domingo, 8 de abril de 2018

Nº32. LA ORUPOSATERAPIA


Él se había convertido en una pieza de puzle que había encontrado su encaje.
Él, desde hacía tiempo, años ya, había sustituido la prisa por la eficacia. Había rectificado su trayectoria, hasta entonces lineal, previsible y jalonada de ansiedades. Fue en cierta rotonda vital, donde optó por otra salida.
Él desaprendió, aunque no olvidó, y aprendió, recordando lo estudiado. Desde aquella época lejana, sus pasos diarios, que venían a morir en la nocturnidad, se despedían con un “majo y cierro” que ponía punto y final a lo que la jornada le reparara. Sin volver la vista atrás.
Él se instruyó en una disciplina que contenía la actualización periódica en coincidencia con el crepúsculo, periódico también, de lo que tuvo a bien llamar “”Oruposaterapia”.
Él, con su nuevo entrenamiento se condujo de otra forma,  en el ámbito privado como público. Se imaginaba como una eterna crisálida que albergaba tanto al gusano pasado como a la mariposa futura pero que no se identificaba totalmente con ninguno de los dos.
Él vivía en una época donde la palabra terapia se había convertido en sufijo imprescindible para certificar el manejo sano de la propia vida. Bastaba teclear dicho vocablo en el más exitoso de los buscadores para que en 0’43 segundos aparecieran 146 millones de páginas relacionadas con tal popular palabra. Por esto le resultó sencillo poner nombre a la forma que de allí en adelante le enseñaría a vivir la vida de la mejor manera posible en el mejor de los mundos posibles.
Él, cuando el sol cedía su lugar a la luna, diseccionaba las horas pretéritas, en las que la vigilia repartía espacios tanto de tristeza como de alegría. Al comienzo de este aprender, cedió a la tentación de vestir la aflicción con el poco agraciado traje de la incomodidad y obligar al alborozo a llevar el atuendo uniforme de la felicidad. Pero, a medida que el ejercicio se hizo rutina, ante el cual, la miopía vital respondía con las agujetas del desagrado, la cosa cambió.
Ý él también.
Él, cada noche se despide de lo que fue, sabedor de que no hay tiempo perdido y de que las ganas de ir en su busca tiene más de leyenda urbana que de realidad ( rural o metropolitana). Se siente así, oruga que barrunta su final transformador. Cada noche, de igual modo, experimenta las contracciones, aun de baja intensidad y espaciadas, de lo que ha de llegar. Es su parte mariposa que pide aire por el que volar.
Él ha pasado de formar parte de un rompecabezas a un arreglacorazones. Los suyos. Y también, los ajenos. Y este es su encaje. Buena



domingo, 1 de abril de 2018

Nº31. EL PESO DEL PASO


Ella fijó la atención en sus pies descalzos que andaban, con la firmeza de la indiferencia al dolor que solo otorga el recuerdo, grabado a fuego, de un sufrir mayor. Un traje marrón, sencillo, de manga larga, lejos de ser muestra solo de un gusto estético austero, hablaba, cuando no gritaba, de un trueque en el que el antídoto para la aflicción se vestía de agradecimiento canelo oscuro.
Ella fijó la mirada penitente en un punto indefinido. Sobria, lejana, de vueltas de los infiernos, aliviada con el corazón cicatrizado, empeñada en corresponder a lo pactado. 
Ella, rostro arrugado en el que habitaban meandros y otros accidentes propios de la orografía facial entrada en años, llevaba esperando ese momento varios meses; desde aquel noviembre invernal en el que las visitas al hospital salieron de su rutina a escape, sin que se las echara de menos, dejando tras de sí una estela aromática y aséptica. Era el olor del desinfectante con el que frotaba sus manos cada vez que entraba o salía de la habitación y que su nariz confundía con el perfume de flores marchitas alcoholizadas.
Ella, ahora, pagaba la deuda contraída con la caminata que, lejos de la práctica placentera del senderismo, rememoraba, bien es verdad que con una buena dosis de anestesia emocional, las veredas del padecimiento ya zanjado.
Ella había hecho una promesa guiada por una deseo febril de conjurar la impotencia ante la agonía de un ser querido. Perdiendo la fe en las estadísticas que pintaban un panorama desolador buscó la alianza que le acompañara en los momentos, que de pronto fueron años, de supervivencia aderezada con el caldo ácido de la angustia.
Ella recorrió los kilómetros de la procesión, en silencio, los labios sellados, los oídos taponados, los ojos centrados en la curva o recta que se abrían a su paso, las manos asiendo, rígidas los pliegues del uniforme café con leche, la nariz, embriagada con la esencia del descanso del que salda una deuda cuantiosa.
Ella sentía sobre sí el peso de su paso en la vida, que a su parecer, le ofrecía una segunda oportunidad, una prórroga valiosa en la que su vestuario se poblaría de colores alegres. Eso sería después. Al concluir ese andar peregrino en el que aún gusano intuía la cercanía de su transformación en mariposa.
Ella llegó a la meta final. Sus pies, sucios y dolientes, acogerían en breve un cómodo calzado. Su cuerpo exhausto por el esfuerzo, se envolverían, en breve también, en cálidas sábanas perfumadas. Su corazón, cauterizada la herida, retornaba a un sístole y diástole ordinarios sin alteración digna de tener en cuenta. 
Ella recordó el abrazo plagado de sincero agradecimiento, que diera al equipo médico que, a su juicio, realizara el milagro. Solo le restaba un tema pendiente y recurrente entre quienes la desesperación hacía diana. 
Ella había aprendido que el dolor era sagrado. El propio y el ajeno. El físico y el emocional. Y desde entonces aligeró el peso de su paso. Buena semana.



