retorno. Al contrario, no pasaba un día en el que brotara un obstáculo que le hiciera estrujarse los sesos para sortearlo y lograr su objetivo. Se trataba de un cambio interno.
Ella miró el cielo y se acordó de Carmen Martín Gaite. En el libro, "Lo raro es vivir" describía un paisaje que guardaba una asombrosa semejanza con el que contemplaba en aquella tarde otoñal. La voz de la escritora salmantina se convertía en firmamento hecho palabras recién nacidas al narrar “se espesaban unos nubarrones plomizos surcados por alfilerazos de luz” .En su caso, la voz se convirtió en emoción hecha lecturas ya lejanas.
Ella sabía que, otrora, en innumerables avatares de la vida, le había tocado ser nubarrón plomizo; hasta que emprendió la resignificación de la distancia que mantenía con el medio físico y humano, poco a poco, a base de perseverancia, tormenta a tormenta, caída tras caída, y trocó en alfilerazo de luz, aunque se acercara y se asentara el invierno.
Ella iniciaba su travesía diaria sin hacer hueco a la queja por la falta de viento o esperando ingenuamente que cambiara. Disciplinada, había aprendido a ajustar las velas.
Ella así surcaba cada mañana el mar de la vida. Y así retornaba con el crepúsculo: un poquito más vieja, un poquito más sabia, un poquito más feliz, un poquito más viva. Buena semana.
Ella miró el cielo y se acordó de Carmen Martín Gaite. En el libro, "Lo raro es vivir" describía un paisaje que guardaba una asombrosa semejanza con el que contemplaba en aquella tarde otoñal. La voz de la escritora salmantina se convertía en firmamento hecho palabras recién nacidas al narrar “se espesaban unos nubarrones plomizos surcados por alfilerazos de luz” .En su caso, la voz se convirtió en emoción hecha lecturas ya lejanas.
Ella sabía que, otrora, en innumerables avatares de la vida, le había tocado ser nubarrón plomizo; hasta que emprendió la resignificación de la distancia que mantenía con el medio físico y humano, poco a poco, a base de perseverancia, tormenta a tormenta, caída tras caída, y trocó en alfilerazo de luz, aunque se acercara y se asentara el invierno.
Ella iniciaba su travesía diaria sin hacer hueco a la queja por la falta de viento o esperando ingenuamente que cambiara. Disciplinada, había aprendido a ajustar las velas.
Ella así surcaba cada mañana el mar de la vida. Y así retornaba con el crepúsculo: un poquito más vieja, un poquito más sabia, un poquito más feliz, un poquito más viva. Buena semana.
domingo, 2 de diciembre de 2018
Nº 66. LA PILA ES LA PILA.
Él escuchó al nieto que e decía “Abuelo, la pila es la pila”.
Él interrogó al joven sobre el significado de sus palabras, en aquel crepúsculo turquesa en el que se recortaban las montañas legendarias. El adolescente le explicó que la pila de años, pesa para hacer ciertas cosas.
Él sonrió. No le dijo que nunca había tenido tanto entusiasmo por vivir. Se limitó a mostrar lo que no pronunciarían sus labios.Con una sonrisa divertida en aquel atardecer aguamarina oscuro. Buena semana.
Él interrogó al joven sobre el significado de sus palabras, en aquel crepúsculo turquesa en el que se recortaban las montañas legendarias. El adolescente le explicó que la pila de años, pesa para hacer ciertas cosas.
Él sonrió. No le dijo que nunca había tenido tanto entusiasmo por vivir. Se limitó a mostrar lo que no pronunciarían sus labios.Con una sonrisa divertida en aquel atardecer aguamarina oscuro. Buena semana.
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