domingo, 25 de marzo de 2018

Nº 30 LA CABEZA DANZANTE


Él procuraba coordinar los movimientos de su cuerpo con toda la disciplina de la que era capaz. Pero no había manera. Cuando quería que la mano derecha se extendiera, armoniosa, hacia la izquierda, en actitud de ofrenda, el resultado era un giro brusco, titubeante, a punto del tambaleo, como si de una frágil pirámide de naipes se tratara.
Él procuraba situarse en el final de la fila para no sentir los ojos, incluso los considerados amigos, que, a su juicio, contemplarían con mofa, sus torpes andares. Tardó en darse cuenta de que daba igual la posición en la que se encontrara, pues el objetivo de tal alineación era el descubrimiento individual de las propias potencialidades, a una distancia adecuada del resto.
Él procuraba convencerse de que aquello era necesario; en su fuero interno lo consideraba poco masculino y maldecía una y otra vez el momento en el que se apuntó al curso de Formación de su empresa; en su publicidad aseguraba que daría herramientas válidas para alcanzar sus objetivos profesionales. ¡Menudo fiasco!
Él procuraba pasar el tiempo lo más rápido posible pero los cincuenta minutos de cada sesión de trabajo le resultaban eternos. Y lo peor era que no encontraba sentido a aquel continuo repetir. No entendía qué tenía que ver el éxito laboral con volver una y otra vez a una postura, un estiramiento, una coordinación entre miembros o un gesto.
Él procuraba aguantar y seguir las indicaciones. Así día tras día se tragaba su sentido del ridículo tal como deglutía las críticas devastadoras de sus superiores, en muchas ocasiones, mediocres corazones ásperos, rotos… asustados. 
Él procuraba resistir y así transitó tres estaciones durante las cuales cambió su posición en el ordenamiento cuadricular del espacio; a lo largo de horas rumiadas como amargo pasto agudizó sus sentidos, especialmente el oído y el tacto. 
Él procuraba, pasado el tiempo, cuando faltaba poco más de tres semanas para concluir la actividad, llegar pronto a fin de aprovechar al máximo ese momento de recogimiento y expansión. La primera vez que se situó en el inicio de la fila, tardó en reconocerse en la pared, reconvertida en espejo, que le devolvía la imagen de un cuerpo del que brotaba una coreografía exclusiva y hermosa. Fue el inicio de muchas sorpresas que experimentó a partir de que en sus pies de bailarín habitó sus oídos. Desde entonces, supo escuchar cuando oye, y empezó a comprender cuál es la danza que impregna la palabra propia y ajena. Fue consciente de que el razonar es una de las formas más bellas de danzar. Y que en el bailar hay una forma de pensar que nos hace seres divinos. Bailemos…razonemos. Buena semana
.


domingo, 18 de marzo de 2018

Nº 29. EL RABO DE GATO

Ella sopló ligeramente. Por el aire se esparció una desconocida, para la mayoría de la población, arma de destrucción masiva, dado su inocente apariencia.. 
Ella, incluso, pidió un deseo, guiada por el impulso atávico que le hacía establecer una subjetiva ecuación entre su anhelo y cualquier acción, ordinaria o extraordinaria.
Ella , dio un paso más allá, e hizo acopio de un número considerable de varas vegetales para repetir el ritual durante las próximas semanas, con el férreo convencimiento de que el logro de su objetivo tendría como condición suficiente y necesaria la exhalación intencionada.
Ella vivía en una ciudad. De vez en cuando realizaba incursiones que simulaban excursiones a lo que llamaba el campo De estos andares traía pintados en su retina, colores y olores que se desdibujaban a medida que la urbe tomaba protagonismo con su característico cromatismo. También allá, en el campo, experimentaba un silencio compuesto por la banda sonora de la naturaleza: los instrumentos que ejecutaban con pericia los acordes eran el discurrir del agua sobre el suelo, suave o abrupto, el movimiento del viento al abrazar ramas, fértiles o estériles, la voz animal, que se erigía en variopinto solista o el pisar de su calzado de variable intensidad. Este silencio sonoro también se perdía, engullido por la estridencia del ruido de la capital.
Ella, aún desconocía, el efecto dañino que su bienintencionada acción acabaría por producir.Ignoraba que la planta de agradable tacto estaba catalogada como una de las mayores amenazas para el ecosistema del lugar; incluso existía una orden de junio de 2014 por la que se aprobaban las directrices técnicas para el manejo, control y eliminación del Pennisetum setaceum, ese era su nombre científico, especie vegetal que, según rezaba en el propio texto, se consideraba una de las especies exóticas invasoras más dañinas para aquel entorno .
Ella, aún desconocía, que lo que le resultaba atrayente y se le presentaba como la liberación de su pesar, trocaría, más temprano que tarde, en una cadena de sutiles grilletes donde el drama estaría servido eslabón sí, eslabón también.
Ella, aún desconocía, que el rabo de gato era peor que el más devastador de los incendios pues, la recuperación tras el fuego destructor, por muy lenta que resultara, sería posible; en cambio, la invasión de lo que, seductor, llegó, invadió y aniquiló, solo tenía una conclusión: la destrucción total.
Ella aún desconocía. Hasta que aprendió. Por eso, ahora se ocupa más de la calidad del aire que inhala que de la dirección del aire que exhala. Y ya no va al campo. Vive en la naturaleza. Buena semana.


domingo, 11 de marzo de 2018

Nº 28 LA GASOLINA

Él navegaba. Estaba mareado. No se encontraba en medio de cercanas o lejanas aguas. Se hallaba atrapado en una gran red. Sabía, aunque estaba solo, que había un sinfín de víctimas desconocidas enredadas de forma similar. Resopló y se levantó del sillón apartando la mirada del portátil. Llevaba dos horas con la vista fija en el desfile de videos que buscaban un ME GUSTA para justificar su existencia .Aunque no era patrón de barco, navegaba por mares virtuales, cada día un mínimo de cinco horas.
Él tomó aire en la terraza de su casa. Unas begonias anaranjadas le distrajeron del malestar que le acompañara en la última media hora. Se sentía confuso. Le resultaba difícil comprender el mundo. Le resultaba difícil comprender a su mujer. Se había vuelto exasperante. Cuando se conocieron no era tan exigente. Entonces estaba pendiente de él y procuraba resultar lo más atractiva posible. Para él, siempre era para él. De hecho, en los días que no se veían, ella aprovechaba para descansar y no se arreglaba lo más mínimo.Él no sabía exactamente cuándo empezó el cambio. Pero rememora que en cierta ocasión llegó a su pantalla en forma de atractivo anuncio una clasificación de las muestras físicas, que a veces quedaban solapadas, en el orgasmo. Picado por la curiosidad, pinchó en el enlace y leyó. Sí recuerda que horas más tarde, en pleno éxtasis, que suponía compartido por su compañera, se percató de que las pupilas de ella no se dilataban, aunque espasmos y gemidos anunciaran la coronación de la cúspide del deleite. Él estuvo atento, en los siguientes encuentros íntimos, al mirar de su cómplice erótico pero chocó con el muro de los párpados cerrados, la cara volteada o la tupida tela de araña de su pelo que le ocultaba el rostro. Banda sonora de quejidos y chillidos surround sound incluida .Fue el principio del fin, tal vez. O quizás, el final de aquel remoto e idílico principio donde ella hasta se levantaba a horas intempestivas para acompañarle a correr, como prueba fehaciente de amor.Él se dio cuenta de que rara vez miraba los ojos de ella. Ni en el presente ni en el pasado. No por nada en especial sino porque no se le había ocurrido. La veía como un todo y de centrar su atención, había otros focos, ostensiblemente más llamativos, que le atrajeran de su anatomía.Él se dijo que realmente su mujer era complicada. De hecho, concluyó que todas las mujeres participaban de esa complejidad. ¡Con lo simple que era la vida!Él optó por no darle más vueltas al asunto y regresar al ordenador donde, timón a golpe de ratón, se encontró con dos escollos de difícil sorteo. Uno era una tertulia sobre la nueva masculinidad, que le produjo alguna que otra arcada pareja a una profunda desorientación. Otro, un cambio en el diccionario referente del país, en el que se suprimía el calificativo fácil en la acepción que se aplicaba a la mujer como sinónimo de frágil o liviana.Él sintió que su navío hacía aguas; intentó achicar los boquetes más notables pero se daba cuenta de la fuerza imparable del torrente que arrasaba con lo que se encontraba a su paso. Se trataba de una auténtica situación de emergencia. Él se sintió consternado. Realmente no era un tema fácil, en el sentido de la primera acepción del diccionario antes visionado en la red. Porque requeriría, bien al contrario, mucho trabajo; para empezar una nueva organización en el mantenimiento y pilotaje del barco y una nueva forma de mirar el sentir propio y especialmente, ajeno. Él no sabía qué pensar. Y para colmo, en modo tsunami, irrumpió en el espacio virtual el aclamado y pegadizo video La gasolina donde tristemente, a pesar de la alegre coreografía, la dilatación de las pupilas femeninas brillaba por su ausencia. Buena semana.

domingo, 4 de marzo de 2018

Nº 27 EL MIEDO DIFERENCIAL



Ella sintió el latido acelerado de su corazón. Había estado a un paso de ser atropellada por un coche cuyo conductor maniobrara imprudentemente en una zona de escasa visibilidad. Menos mal que tanto uno como la otra pudieron reaccionar con rapidez y evitar daños mayores.
Ella tomó, despacio, un buche de agua, intentando serenar las palpitaciones que brincaban en su pecho. Repetía en su mente la secuencia recién vivida como si de una toma falsa se tratara y no podía evitar que el miedo se apoderara de su cuerpo secando su boca, secando su andar, secando su hacer. Sólo el sístole y el diástole desbocados galopaban por el paraje inerte en el que había trocado su figura.
Ella recobró paulatinamente el sosiego y mientras caminaba por el paseo marítimo de la ciudad sintió unas enormes ganas de andar por la arena rubia; así lo hizo y fue dejando huellas efímeras que las olas desgastadas que alcanzaban la orilla, en un último esfuerzo, hacían desaparecer.
Ella caminó alrededor de un kilómetro .El agua, salada y fría, masajeó sus pies y transcurridos unos minutos de continuo contacto, líquido y piel ajustaron temperatura.
Ella , ahora, estaba tranquila. Volvía a la calma producto del bienestar. Se sabía protegida por la calidez del tibio sol del crepúsculo que se despedía sin aspavientos, sabedor de que su retorno era cuestión de horas.
Ella pensó en el suceso acontecido horas atrás. No era una persona miedosa pero no coqueteaba con la temeridad. Había optado por revestir su respirar de una capa de prudencia y se reconocía en ese mirar sereno que le proporcionaba el desapego inteligente. Desde la lucidez retornó al momento en que se experimentó como presa de un miedo atávico; aunque, bien era verdad, que como llegó, se fue.
Ella era consciente del papel fundamental que para la supervivencia de la humanidad tenía el miedo pues evitaba que corriera peligros innecesarios y facilitaba su permanencia en el planeta. Pero hilando el uso y abuso de esta emoción a lo largo de la Historia ella se encontró ante lo que le dio por llamar el miedo diferencial. Lo entendía como aquel que impersonalizaba a quien lo infligía y que se convertía en grillete eficaz para el control del disenso. Le vino a la mente las desapariciones forzosas que, en tiempos de guerra o postguerra, hambruna o pobreza, odio o desamor, convierten a los catalogados como débiles y dañinos (extraña ecuación) en marionetas cuyos movimientos dependen de siniestras crucetas. También reconocía ese miedo diferencial en la sociedad que gozaba de un estado de derecho cuando las desapariciones forzadas tenían por objeto los logros productos del buen hacer de hombres y mujeres que con sabiduría, valor y amor propiciaron que este fuera el mejor mundo de los posibles, por el momento.
Ella, parejo a estas cavilaciones percibió el eco de un sobresalto, que no le llegó a cortar la respiración pero cuyo amago de ahogo le hizo ponerse en guardia ante el peligro que no venía de frente, no chirriaba, no tocaba el claxon, no derrapaba sino que se iba acomodando lentamente en forma de mediocridad generalizada y que, inasible como la niebla, no dejaba ver con claridad por dónde se andaba.
Ella sostuvo la bruma mental que la envolvió durante unos minutos y se dijo que solo era viable la solución sostenible: aquella que permitiera la acción propia y ajena sin necesidad de echar mano de ese miedo que marcaba la diferencia entre humanos bestiales y bestialidades humanas ( con perdón para las bestias). Buena semana.


domingo, 25 de febrero de 2018

Nº 26 EL DÍA GOZNE


Él tenía que limpiar la casa. No quería pagar a otra persona para que fregara los pisos, quitara el polvo o hiciera los baños de su hogar. No era un tema de dinero. Afortunadamente disponía de una economía saneada. Era una cuestión de mentalidad. Sus allegados, especialmente masculinos, le tildaban de mentalidad prusiana.
Él, sin embargo, no se consideraba una persona rígida. Opinaba que se trataba de mantener sus principios. En decoración su gusto tiraba por el minimalismo. No recordaba haber coqueteado con el síndrome de Diógenes ni siquiera de lejos. Al contrario, disfrutaba al abarcar de un solo vistazo los escasos muebles y demás enseres presentes, algunos de los cuales guardaban ausencias queridas.
Él saboreaba cuanto poseía, sabedor de lo efímero de su posesión. Tiempo atrás, descubrió que no necesitaba mucho para transitar por este mundo, aunque fuera un valle de lágrimas, ora de tristeza, ora de alegría.
Él no conjugaba el verbo acumular. Prefería otros como usar o trocar: Si se hacía con un objeto, se deshacía de otro al que le unieran vivencias hasta el momento, presentes; y a partir de entonces, finiquitadas.
Él deseaba sentirse ligero por fuera. Por eso hacía ejercicio, y caminaba cada día junto al mar, oyendo los cantos de sirenas marinas que competían con las de los barcos atracados en el cosmopolita y cercano puerto.
Él deseaba sentirse ligero por dentro.Por eso su equipaje no tenía nada que ver con los baúles de la Piquer. No era propietario de grandes posesiones que le encadenaran, sutilmente, al espacio y ea tiempo familiar, geográfico o tradicional.
Él se construía cada mañana.
Él recordaba aquella crónica de una tormenta anunciada. Llovió y sopló el viento .Mucho. El observó cómo el agua cayó limpia y constante, arrastrando toda suciedad que encontrara a su paso. También se fijó en que el viento cambiaba de lugar todo lo que no tenía sólido arraigo.
Él, comprendió en esa ocasión, tras los cristales de su casa rural, que después de la tempestad llegaba la calma; que la rutina solo era apariencia; que cada día no era una copia del anterior sino una pieza exclusiva que tenía las horas contadas.
Él sintió, desde entonces, que cada amanecer era una bisagra que abría puertas y ventanas a paisajes insospechados en la oscuridad de la noche. Parajes a los que no retornaría, pues eran lugares de paso. Y así, jornada a jornada, viajero incansable desbrozando los recodos de minutos y segundos, acumuló años, acarició la vida de la que se despedía, cada crepúsculo, agradecido por el placer único experimentado.
Él se deconstruía cada noche.
Él, a veces no estaba feliz; pero sí era feliz; aunque no sonriera siempre, aunque no le gustara que otras personas le ordenaran y limpiaran sus cosas, aunque le tildaran de mentalidad prusiana; aunque fuera tantas cosas y no fuera otras tantas.
Él sabía que todo esto, también pasaría. Buena semana.



domingo, 11 de febrero de 2018

Nº 24.LO IMPOSIBLE


Él chocó contra una pompa de jabón que de forma inesperada trocó en pared tornasolada y volátil. Sonrió. Volvió a la infancia  con la magia que hacía que lo imposible fuera solo uno de los caminos posibles.
Él sabía que el día se había levantado gris y somnoliento. Pera también era consciente de que vendrían otros soles que ocuparan el actual lecho de nubes plomizas. Sabía, también que todo pasaba aunque, de alguna manera se quedara alojado en un resquicio del recuerdo, a modo de seña de identidad oculta en  un dobladillo de famoso costurero.
Él no era hombre de descoser lo tejido. Pero tampoco era perito en rematar lo finiquitado. Alguna vez dejaba  algún fleco, algún hilo suelto por el que desbaratar el hilván que con cosido firme, en apariencia, concluyera una etapa vital. Lo cual, cierto era, no ocurría con frecuencia.
Él tejió varias existencias con distintas madejas; se arropó con piezas de diferentes texturas para transitar por las estaciones diversas en tiempos distantes. Se sintió abrigado y desamparado por igual, fiel a la búsqueda de un arco iris que prometía en el otro extremo una olla cargada de monedas. Su vida era una persecución constante de los siete colores magníficos. Pero cuando los tuvo ante sus ojos se volvió daltónico y confundió tonalidades diciéndose que no eran lo anhelado. Y pasó tiempo.
Él salió a pasear en la mañana invernal por una ciudad de extraño colorido por las máscaras del carnaval. Había olvidado que cuando confluyen sol y lluvia brota el inasible arco festivo. Pero la amnesia fue conjurada cuando una pompa de jabón inesperada trocó en pared tornasolada y volátil contra la que vino a chocar. Ambos se deshicieron. Él, a partir de entonces,  inició una intensa labor aplicándose en dar la más certera y genuina puntada. Al fin dejó de soñar lo imposible y empezó a habitar en él. Buena semana.



domingo, 4 de febrero de 2018

Nº 23. LA LISTA INTELIGENTE


Ella recogió el equipaje de la cinta mecánica. Había tardado un poco en salir. Había habido mucho tráfico aéreo ese día. Era el final de un  puente ansiado , especialmente por parte  de la población, etiquetada como activa.
Ella regresaba de pasar unos días con personas queridas, en otro país, no muy lejano del suyo pero sí lo suficientemente distante para que la sonoridad de su lengua la transportara a una forma exótica, para ella, de mirar y decir lo mirado. Llevaba varias jornadas en las que los carteles informativos se le antojaban jeroglíficos intrincados accesible únicamente a una aristocracia de la grafía.
Ella, ahora encajaba palabra y significado de forma natural y sintió el alivio que supone el saber. Por unos instantes se puso en la piel de las personas que en ese mismo instante estuvieran ante un mensaje sonoro o escrito sin poder descifrarlo, aunque le fuera la vida en ello.
Ella sintió miedo.
Ella, repuesta del susto, se dirigió al aparcamiento donde dejaba a buen recaudo su coche cada vez que realizaba escapadas de pocos días.. Le hacía sentirse segura reconocer el trayecto que la llevaría hacia su automóvil, una vez concluido el viaje. Era una comodidad recién descubierta y que le evitaba depender de la exactitud en los  aterrizajes de unos artefactos sobre los que no tenía el más mínimo control. También le satisfacía al hogar donde su familia estaría en una rutina en la que se integraría pues era rutina aceptada y compartida.
Ella arrancó el coche y dos rampas ascendentes más tarde, se encaminaba hacia su  quehacer habitual, con sus gestos cotidianos; incluso el familiar ceño fruncido  que hablaba de un momento de seria reflexión retornó a su frente.
Ella sonrió. Durante el último destino, se había contemplado como otra persona. No mejor o peor que la actual: ni siquiera más feliz o infeliz. Simplemente, diferente. ¡Y qué bien le había sentado esa muda temporal de piel!. En un gesto automático deslizó su mano derecha hacia la guantera y acarició la lista de cosas que estaban por hacer; no porque respondiera a la presión de una enfermedad terminal o catástrofe similar. Había mucho realizado ya y mucho aún por llevar a cabo. Recordó en ese momento cuando se planteó lanzarse en parapente. Cinco años estuvo preparando la realización del deseo; Y de eso habían pasado cinco años más.

Ella llegó al hogar. Su familia reconoció la sonrisa de felicidad en su faz. Ella era feliz al regresar porque ella había sido feliz al irse para cumplir un sueño que desaparecía bajo un tachón y daría  paso a otras palabras, estas sí conocidas, paridoras del más genuino  bienestar.. Buena semana.

domingo, 28 de enero de 2018

Nº 22 LA LECHUGA EN EL DIENTE


Él miró el plato de ensalada con cierta congoja. Le gustaba, era cierto. Pero se temía que tras dar buena cuenta de la florida combinación de hortalizas, llegaría el incómodo momento.
Él tenía una bonita y seductora sonrisa. Además, con el devenir de los años, había aprendido a sacar provecho del gesto, aparentemente casual, que ubicaba el labio inferior en una actitud de abierto y atractivo desafío. La dificultad estaba en que las paletas estaban ligeramente separadas y, generosas, albergaban trocitos de diminutos  alimentos que, según la coloración, ofrecían un espectáculo deplorable y a su juicio, fundamentalmente asqueroso en aquel fondo coralino.
Él se ejercitaba en pasar la lengua una y otra vez por cada muela, colmillo, canino e incisivo; era tal su obsesión que podría reconstruir  su dentadura con pericia de orfebre. Aún así nunca estaba tranquilo. Especialmente en las comidas donde el interés financiero o amatorio primaba, llegar al postre suponía un calvario que llevaba en silencio en tributo al amor propio.
Él no soportaba encontrar un hilo, una mota de polvo, copos de caspa en la ropa de los demás. No lograba controlarse y sin que se diera cuenta ahí estaba, haciendo notar la imperfección cuando no  corrigiéndola, pequeña o grande sacudida incluida.
Él no soportaba la suciedad. Y menos, el descuido .La apariencia era todo y la primera impresión era la que contaba. Estas ideas estaban grabadas a fuego en su mente y a través de estas lentes asépticas contempló el mundo durante décadas.
Él se sorprendió tomando un postre exótico sin poder recordar cuál había sido el plato principal. Solo tenía ojos para ella. El brillo de sus ojos le encandilaban Las arrugas que se le formaban en la comisura de los labios al reír simulaban senderos apetecibles de explorar. Incluso el pedacito de zanahoria atrincherado en un lateral del colmillo izquierdo que aparecía de forma intermitente según el vaivén de la lengua  se le antojaba como una curiosidad secundaria.

Él amó a aquella mujer desde entonces. Y a partir de ahí, no le preocupó tanto parecer sino ser. Y aunque no descuidaba el cepillo, la pasta dentífrica y la seda dental, aprendió a unir pupila con pupila cuando se miraba y  cuando  miraba. Lo demás, quedaba en el fondo, fuera coralino o no. Buena semana.

domingo, 21 de enero de 2018

Nº 21 EL MURO ARBÓREO

Ella jugueteaba con un pequeño dinosaurio de plástico. El animal cabía en la palma de la mano y no era especialmente agraciado. Tenía una mirada fulminante producto tal vez del acabado poco habilidoso  en el proceso de producción en serie.
Ella recordaba cómo el hijo pequeño no salía de su asombro cuando le regalaron un huevo  gigante del que se suponía que nacería una criatura antediluviana. Para alcanzar tal objetivo era necesario sumergir el huevo, rosado con vetas negras, en agua templada y esperar 48 horas a que se produjera el alumbramiento artificial del artificio prehistórico. Y  así había sido. Un estegosaurio de nueva generación había  pasado a formar parte de la familia .Y aunque la matriarca no tenía claro cuál era el lugar del neonato en el hogar , se dijo que  “no era algo que tuviera que decidir en ese momento”.
Ella reflexionó sobre  la tendencia a fabricar objetos que imitaran seres naturales, vegetales o animales y se maravilló de la pericia gracias a la cual, en muchos casos, la reproducción parecía superar al original.
Ella siguió aventurándose por esta vereda del pensamiento y se preguntaba si no se podría realizar el camino a la inversa. Imaginó que la humanidad tomara como meta trocar la artificialidad en naturaleza. No se refería al desarrollo de la robótica que tantos buenos resultados prometía. Tendía  más a pensar en modificar  el significado de aquello que había despojado a la Naturaleza de su naturaleza. Ante sí se desplegó un muro arbóreo que, lejos de evitar incursiones vistas como invasiones hostiles dotara a los países de las herramientas para frenar la sequía y el deterioro del medio ambiente.
Ella recordaba la canción de finales de los años 90 del siglo XX que coincidía con este modo de pensar y sentir la vida. El título era Contamíname y era un bello canto de amor a la vida.
Ella era aficionada a las nuevas tecnologías. Se maravillaba ante la facilidad con la que tareas, otrora engorrosas, quedaban resueltas con diligencia en  un tiempo record, gracias a la eficacia de aquellas. Pero también sentía fascinación por la luz de la mañana esperanzadora y la vespertina que invitaba a otro tipo de ilusiones, le gustaba el sabor, el olor, el sonido, el tacto de la naturaleza y le parecía que su cuidado debía ser mandato de obligado cumplimiento en toda constitución democrática.
Ella pronunció en voz alta una palabra escuchada por primera vez en una conferencia ecologista. Eugenio Reyes Naranjo, reconocido  defensor del buen trato con el que agasajar a  la naturaleza, explicaba lo que era la CUIDADANÍA haciendo un juego de palabras hábil con la palabra ciudadanía.
Ella se dijo que tal vez,  el año en que el siglo XXI alcanzaba la mayoría de edad, fuera el momento de generalizar la dulzura del cuidado en el decir y en el hacer; sin ñoñerías, sin modo cuqui; aprendiendo a cuidar y a dejarse cuidar, planeta incluido.
Ella miró el huevo descascarado que al ser de material plástico iría al contenedor amarillo de reciclaje; probablemente el bicho naranja, también; cuando dejara de ser novedoso y su utilidad como juguete fuera sustituida por otro artificio,  también de plástico; también cabía la probabilidad de que fuera virtual. virtual.

Ella respiró lentamente Y le llegó el perfume a jazmín que se abría paso en su por ahora, imaginario, muro arbóreo.  Buena semana.

domingo, 14 de enero de 2018

Nº 20 EL SILENCIO



El se acercó, sigiloso, al pozo, cuya polémica radicaba en que sus paredes estaban construidas con huesos humanos El controvertido objeto formaba parte de una exposición artística que indagaba en lo que permanece oculto a pesar de su visibilidad e inevitabilidad.
Él leyó una a una la información que orientaba sobre el significado de cada instalación, holografía, cuadro o documento de la testamentaría expuestos. Se entretuvo en la contemplación de un dibujo enmarcado a medio desembalar, en los picos y plumas de las aves inmortalizados en imágenes en blanco y negro, obras cuyo título sugerían un parentesco óseo con la autora. La muerte rondaba aquel hacer del arte.
Él no tenía claro si había un más allá o un más acá. Décadas atrás había decidido acompasar su ambular al ritmo vital sabiendo que tras la tormenta llegaba la calma. De igual forma había experimentado la ausencia física tras el óbito de un ser querido. Y desde las entrañas había asumido que la vida continúa y que un día habitaría, incorpóreo en el corazón de quien le amara.
Él no era dado a la nostalgia; pero revivía, de vez en vez, a quien amó y por quien fue amado; a golpe de recuerdo, prendía una llama interna que dependiendo del pabilo trocaba en rostro de nombre olvidado, olor, mirada o sonrisa.
Él salió de la exposición. Caminó por las calles adoquinadas. Había llovido. El suelo, rugoso, brillaba.
Él rescató de su memoria infantil cuándo se percató de las miradas de sus mayores que arrastraban una triste complicidad en la que anidaban los pájaros y lucían las flores del refrán. 
Él podía oír, todavía, como si de la primera vez se tratara, la enigmática “hay ropa tendida” que daba lugar a una frágil normalidad.
Él se instaló mentalmente ,en el salón de sus niñez cuyos muebles invitaban al encuentro; escrutó cada hueco de la estancia y no halló respuesta que cobijara ave, flora o colada al viento.
Él descubrió entonces, que también en la palabra venía a morir la vida en forma de silencio. Buena semana.

domingo, 7 de enero de 2018

Nº 19 EL ROSCÓN DE REYES

Ella contempló la porción de roscón en el plato de postre. Optó por el trozo que tenía fruta escarchada porque formaba parte de la minoría que sentía un profundo deleite al saborear, especialmente, la naranja agria embadurnada en almíbar.
Ella conocía el ritual. Iniciaría una búsqueda del tesoro que, de resultar, exitosa, coronaría con la corona; en caso contrario, el haba indicaría que habría que rascarse el bolsillo, habría que pagar el próximo roscón. Claro que eso sería en las Navidades venideras y la vida daría muchas vueltas y revueltas hasta entonces.
Ella mantuvo la expectación hasta engullir el último bocado .No había ganado ni perdido. Sintió alivio. Lo experimentaba cada vez que concluía una tarea donde la competencia no significara competitividad. No era un pensamiento considerado políticamente correcto sino más propio de seres incapaces ,de escasa inteligencia. No era el pensamiento de la gente triunfadora, ya fuera desde la más rancia óptica capitalista como desde la ingenua literalidad del llamado pensamiento positivo cuya única fuerza estribara en la repetición del catálogo de mantras de la abundancia, otra reformulación, en términos de la postverdad , del capitalismo.
Ella concluyó el desayuno. Celebró el ascenso monárquico ajeno que por designio gastronómico otorgaba el dudoso poder de ostentar la corona de papel policromado durante la primera reunión familiar del día en torno a la mesa; además de otorgar la propiedad de una figura masculina , muda y en modo ofrenda. También acompañó con frases agridulces a quien le tocaría pagar, el próximo año, el dulce del día de Reyes.
Ella se mantuvo en esa mayoría que parece ni pinchar ni cortar. Si bien era verdad que a esas alturas de la vida, comprendía que la apariencia no era lo que es, aceptaba la función normalizadora que cumple.
Ella se maravillaba de que los tres negocios que más dinero movían en el mundo civilizado fueran el tráfico de armas, de drogas y de personas; si bien, en este último caso, tráfico y trata competían con resultados semejantes.
Ella no supo si fue resultado de la sobredosis de azúcar tras zamparse el chocolate calentito o si fue que estaba harta de que el poder político lo determinara el tamaño del botón a pulsar que actualizaría el más siniestro de los apocalipsis. El caso es que observando el dulce circular menguante echaba en falta un representante político, le daba igual la consideración sexual, más allá de la obsoleta monarquía, también faltaba, a su juicio, una figura premiando el esfuerzo solidario y un trofeo que pusiera en valor la necesidad de reflexionar donde la alegría y la eficacia aunarían esfuerzos para que el mundo fuera un lugar en el que el éxito no supusiera el fracaso ajeno. Pero para esta última idea, reconocía, no había encontrado, aún, figura que la representara.
Ella concluyó que esta búsqueda del bien común tal vez fuera un propósito más eficaz, realista, fraternal y divertido que los consabidos y efímeros ir al gimnasio, o aprender inglés. Buena semana.